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Érase una vez la historia de una rana cuyo amo la había puesto en una piscina, o lo que ella creía una piscinita, y vivía la ranita feliz en ella. Cuando el amo veía que ella quería explorar el mundo y daba saltitos para salir de allí, él ponía la olla al fuego y templaba el agua lo suficiente para que se adormeciese o temiese el salto al exterior. Así, poco a poco, la ranita se sometía al poder de su amo. Hasta que un día el amo, ante la ranita rebelde que no se sometía a sus caprichos, subió la temperatura de la olla hasta que la misma empezó a hervir. Y la historia de la rana salió en la televisión en los periódicos ante el escándalo de sus vecinas ranas y amos. Y ni siquiera eso alarmó a las ranas, ni a sus amos, el patriarcado. Porque ya se habían acostumbrado a las ranas muertas. Y habían perdido el corazón y la conciencia.

La muerte de una mujer no es más que la cumbre de la escalada de violencia que sufren las mujeres en todo el mundo, es ese punto más extremo que nos escandaliza, o debiera escandalizarnos a todas las personas, pero en medio existen muchas violencias a muchos grados de la temperatura de la olla, que ni vemos ni queremos ver, pero que desestabilizan la salud física y psíquica de las mujeres y no menos, no lo olvidemos, de los encomendados a sus cuidados.

Nuestras sociedades organizan nuestros códigos legales con el fin último de que los más fuertes no puedan someter a sus caprichos e intereses a los más débiles. De ahí toda nuestra legislación. Al igual que se ha hecho en materia laboral para que el empresario no pueda someter a sus designios a los trabajadores, en base a la realidad de que es el que ostenta el poder, legislamos para que, en las relaciones entre hombres y mujeres, ellos que ostentan los dos puntos de poder esenciales, la fuerza física y el poder económico, no puedan someter a las mujeres a sus caprichos personales. Eso no quiere decir ni mucho menos que todos lo hagan, eso quiere decir que tienen el poder para hacerlo, y no todos son buenos, honestos y leales compañeros. Muchos calientan el agua de las ollas poquito a poco sin que ellas se den cuenta y perciban el peligro de lo que están viviendo. Y alguno llega hasta que la olla hierve.

La violencia contra la mujer es algo estructural en nuestra sociedad, por ello lo llaman patriarcado. Del pater que tiene el poder. Y tiene muchas patas que se manifiestan. Desde el hombre que domina la familia con su poder físico y económico, que determina que la voluntad de ellas sea ninguna, y a la que ellas se someten porque su única fuente de ingresos vitales, para ella y sus hijos, son ellos. Ellos, cuyo comportamiento como decían las abuelas, es una lotería, al arbitrio del destino de que te toque en gracia un hombre bueno.

O las religiones o tradiciones culturales (como la ablación del clítoris o la imposición del velo), que restringen solo los derechos de ellas y limitan el acceso a una vida mejor, impidiéndoles el progreso y la educación.

Hasta el empresario que elige a mujeres vulnerables, creando sectores feminizados, en donde a idéntico nivel de formación por considerar que, como ellas no son cabeza de familia, puede pagarles menos o pagarles con buenas palabras, moneda típica para compensar a las mujeres, pero de la que no se come ni paga tus facturas (qué buena madre, qué buena esposa, qué chica más honesta, qué trabajadora y limpia…). O explotar su condición de mujeres para denominar trabajo a la más terrible de las explotaciones del ser humano cual es la prostitución. Siempre con pingües beneficios que revierten en ellos y nunca en ellas.

Y alimentan la situación estructural de que, con la mujer en situación de necesidad y no amparadas por un varón que las proteja, son de todos y podemos hacer lo que nos dé la gana. Hasta convencerlas del beneficio que representa y la bondad que se les otorga de proporcionarles un sistema en que puedan alimentarse ellas y sus familias y tener un techo que las cobije. Aunque sea a costa, de su salud física y psíquica, de su humillación y degradación.

Hasta el mismo estado que contrata a trabajadoras para los puestos inestables, temporales y, en definitiva, precarios, y permite que, cuando ya no las necesita, se las eche a la calle sin indemnizaciones, ni derechos y en edades de complicada reintegración a la vida laboral. Ese mismo estado que no legisla para otorgarles una protección social completa cuando realizan esos trabajos, ni en el presente ni en el futuro al no garantizar un acceso a la pensión.

O que ha considerado que las mujeres divorciadas, aunque hayan estado 30 años casadas con un señor y dedicadas en exclusiva a la vida familiar, no tienen derecho a la pensión por viudedad. Y la ley que lo rige lo permite también, porque esa ley está hecha por hombres y para hombres que no tiene en cuenta ni valoran las necesidades de las mujeres, que hoy en día en muchos casos también son cabezas de familia. Y sus trabajos precarios, para poder compatibilizarlos con el cuidado de sus hijos o mayores, no les permiten o van a permitir las adecuadas coberturas sociales. Pues nadie puede pensar que los 250 euros que hay de pensión media de alimentos en este país permite que una mujer con dos hijos pueda darse la gran vida con ella (como algunos venden por ahí), ni tan siquiera vivir dignamente de ella. Y pagar alquiler, comida, electricidad, gas, etc.

Y qué decir de la valoración económica del cuidado de los menores y del hogar familiar, que te quita horas y oportunidades laborales, pero consideramos que no es trabajo, ni merece tan siquiera de la protección de un alta en la seguridad social que te asegure una pensión digna, o una baja laboral retribuida o hasta una incapacidad laboral si un accidente o la salud no te acompañan.

Las mujeres, en general, con la excepción que confirma la regla, estamos sometidas de por vida, a la violencia estructural de un mundo organizado y dirigido por los hombres y pensado para ellos. Que no piensan que nosotras tengamos que pagar nuestras facturas para comer, para tener techo y alimentar y proveer de lo básico a nuestros hijos, pues el encargado de esto es un señor, y si te sale un traidor, un sinvergüenza, un maltratador o un psicópata, pues te jodes por no haber sabido elegir. Porque más cornadas da el hambre, ¿verdad?

Te jodes tú y tu hijos, víctimas silenciosas de la escasa economía materna, de la explotación de sus madres, de las consecuencias físicas o psicológicas que éstas sufren por su precariedad o continuo maltrato, que repercuten aun no queriéndolo en ellos, y de crecer sin el amor y cuidados de una madre si llegado al último escalón las matan.

Y todos estos chicos y chicas con infancias sometidas a la precariedad y al abuso son los que dirigirán el mundo y la sociedad del mañana. Díganme ustedes qué les podemos pedir, mas que reproduzcan el papel del maltratador o el de la maltratada. Mas que decidan entre los papeles que han visto y les ha tocado vivir, el del explotado o el del explotador. Mas que arrastren las consecuencias de la tensión y el miedo que vivieron en sus infancias robadas.

Sembrando vamos, no nos escandalicemos después de lo que nos vayamos encontrando.

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