El empleo es una preocupación permanente en nuestras sociedades “modernas”, esas mismas que han dejado de garantizar un puesto de trabajo que permita atender a las necesidades de subsistencia de las personas. Las Constituciones y los Derechos Humanos se han convertido en papel mojado.

-Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo (Artículo 23, Declaración Universal de los Derechos Humanos).

Los niveles educativos tienen mucho que ver con las tasas de actividad y de empleo. Tanto en España como en Europa las tasas de actividad de los hombres con estudios superiores son superiores al 90 por ciento y son cerca de 17 puntos superiores a la tasa de actividad de quienes tan sólo tienen estudios básicos obligatorios.

La situación es dramática en el caso de las mujeres, donde las tasas de actividad femenina son más de 30 puntos porcentuales superiores entre mujeres con estudios superiores y aquellas otras con estudios básicos. Y, en ambos casos la tasa de actividad de los hombres es siempre superior, aunque la brecha entre mujeres y hombres con estudios superiores viene a ser del 8 por ciento, mientras que en el caso de hombres y mujeres con bajo nivel de estudios esa diferencia es de casi 25  puntos porcentuales.

La educación, por tanto, parece ser fundamental para asegurar un empleo futuro y no me refiero exclusivamente a alcanzar niveles de educación superior universitaria, sino al desarrollo de la formación profesional, tradicionalmente infravalorada en nuestro país.

Son muchos los estudios que se realizan en diferentes universidades sobre la empleabilidad en función de las carreras cursadas y de la titulación conseguida. Quienes, por ejemplo, cursan carreras que tienen que ver con la salud, la Informática, las Matemáticas, o la Física, tienen niveles altos de empleabilidad, superiores a los niveles medios de quienes cursan Derecho, Administración de Empresas, Filología, Educación Física y muy lejos de los bajos niveles de quienes estudian Filología, Historia, o Antropología.

Incluso hay diferencias entre quienes han cursado un nivel de Grado, cuyos niveles de empleabilidad se sitúan en torno al 50 por ciento, mientras que un máster, o un título propio, sitúan la empleabilidad en el 80 por ciento, así como en los niveles de doctorado, aunque no necesariamente el empleo alcanzado se corresponde con los estudios cursados. Y de nuevo la brecha de género, que determina que sean mujeres quienes obtienen los puestos menos estables y menos adecuados a su nivel de formación.

Mención aparte merece la incapacidad de los servicios de empleo para facilitar el acceso a puestos de trabajo y mucho menos trabajos que se correspondan con el nivel formativo. Encuentras trabajo a través de tus conocidos y contactos personales o familiares, o porque has hecho prácticas en una empresa y te han cogido cariño, porque has encontrado algo casi siempre precario en internet, o porque casualmente a alguien en una empresa le ha dado por mirar uno de los cientos de currículums que has mandado, o que has entregado personalmente en largos, tediosos e interminables desplazamientos. Los servicios públicos de búsqueda de empleo, de orientación, son prácticamente irrelevantes a la hora de encontrar un empleo.

Si a todas estas variables añades las siempre insuficientemente  investigadas diferencias de rentas, entorno social, acceso familiar a la cultura, entornos sociales degradados, el panorama es cada día más desolador, porque son estos condicionantes sociales los que determinan que en nuestro país las tasas de abandono escolar temprano, aún siendo descendentes, se sitúan por encima del 17 por ciento, mientras que la media europea se encuentra levemente por encima del 10 por ciento.

No es extraño que el paro entre nuestros jóvenes se encuentre en tasas superiores al 40 por ciento y eso sin tomar en cuenta a ese millón y medio de jóvenes que ni trabajan ni estudian. Además, cuando nuestros jóvenes encuentran trabajo la temporalidad entre los menores de 30 años se sitúa por encima del 53 por ciento y entre los menores de 25, dos de cada tres tienen un contrato temporal.

La pandemia ha hecho que nuestros jóvenes, independientemente de sus niveles formativos, sufran aún más el paro, la temporalidad y la precariedad laboral. Superar la pandemia debería suponer también dar solución a los tradicionales, endémicos y crónicos problemas laborales de nuestra juventud.

Problemas que se encuentran vinculados, inevitablemente, a un tejido productivo y de servicios muy poco eficaz, muy poco eficiente y demasiado acostumbrado a la ganancia fácil, rápida y segura, con frecuencia especulativa, que  mueve el dinero de un bolsillo a otro y consigue apariencia de bonanza, pero que tarde o temprano conduce al bloqueo, al colapso y a la crisis.

No podemos dejar a toda una generación empantanada y encallada en las consecuencias laborales y sociales de la crisis anterior y la pandemia actual. No es el único problema, pero en su solución nos va el futuro.

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