Mis abuelos eran de la Ribeira Sacra y, de crío, pasaba allí los veranos. Frente a nuestra casa veraneaba una familia de Euskadi que siempre me intrigó. Eran gallegos también, pero parecían muy distintos al resto de los vecinos. Se pasaban buena parte del tiempo encerrados en casa, con las persianas bajadas o entreabiertas y cuando te los cruzabas por la plaza del pueblo, o no saludaban o lo hacían tan bajito que a veces dudabas incluso de si habían dicho algo. Me hicieron falta muchos años para entender que detrás de aquella actitud no había hosquedad sino miedo. El miedo a unas siglas. El miedo a ETA.

Me acordé de ellos viendo los primeros episodios de Patria, la serie de Aitor Gabilondo basada en la novela homónima de Fernando Aramburu, ambientada en un pueblo cercano a San Sebastián donde ETA es una sombra agorera que planea sobre las vidas de aquellos a los que la banda declara traidores a la patria. Esa conseguidísima atmósfera de silencios y desconfianza, junto con su impecable factura técnica y el inmenso trabajo de buena parte de su elenco, son los principales aciertos de un producto que pronto deja claro que vamos a ver más de lo mismo.

Patria adolece de los mismos vicios que casi toda la narrativa sobre el conflicto vasco. Nos presenta a una familia entrañable destruida por el asesinato a manos de los terroristas del padre, el Txato. Bittori, su viuda, regresa al pueblo años después, cuando se decreta el alto el fuego. Le queda poco tiempo de vida y solo desea saber si Joxe, el hijo etarra de su antigua amiga Miren (inconmensurable Ane Gabarain), fue la persona que apretó el gatillo y acabó con la vida de su esposo.

Este magnífico planteamiento se desmorona como un castillo de naipes en la primera media hora del episodio uno. Lejos de presentar un retrato de personajes complejos y de sus motivaciones y vivencias, Patria opta por un enfoque maniqueísta que acaba resultando bastante manipulador; no solo por lo que cuenta sino, sobre todo, por la forma en que lo hace.

La primera vez que vemos a Joxe es entregado a la kale borroka, en concreto, asaltando y quemando un autobús en el que, coincidencias de la vida, viaja Bittori. La segunda es dándole una hostia a su propio padre, un obrero metalúrgico completamente anulado por el fanatismo de Miren, su mujer. Patria no hace el más mínimo esfuerzo por matizar las primeras impresiones, y solo hay una conclusión posible: ETA fue mala y absurda.

Y sí, lo fue. Pero este desarrollo narrativo infantiliza al espectador, puesto que no le permite sacar sus propias conclusiones sobre lo que está viendo. Lo que hay que pensar, lo correcto, no admite matices. ¿Por qué Miren es una fanática? ¿No hay ningún momento en que se plantee si eso de andar pegando tiros a gente que hasta ayer era amiga está mal? ¿Carece de la capacidad de empatizar con el dolor de otros seres humanos? Y, si es así, ¿cómo ha llegado a ese punto? Son preguntas que vienen a la cabeza viendo la serie y para las que no se obtiene ninguna respuesta. Al omitirse dicho desarrollo, lo que nos queda son unos personajes sin matices, con los que no es posible empatizar. Son un elemento malvado que se cruza en las vidas de los verdaderos protagonistas y acaba por destruirlas.

El asesinato del Txato lo vemos en pantalla hasta en cuatro ocasiones y desde todos los ángulos posibles. Las torturas en el cuartel de Intxaurrondo, en cambio, ocupan apenas cinco minutos en el penúltimo episodio, cuando ya sabemos que Joxe ha cometido otros asesinatos y, por tanto, ha sido el arquitecto de lo que le está ocurriendo. No es un “se lo merecía”, pero no se queda demasiado lejos. ¿Te dieron unos golpes y te pusieron una bolsa en la cabeza? Bueno, tú te cargaste a dos o tres personas. Es un razonamiento muy de aquí, donde todavía hay quien considera que el GAL no estuvo tan mal, porque el fuego se combate con fuego, pero muy pobre para sustentar una narración dirigida a un público que busque algo más allá de la típica historia de buenos contra malos.

El director parece consciente de que ha hecho un guiñol con los personajes cercanos a ETA y trata de matizarlos a través de los secundarios. La hija de Miren y Joxian se casa con un nacionalista español que resulta ser un maltratador. Es la forma que tiene la historia de decirnos que había gente mala en ambos lados. El problema es que no llegamos a ver en ningún momento a los abertxales buenos, con la excepción, si acaso, del hermano de Joxe, poeta y periodista en euskera, que a partir de cierto punto abomina de lo que ha hecho su hermano y nos regala una magnífica escena cuando va a visitarlo a la cárcel. E incluso en esa escena, Joxe se representa como un ser fanatizado y bastante despreciable que considera a su hermano menos que un hombre, porque no apoya a ETA y además es maricón. Es tan sutil como ser atropellado por el tren.

Patria posiblemente habría pasado con más pena que gloria de no haber sido por la polémica con aquel cartel que era “equidistante”. No es un mal producto, al contrario, pero tampoco es la obra definitiva sobre el conflicto vasco que se nos ha pretendido vender. Su mayor virtud, sin duda, es el trabajo actoral de las mujeres sobre las que recae buena parte de la historia.

Sin embargo, dejará insatisfechos a aquellos que busquen una narración adulta, una explicación o una teoría sobre lo ocurrido en Euskadi durante los últimos años del siglo pasado. A esos, como a mí, nos tocará esperar a ver si a Ken Loach le da por hacer una versión vasca de El Viento que Agita la Cebada.

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