Joaquín Sánchez, conocido como Joaquín “el cura”, es un conocido vecino de Murcia y natural de las Torres de Cotillas, capellán de la cárcel de Sangonera, que lleva toda la vida involucrado en ayudar a los más necesitados, no solo por su situación socioeconómica, sino también por las situaciones de injusticia política a que nos vemos sometidos todos los seres humanos. Anoche tuvimos el privilegio de compartir un rato de coloquio con él en la agrupación del Psoe Murcia Este y aprender de su experiencia vital. En este artículo intentaré transmitir, no sus palabras exactas, sino el conocimiento adquirido, la experiencia humana que él nos transmitió. Cualquier discrepancia que pudiera haber será solo achacable a mi torpeza, y por ello pido perdón de antemano.

Debo reconocer que me sentí muy complacido con su visita porque, aparte del honor que él nos hizo con su compañía y su magisterio, resultó que sus ideas tienen una correspondencia casi exacta con las mías propias, con lo cual, por lo menos, ya somos “dos locos” este mundo. Empezó Joaquín hablando de fraternidad. Efectivamente, qué sentido tiene predicar palabras a la postre vacías si esas acciones a las que se hace referencia no empiezan en nuestro entorno cercano… Si cuando hablamos de “ayudar a los demás”, cometemos el sinsentido de mirar para otro lado cuando nuestro hermano, nuestras compañeras, nuestros compatriotas, necesitan de nuestra ayuda… La transformación de la sociedad empieza en nosotros mismos. Debemos ser capaces de compartir, de tender la mano, antes que nadie, a las personas de nuestro entorno. Es así de simple. Los egoístas no pueden dar lecciones de solidaridad.

Muy importante también es el ejemplo. Y que las circunstancias no te cambien. Las palabras tienen credibilidad cuando, quien las dice, las vive ¿Es aceptable que alguien que propugna la igualdad de oportunidades, la justicia social, aspire a un cargo con el que “enriquecerse” él, o ella, y beneficiar a sus familiares y amigos? Lo razonable es que a la política se vaya a servir, no a servirse. Y que se esté un tiempo, se desarrolle un proyecto, y se aparte esa persona para dejar que otras personas puedan también desarrollarse políticamente y poner en marcha otros proyectos. No me vale que muchas personas digan “tengo derecho a presentarme”, o “a mí me han puesto aquí los ciudadanos”. Eso no justifica que una persona se “eternice” en la política y haga de la política una profesión exclusiva de la que nadie se atreva a intentar echarle. Hay que dejar paso. Esto es lo razonable, y lo saludable, y no presentarse a unas primarias solo porque se sabe que se tienen ganadas (gracias a tejemanejes orgánicos), y tras ganarlas (la mayoría de las veces sin oposición auténtica) entonces se accede a la candidatura (también prácticamente sin oposición). El funcionamiento democrático no justifica la “eternización”.

Joaquín nos habló también de transparencia. Imposible la renovación y la modernización sin ella. La renovación, la adaptación a los nuevos tiempos, implica la participación de todos los actores que se consideren actores participantes (es decir, no se le puede decir a nadie que “él no juega”, si él, o ella, quieren “jugar”).

La humildad. Qué palabra tan importante. En la acción política, cuántas veces se han estropeado acuerdos porque las distintas partes han tratado de imponer sus criterios como valores absolutos. Y cuántas veces la vida interna de los partidos se estropea por los mismos motivos. Humildad. Nadie es mejor que nadie, y la consecución de un cargo no nos hace mejores. Esta es la clave.

Después de abordar estos aspectos centrales de la personalidad y del comportamiento, Joaquín nos ilustró con lo que para él es esencial en la vida de los partidos y la acción política. Así, defendió la necesidad de controlar la economía, al igual que se controla todo en la vida ¿Cómo es posible que si vamos por la carretera con exceso de velocidad todos los ciudadanos y ciudadanas estemos igual de controlados, pero cuando se trata de pagar impuestos, o de acceder a privilegios fiscales esto no sea así? Hombre, la respuesta es que las leyes las han hecho aquellos que obtienen estos beneficios, o políticos pagados para ello (antes, durante, y frecuentemente después de haber hecho su “trabajo”. Entiéndase, puertas giratorias…) Detrás de estas veleidades está el Liberalismo, que promueve la injusticia porque no cree que las personas seamos y debamos ser iguales y/o que debamos tener las mismas oportunidades. Entre otras cosas promueven la bajada de impuestos (para los más ricos, claro, porque para las personas corrientes las bajadas de las que hablan quedan “empobrecidos” con los recortes de ayudas y derechos que llevan aparejadas esas mismas bajadas de impuestos y déficit en la recaudación), al tiempo que no explican cómo van a disminuir los recursos públicos que se financian con esos impuestos. Y lo peor, los socialistas no hemos sabido explicarlo, o explicarlo lo suficiente. O el número suficiente de veces, o simplemente, entender que, al igual que a sumar y a restar, a la población hay que formarla políticamente sin descanso.

Hablamos también de la necesidad de renovación, transparencia y ejemplaridad en los partidos políticos. La población está muy desencantada con los partidos políticos (aunque vote…) porque se detectan los mismos planteamientos y funcionamientos de siempre. La gente vota, y como vota, en los partidos nos creemos que no debemos hacer cambios. Pero esto es falso. Eso es como el estudiante que no estudia por sabe que el examen va a ser fácil ¿Qué ocurrirá cuando tenga que afrontar su vida profesional? Los partidos han de funcionar bien, y esto implica formación, transparencia, democracia interna mucho más intensa que la que hay actualmente, y, sobre todo, un auténtico sistema de selección de candidaturas y cargos acorde a criterios objetivos (que ya explicamos en otro artículo) que garantice que las personas elegidas serán las más idóneas para asumir una determinada responsabilidad, y no la alcaldesa de Móstoles, cuyo único mérito consistía en conocer a Pedro Sánchez y haber estado a su lado en los malos tiempos. Centenares de miles de compañeros y compañeras también estuvimos y desde luego no tenemos la cara tan dura. Algo estamos haciendo muy mal, la ciudadanía lo percibe, y lo castiga.

Para finalizar, Joaquín nos planteó la necesidad de “cristianizar” los partidos políticos. No puede ser que cuando una facción gana una batalla política, entiéndase primarias, se hagan purgas y no se integre a todo el mundo que sea válido, independientemente de qué papeleta haya metido en la urna. Ya está bien de cainismo. Si estamos desunidos la gente lo sabrá, y también lo castigará. Pero no solo es por los posibles votantes. Es que la ciudadanía no se lo merece (pensemos que los partidos están financiados en un ochenta por cierto con dinero público) y, además, supuestamente estamos aquí para ser una herramienta social de cambio, o de persistencia, según se sea progresista o conservador. No se puede hacer “lo que se quiera”. Hay que dar explicaciones, y ser, una vez más, ejemplares.

Joaquín ha estado en guerras; ha estado en medio de conflictos sangrientos de muchos tipos. Ha conocido lo peor de este mundo. Al finalizar la charla intenté afiliarlo a mi partido, el Psoe. Me dijo, “no, gracias, esto es demasiado para mí”. Lo dicho, un hombre humilde y ejemplar.

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