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Una, sangre y liebre

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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Nació pobre y orgulloso. Un pecado capital que únicamente dios puede cometer o para los que pueden comprar el perdón.

La vida le ha tratado mal. Siempre. Nunca ha querido ser el centro de atención y quizá precisamente por eso ha estado permanentemente en el candelero.

De niño, no le gustaba la misa, ni el rosario. Y como en casa le obligaban, cuando asistía a esos menesteres, ponía su máximo empeño. En lugar de rezar en voz baja o mirar las manchas del yeso provocadas por las goteras del tejado de la ermita, como hacían el resto de sus compañeros de escuela, él se colocaba en primera fila y sacaba su máximo fulgor rezando con vigor para que todo el mundo le oyera. Incluso en alguna ocasión pretendió ser él y no la beata solterona del pueblo el que llevara la voz cantante con los misterios del rosario. Pero esos comportamientos no gustaban al cura, ni a las gentes del pueblo, que le recriminaban constantemente su actitud mientras se santiguaban como forma de tejer una espesa gasa que les evitara el contagio de alguna enfermedad infecciosa terrible. Pero si no iba al rosario o a misa, era aún peor. Entonces el cura le paraba por la calle para recriminarle su falta de amor a dios y para recordarle en el tono más reprochable y amenazante posible, que sus pecados le llevarían directamente al infierno.

Nunca quiso ser monaguillo, pero la tradición y el maestro le obligaron a hacerlo. Y cuando el cura se negó a darles la paga porque decía que no habían actuado como verdaderos cristianos, sino como hijos del demonio, Moisés no se lo pensó dos veces y al domingo siguiente, cuando bajaba del coro con el cepillo de las limosnas, desde dónde oían misa los mozos y solteros de la villa, vació el contenido en sus bolsillos, dejando unas pocas monedas. Cuando el párroco le preguntó el motivo de tan escasa recaudación, Moisés no le mintió. Simplemente le dijo que se había cobrado su salario por si este domingo tampoco había paga. Eso le costó un gran sufrimiento porque Don Anselmo, el cura que cuando preguntaba en las confesiones si los chicos se tocaban, ponía ojos en blanco y parecía ausentarse de este mundo mientras le relataban los hechos, le agarró por las patillas y lo levantó en vuelo. Y si Moisés no llega a soltarle una patada en sus partes, le habría arrancado los pelos de cuajo. Así logró huir llevándose la recaudación. Por supuesto nunca más volvió a ejercer de monaguillo.

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Desde siempre, su padre y su abuelo habían entrado a labrar la huerta con un mulo a través de la finca de Don Adrián. El río bordeaba ambas tierras y el único acceso posible era a través de la parcela que lindaba con el camino. Así había sido hasta que Moisés se negó a ir a trabajar gratis a casa del marqués (como conocían en el pueblo a Don Adrián que no tenía don, pero si din), a cambio de que este les cediera un trozo de monte dónde cortar leña en invierno. Moisés se las arreglaba para tener madera que quemar sin tener que trabajar dos semanas gratis de sol a sol y en condiciones poco humanas. Así que, cuando fue a entrar con las mulas a arar su finca, se encontró una valla metálica que le impedía el paso. Inmediatamente se fue a hablar con el marqués. Pero este le dijo que accediera cruzando el río que es por dónde tenía la tierra su entrada. Moisés estaba cortando el muro metálico cuando se presentó la Guardia Civil y, sin mediar palabra, se lo llevaron esposado al cuartelillo. Meses después un Juez sentenció que para acceder a la huerta, Moisés debería atravesar el rio. Lo que era imposible debido al caudal y a la anchura del mismo. Y un puente costaba más que la huerta.

No contento con que su abogado fuera amigo de farras del Juez, y que este le diera la razón en la entrada a la finca, Adrián llevó con el tractor un cultivador enorme, que hacía años que no utilizaba y lo dejó abandonado a cincuenta centímetros de la puerta de acceso a la cuadra de Moisés. Con esa chatarra en medio, no podía sacar las mulas para arar las tierras. Moisés acudió al alcalde quién acució al marqués, mediante un escrito que le entregó el alguacil bajo firma, a retirar inmediatamente el braván bajo la amenaza de una multa de cien pesetas por cada día que pasase. Pasaron dos semanas y el cultivador seguía frente a la cuadra de Moisés. El alcalde retiró con su tractor el trasto. Pero dos días después había un carro enorme, al que le habían quitado las ruedas, dónde antes estaba el arado. Todos suponían quién era el dueño del carro pero, nadie había visto quién lo había dejado allí. Así que el alcalde dijo que no podía hacer nada. Que lo mejor era que lo descuartizara y se llevara la madera para leña. A los pocos días de desaparecer por completo el carro, hecho astillas por Moisés, en el mismo sitio amanecieron tres enormes tubos de acero y hormigón que pesaban más de una tonelada. Moisés empezaba a perder la paciencia. Llevaba dos meses sin poder arar ni una sola fanega de tierra y el tiempo corría en su contra. Si no podía sembrar, su familia se moriría de hambre.

Por si fuera poco, el marqués cada domingo al acudir a misa, daba un rodeo para pasar por delante de la puerta de Moisés. No decía nada. Sólo le sonreía maliciosamente.

Hoy las campanas de la iglesia replican con su cansina cadencia, el anuncio de que alguien ha muerto. Moisés le ha pegado dos tiros con la escopeta a bocajarro al Marqués. En el pueblo, algunos comentan que esa no era la solución. Claro que ellos llevan arando las tierras todo el invierno.

*****

Una, sangre y liebre

Ya he comentado alguna vez que entre lo peor que le ha pasado a este país se encuentra la aparición de ese ser despreciable, enjuto, miserable, megalómano, egocéntrico y acomplejado que casó a su hija como si fuera una ceremonia imperial, en el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Con la llegada de ese tipejo a la política en Castilla y León, Franco volvió a salir de la tumba. Sus modos acusadores, sus infamias y sus imposturas, acabaron primero con un pobre mortal como Demetrio Madrid (que luego demostró que las acusaciones contra él, eran todas falsas) y posteriormente nos metieron en el gobierno a ese PP que ahora tiene que vender la sede para pagar las deudas aunque Casado diga que lo hacen como forma de obtener el borrón y cuenta nueva sobre la corrupción sistémica de ese partido.

Con él todo empezó a emponzoñarse. Él fue el que acuñó la estrategia de “todo es ETA” que trajo el cierre de aquellos periódicos como Egin o Egunkaria, que no se sometían al criterio de prensa políticamente correcta (prensa del régimen). Ambos periódicos fueron declarados lícitos años después cuando ya no había solución y en el caso de Egunkaría con una condena a España desde el Tribunal de DDHH de Estrasburgo por no investigar las torturas a su director Martxelo Otamendi. Con este impresentable enjuto moral, llegó la apología del terrorismo y el “todos los abertzales son presuntos terroristas”. Con este impresentable egocéntrico hombrecillo llegaron las acusaciones de ser pro etarra para todo aquel, no ya que no condenara la violencia, sino que se empeñara en hacer ver que no sólo había violencia desde el terror de ETA, sino también desde los GAL, desde Itxurrondo,  durante los casi cuarenta años de genocidio franquista o en los sótanos de la Casa de Correos en la Puerta del Sol. Fue entonces cuando los medios de incomunicación se convirtieron en medios de adoctrinamiento hasta lograr que asumiéramos el mantra de que sólo hay una posición posible válida. O estás a favor del régimen del 78 o estás contra él. Y así seguimos. Ahora cualquier incidente en una manifestación, ya sea la quema aislada de un contenedor, ya sea usarlo como barricada, es un acto de terrorismo urbano. Algunos siguen señalando el dedo en lugar de la luna. Algunos siguen manipulando editoriales, entrevistas, fotos o titulares con el único fin de convertir actos de reivindicación de derechos como el de la libertad de Expresión en terrorismo callejero. Porque no se trata de Pablo Hasel, sino de los otros 127 que han sido condenados entre otras cosas por enaltecimiento del terrorismo, la mayoría después de que ETA haya desparecido. Se trata de que nadie está a salvo de esta acusación y de todos los que podemos sufrirlo en cuanto consideren que somos un peligro para el estado.

Todo vale en la estrategia de criminalizar movilizaciones sociales. Desde dar carácter de bien irreparable a un contenedor hasta culpar a los pobres anarquistas que son tres y pacíficos. Como en el caso de la violencia, se viraliza la visualización de los contenedores que arden mientras se silencia el ataque terrorista fascista a un Centro de menores migrantes en Toderrembarra, que silencian en sus noticiarios y despachan con una nota de agencia en sus periódicos. Resaltan la inmoralidad de quemar un contenedor mientras silencian las condiciones infrahumanas en las que viven los migrantes que trabajan en el campo andaluz que acaban muriendo por incendios que suceden por hacer fuego dentro de las chabolas para no morir de frío.

Y no. No se trata de Pablo Hasel. Se trata de que este país en el que el OPUS DEI lleva las riendas desde 1940, cada día que pasa se hace más imposible manifestarse y vivir en libertad.

Como consecuencia de la pandemia, ya no asisto a ningún acto masivo. Pero a lo largo de mi vida he participado en cientos de manifestaciones y reivindicaciones. Desde el inicio del 15-M en aquel soleado día de San Isidro en 2011, hasta las marchas por la dignidad, pasando por el «Rodea el Congreso», las de «NO a la Guerra», «OTAN NO» de los años 80 y las marchas a la base americana de Torrejón. Incluso en aquella contra el terrorismo el 12 de marzo de 2004. Jamás me he visto envuelto en ningún disturbio. Jamás he visto que personas de mi entorno quemasen un contenedor. Ruedas y neumáticos si (allá por 1987), y bancos (mobiliario Urbano) como los que arrasaron los taxistas en todo el recinto del Campo de las Naciones en Febrero de 2019 sin que ninguno de esos panfletos cuyos titulares comentan todos los días en RNE o la SER porque le dicen prensa del día, llamara a aquello terrorismo taxista.

La única vez que estuve a punto de ser identificado fue precisamente en el Campo de las Naciones en un callejón lateral del Palacio de Congresos de Madrid, donde se celebraba un congreso de ese PP que ahora hace pasillo en Soto del Real, y dónde la policía nos obligó a entrar, acorralándonos y encerrándonos para luego dejar, a unos cuantos, salir uno a uno con el carnet de identidad en la mano. Tuve suerte. A alguno de mis compañeros le llegaron 600 euros de multa por desobediencia a la autoridad. Durante los ochenta, no recuerdo haber tenido miedo a la policía. Ahora sí. Si me he librado durante todas esas manifestaciones en porque se les ve a la legua cuando van a “prepararla”. En alguna manifestación, al llegar a Sol, me tuve que ir a casa porque se veía perfectamente la ratonera que habían preparado con las lecheras. Luego supe de palos, golpes y detenciones. En otras, como en Rodea el Congreso, se notaba claramente cuando se ponían los cascos que iban a cargar sin miramientos. Sólo había que salir de allí antes de que acabaran de colocárselos. Y también he visto a supuestos alborotadores que lanzaban vallas contra la policía y acto seguido sacaban sus porras extensibles para evitar que la multitud les linchara por ello.

Hoy, como hemos visto en Valencia, no hace falta que se queme ni un sólo contenedor, ni tampoco que haya una sola provocación para que carguen contra los manifestantes. Y es que manifestarse hoy en España es más complicado que en algunas dictaduras. Y desde luego, se parece bastante a mis primeros años en esto de dar guerra allá por el 78. Entonces teníamos pavor a los grises. Hoy tengo bastante más miedo a los antidisturbios que entonces. En el 78, te salvaba el juez de turno. Hoy aparte de no poder acudir al juzgado, porque la mayor parte de las sanciones son administrativas, los jueces son poco receptivos a los malos tratos recibidos por los activistas y muy de otorgar veracidad absoluta al relato policial, aunque este siempre sea el mismo y expresado de la misma forma.

Me llama poderosamente la atención que en las manifestaciones de ultras, fascistas, nazis y/o franquistas, en las que los policías no llevan protecciones, ni casco y en las que no sólo no hay problema para que les graven o fotografíen sino que además posan, nunca hay disturbios. Como también me sorprendió que en una masiva manifestación de empleados públicos en Burgos en el verano de 2017, no hubiera ni un sólo antidisturbios y que sin embargo, todo fuera como la seda. Se cortaron calles, se ralentizó el tráfico de una de las principales vías de la ciudad, sin que sucediera absolutamente nada a parte de nimios exabruptos de algún conductor con prisas.

En estos días se ha puesto en el candelero la tesis doctoral de un Mosso de Escuadra, David Piqué, que se conoce con el nombre de «Síndrome de Sherwood» y que fue utilizada por primera vez durante su mandato como Comisionado General de Coordinación Territorial para los Mossos d’Escuadra. Esta táctica, que como digo está escrita en una tesis doctoral de este individuo, y por tanto no es ninguna elucubración, ninguna tontería, es hoy por hoy utilizada en muchos países del globo y consiste en diferentes estrategias utilizadas por los antidisturbios más represivos del mundo (nunca olvidaré mi entrada en una Comisaría de los Mossos, pensando que era una oficina de información, de la Plaza de Cataluya de Barcelona, de la que casi no salgo) en la que se utilizan tácticas de acoso y confrontación para provocar represión y con ello hacerle ver a la sociedad la maldad de los manifestantes. Es lo que han llamado la táctica de la pérdida de la simpatía del pueblo por la causa reclamada. Unos pocos hechos violentos se generalizan y se elevan a la categoría de terrorismo para convertir a todos los manifestantes en peligrosos antisistema. Los que tenemos la suerte de no informarnos en Antena 3 u otros medios de manipulación parecidos, hemos visto en Sol a unos tipos de paisano con porras extensibles que las utilizaban por encima de la cintura (lo que es totalmente inhumano además de peligroso para el bazo o los riñones), que luego se “recogían” todos detrás de los antidisturbios y charlaban con ellos. Recordemos aquel “¡ qué soy compañero, coño !” o como ya he dicho, los que tiraban vallas contra los policías atrincherados detrás de otras vallas en la esquina de San Jerónimo con Neptuno, que cuando se vieron acorralados por los manifestantes que les reprochaban su actitud, sacaron porras extensibles y acabaron detrás del muro policial.

Como siempre, el problema está en que a ti querido lector estas cosas quizá te la traigan al pairo y pienses que te pillan lejos. Pero estas actitudes se repiten no sólo en manifestaciones. También, como vimos el otro día en Euskadi, donde un representante de CCOO acabó con la nariz rota por un golpe de la Ertzaintza, se producen en reclamaciones laborales. Y en desahucios. Y en manifestaciones de abuelos por las pensiones. Porque las actuaciones policiales represivas no son una nota discordante en unas actuaciones impecables, sino, por mi experiencia, la generalidad de toda protesta que tenga reclamación de derechos, libertades o recriminadoras de la corrupción. En esta coyuntura, nadie está libre de un futuro desalojamiento de su casa. Nadie está libre de tener que reclamar agua, comida o electricidad (ver la situación actual en Texas) Sólo aquello que huela a franquismo se salva de exceso de celo policial.

Preguntaba el otro día en clase Rubén Martínez Moreno (@RubenMartinez) cuantos de sus alumnos de 20 años habían asistido a la manifestación por la libertad de expresión. Decía que más de la mitad habían confirmado asistencia y de ellos DOS, muy cabreados y con intención de liarla. Y aquí viene el problema más grande. Porque estos chavales están frustrados. Les hemos dado una vida de capricho, todo consumo, todo inmediato. Y de pronto, ven que no tienen futuro. Que aunque estudien y trabajen, no van a conseguir estabilidad en la vida (el 40,13 % están en paro y de los que trabajan la mayor parte de ellos tienen nulas expectativas de futuro). Si a eso le sumamos la precariedad que ven en sus casas con sus padres y abuelos (ellos nunca llegarán a jubilarse porque no habrán cotizado suficiente para ello) el futuro se disuelve como una gota de agua en un azucarillo. Si además partimos del consenso de que la mayoría son responsables y se tienen que estar en casa por la pandemia mientras algunos mamarrachos de la política van a hacerse fotos con un rebaño, a inaugurar un congreso de su partido o a su casa de Marbella y sin consecuencias o que no pueden ver a sus abuelos pero que se gastan 20.000 equipos de EPIS para que los enfermos de COVID puedan ir a votar en las elecciones catalanas, o que se les tacha de irresponsables por verse en el parque cuando cogen el autobús o el metro atestado de gente todos los días, la rabia se va acumulando y el estallido social es más que previsible. Si además los más conscientes políticamente ven como de pronto la fiscalía, esa que come con Villarejo y con Florentino, cambia de opinión sobre los presos del process en cuanto el PSOE ha obtenido unos buenos resultados en las elecciones catalanas, la rabia sube de nivel y se apodera de ellos. Sí. Ya sé que siempre han sido tiempos difíciles para los jóvenes.  En los ochenta se cerraban empresas y la heroína corría por las venas de las ciudades. Pero, los que no caímos en las drogas, teníamos futuro. FUTURO. Hoy sólo existe el día a día. Y a estos no les van a convencer ni a amansar los manipuladores de Antena 3, porque no ven la tele, ni escuchan la radio.

Nada justifica la violencia, venga de donde venga. Aunque para algunos sufra más un contenedor de basura que un toro en la plaza. Ser joven y creer que todo vale no es bueno. Pero es mucho peor la violencia utilizada para que, quiénes deberían proteger a la población, repriman reclamaciones de derechos. Nadie debe ir a la cárcel por sus opiniones. Y desde luego, es imperdonable y absolutamente inasumible que un manifestante pierda un ojo por ir a una manifestación, sufrir vejaciones, o brechas en la cabeza.

Corre el rumor de que el PSOE prepara con el PP un pacto para limitar las competencias autonómicas, retirar el concierto vasco y el navarro y darle una vuelta de tuerca más a este estado posfranquista en el que el OPUS sigue siendo el guardián del régimen. Si eso sucede, auguro que quemar contenedores habrá sido un juego de niños.

El Régimen del 78 está jugando con fuego con unos chavales que no tienen nada que perder y mucho que ganar. Si fueran listos, se lo pensarían dos veces. Nada apacigua más que la estabilidad para tener futuro, el trabajo con derechos y el poder adquisitivo.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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6 Comentarios

  1. Ausín tiene un estilo propio con el que sabe poner de manifiesto sus ideas y opiniones, que me resultan siempre muy sensatas y valientes. La primera parte del artículo (en cursiva) me parece ingeniosa y rigurosamente observada. Las acciones del monaguillo tienen gracia a raudales. La segunda está buen documentada y ofrece ideas que salen de lo común, según la interpretación de la mayoría de los periódicos. Me ha resultado muy gratificante.

  2. Jesús Ausín, aquí me hallo, después de haberte leído, encantada de haberte conocido.
    Me hallo, digo, por referencias de un colega tuyo que puso el enlace en Blog Coral.
    Te felicito.
    Tienes toda la razón.
    Ahora en Catalunya arden las calles y espero que el fuego no se apague.
    Resulta paradójico que para muchos, los containers quemados tengan mas derechos humanos que los que se manifiestan por la libertad de expresión.
    Y a todo esto, una antisemita declarada, blanqueando el nazismo, dos medios de comunicación le hayan hecho una entrevista.
    Seguiré leyéndote.

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