El devenir de la Historia -que Fukuyama consideraba erróneamente finiquitada- nos ofrece un siglo XXI aparentemente loco aunque, en realidad, cuerdo de atar: conceptos como “unidad nacional” o “soberanía nacional”,  que habían sido tradicionalmente el pabellón de la derecha, se tornan ahora contraculturales, cuando décadas atrás formaban parte importante del más rancio statu quo en España.

Como reacción al franquismo, que había monopolizado ambos términos durante el segundo tercio del siglo XX, la izquierda hegemónica de la Transición rechazó cualquier idea que mínimamente se les asemejara, entregándose al frenesí centrifugador autonomista y al atlantismo más obsceno, cimentando las bases de lo que hoy, en pleno 2020, es un Estado vasallo que amenaza con descuajaringarse en 17 pedazos.

No es de extrañar, pues, que la clase trabajadora española (aunque más alienada y dividida que nunca) perciba la amenaza real de lo que Marx vino a llamar “la reaccionaria destrucción de la unidad nacional”, y se adscriba y vote a quienes enfrentan las políticas fraccionarias de los herederos del régimen del 78 (UNIDAS PODEMOS inclusive). Todo esto pudiera parecer una consecuencia lógica, atendiendo a la todavía buena salud del sentimiento de pertenencia al colectivo nacional español, si no fuera porque la “alternativa” es un partido que se sitúa a la derecha del Partido Popular.

En efecto, los fachas de ayer son los “revolucionarios” de hoy. Ni el mejor Benito Pérez Galdós hubiera sabido plasmarlo en sus Episodios Nacionales. Ni siquiera el Buñuel más daliniano hubiera podido imaginarlo, pero no por ello es menos cierto: los contestatarios al sistema han dejado de ser los rojos. No en vano, éstos últimos se han convertido en los colaboradores perfectos del capitalismo financiero global, mientras que la auténtica izquierda, en su rincón marginal, se rasga las vestiduras, desesperada, por tamaña profanación. Es por ello que esta suerte de ensoñación no solo es real, sino además coherente desde un punto de vista histórico.

Pero no hemos venido aquí a hablar de las numerosas traiciones que el gobierno “social-comunista” ha perpetrado contra los trabajadores en lo poco que lleva en el poder, sino de la urgente necesidad de que la izquierda española reclame lo que es suyo: que abandere la defensa de la unidad y soberanía nacional frente al avance inexorable del neoliberalismo; que dispute a la derecha liberal-populista de VOX el patrimonio exclusivo de la patria y sus símbolos; y que vuelva a conectar con ese sentimiento de pertenencia al colectivo nacional español, compartido por buena parte de la mayoría trabajadora de este país.

¿Es ésta una proclama “chovinista” como nos señalan algunos detractores? En absoluto, es una defensa decidida –no ya solo de la unidad de nuestra nación política- sino de la integridad del Estado nacional, plataforma de contención frente al avance del neoliberalismo global y trinchera para la lucha por los derechos e intereses de los currantes españoles.

El futuro de la izquierda, y de España, depende de ello. De lo contrario, tendremos que ir preparándonos para la reacción que se nos viene: la de los falsos patriotas y nostálgicos franquistas, la de los del sindicato vertical, con 52 escaños y subiendo (64, según última encuesta de Metroscopia).

Por eso, hoy más que nunca nos tenemos que repetir, hasta que entre y cale en el imaginario colectivo de la izquierda: “Unidad -nacional y de clase- es Progreso”.

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