“Perdí la calma. Todos mis pensamientos giraban en torno a un único deseo: ver a Beethoven. Ningún musulmán pide con más fe ir en peregrinación a la tumba de su profeta que yo a la pequeña habitación en que vivía Beethoven… Por la noche no pude dormir. Lo que me esperaba por la mañana era demasiado grande y demasiado impresionante para que yo lo hubiera podido transformar tranquilamente en un sueño. Permanecí en vigilia, di rienda suelta a mi fantasía y me preparé para presentarme ante Beethoven. Por fin apareció el nuevo día. Con impaciencia estuve esperando la hora habitual para la visita matutina. También ésta llegó y me puse en camino. Tenía ante mí el acontecimiento más importante de mi vida”. Resulta cuanto menos curioso, más de siglo y medio después de ser escritas, la lectura de estas palabras con las que el grandísimo compositor Richard Wagner describía, en “Visita de Peregrino a Beethoven” (1840), su primer encuentro con el maestro. La admiración por su trabajo quedaba patente en aquellas líneas narradas con poco más de veinte años. Solo la paradoja o la grandeza humana acabarían situando a aquel emocionado muchacho justo a su idolatrado Beethoven en las páginas de la historia de la música.

Fue un 26 de Marzo de 1827 el día en que Beethoven dejó la vida con un único y permanente deseo. La Novena Sinfonía, en re menor, op. 125, conocida como “Coral”, supuso su última sinfonía completa, considerada por muchos como su gran legado, un espejo sinfónico en el que otros muchos grandes compositores posteriores quisieron mirarse. Destacan su Tercera (la “Heroica”) y su Quinta Sinfonías antes de que, en 1824, Beethoven anunciara un nuevo lenguaje con su Novena. El primer movimiento, en forma sonata, Allegro ma non troppo-un poco maestoso, posee un carácter tormentoso, con un gran sentido del movimiento. Su escucha plantea la continua esperanza de una melodía completa que Beethoven frusta en repetidas ocasiones con un gran sentido de la psicología y a través de elaboraciones del material que rompen esa expectativa. La coda tiene una proporción más grande de lo habitual arrastrando al oyente de la marcha fúnebre al fortissimo con un final abrupto y sorpresivo.

En contraposición a la costumbre, Beethoven coloca el scherzo como segundo movimiento, un molto vivace incontenible en forma fugada que desprende una inmensa energía. El tercero introduce un tema lento, lírico y delicado que contrasta con la fuerza de los dos movimientos previos, con diálogos entre cuerdas y vientos, variaciones del tema principal y un final en diminuendo. El cuarto, de una enorme complejidad y longitud, puede casi concebirse como una sinfonía en sí, con una primera parte instrumental y una segunda coral basada en la “Oda a la Alegría” escrita por Friedrich von Schiller, uno de los grandes dramaturgos alemanes, en 1785. Una vez introducida por la cuerda grave el tema de la alegría y tras un creciente aumento de intensidad, aparece por primera vez la voz humana en los cuatro solistas y el coro mixto que entonan los versos de Schiller: “Alegría, bella chispa divina, hija del Elíseo…”

Lo que Beethoven llevó a cabo fue una auténtica revolución en la manera de escribir, desde la agitación, la conmoción, la búsqueda de los límites, cambiando la forma y el concepto de la música que calma por otro que perturba, promoviendo una actividad en el pensamiento y en el sentimiento del oyente. Una infancia infeliz, un contexto social marcado por las guerras, una vida de tragedias y una sordera producto de una cruda enfermedad, conformaron su carácter introvertido y sombrío y tiñeron su música de un intenso sufrimiento y desequilibrio, pero también de un fuerte espíritu humano de resistencia y lucha. Lo que comenzó siendo una educación musical dura por imposición de un padre exigente derivó en una vida por y para la música. Alejados de todo convencionalismo, sus pentagramas no produjeron una experiencia placentera, no promovieron el tarareo de bonitas melodías, sino que supusieron un claro reflejo de conflicto, de contradicción y, no menos importante, de espíritu de superación.

Las innumerables aportaciones novedosas que en su Novena Sinfonía introdujo el compositor son un estupendo ejemplo de su inmensa capacidad artística. El público le pidió constantemente, como a otras grandes figuras de la creación musical, que escribiera según lo estipulado por el canon social de calidad y belleza del momento, pero Beethoven fue siempre fiel a sus ideas formando, en su particular mundo interior, un propio y único universo compositivo. “Cuando yo falte, usted podrá defenderme. Recuerde que me tomarán por loco”, dijo Beethoven a Wagner en aquel primer encuentro. Y es que, como tantos otros creadores en el mundo del arte, muchos de ellos no reconocidos en su momento presente, anheló ser con su obra merecedor de un hueco en la historia con la valiente apuesta de mantener honestamente sus principios y arriesgados planteamientos. Fue un 26 de Marzo de 1827 el día en que Beethoven dejó la vida con un único y permanente deseo: el de que se le recordase.

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