miércoles, 4agosto, 2021
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Una máquina para elevar los sueños

Jaume Prat Ortells
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.
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Hay una idea mitológica que siempre me ha interesado mucho. El primer arquitecto es Dédalo. Construyó el Laberinto de Creta, una secuencia enorme de muros. Es la primera idea del arquitecto trabajando con la gravedad. Su hijo era Ícaro, que, estando hasta las narices de esa especie de enraizamiento, pretendía volar. Sobrepasar los límites de la gravedad. La relación de la gravedad como problema y la voluntad de volar está dentro de la lógica del constructor. La tierra nos atrae, y al mismo tiempo está la voluntad de liberarse de esto y flotar por encima del mundo.

Por tanto los edificios que hacemos intentan volar para liberar la tierra. El edificio puede ser una montaña, una especie de castillo que sube o puede ser algo que esté flotando. Yo soy más bien de intentar esto segundo. En el mundo contemporáneo, donde la tierra está más ocupada, nos conviene dejarla pasar. Que el edificio no sea otro obstáculo en medio de un llano. En el caso de la Filmoteca intentamos dar prioridad a la plaza que tiene delante. La plaza atraviesa el edificio y continúa hasta la callecita que generamos detrás. O sea que es un edificio, en este sentido, claramente público. Estás en un espacio interior con condición de espacio exterior. La materia me pesa. Estoy más interesado por la ligereza que por la densidad, o por la estabilidad. Estoy interesado en la transparencia, pero no en el sentido más clásico de la palabra referida al vidrio. Estoy interesado en lo efímero más que en la solidez intemporal e inmaterial de las cosas. Siempre he intentado acentuar las condiciones más inmateriales. La luz, la reflexión…

Así se explicaba Josep Lluís Mateo cuando el cineasta Isaki Lacuesta(1) le preguntó por la entrada del edificio de la Filmoteca de Cataluña que el arquitecto había terminado pocos años antes en el Raval de Barcelona. Es una de las maneras más bellas en que jamás haya oido explicarse a un arquitecto.

Se impone hablar de contexto: este edificio, como otros realizados por la zona, ha sido calificado como un proyecto de renovación urbana. Esta etiqueta, aunque bienintencionada, es una de las que más daño han hecho últimamente a nuestra profesión. De entrada porque si se habla de proyectos de renovación urbana es porque se asume que habrá otros que no lo son. Y es falso. Toda arquitectura que no tenga en cuenta la ciudad de un modo u otro no es arquitectura. También ha sucedido lo contrario: este paraguas ha emparado proyectos que jamás funcionarían sin el adjetivo oportuno por intrascendentes, por decepcionantes, por mediocres.

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La renovación urbana es mayormente una tarea política. En la segunda mitad de los 80 se renovó la Plaza Real de Barcelona siguiendo un proyecto de Correa y Milà. Funcionó porque el Ayuntamiento invitó a destacadas personalidades del mundo cultural a vivir allí e instaló policía en la zona hasta que fue pacificada. La arquitectura, tanto la de los edificios que cierran la plaza (una intervención decimonónica de Daniel Molina) como la de la reforma eran brillantes. De haber sido peores probablemente la operación no hubiese salido adelante. Pero la decisión fue política. La Filmoteca se emplaza en un punto caliente del Raval, protestado casi diariamente por los vecinos por la presencia de narcopisos que afectan gravemente la convivencia de la zona. La solución a esto deberá de ser necesariamente política. El edificio, sin embargo, puede ayudar (y ayuda) en una cosa: la gente tiene una excusa para ir. La calidad de su arquitectura no es ajena.

La primera decisión para proyectar el edificio fue trasladar las salas de cine al sótano creando así un vacío y un lleno. El edificio no es un edificio: es el edificio y la plaza ante suyo, una plaza que no puede desaparecer porque, de hecho, es la cubierta de las salas de cine. El vacío y el lleno enfrentados serán la clave de todo lo que pasará en el lugar. La decisión es lógica: una filmoteca es un lugar donde la gente va a ver cine (y mejor que esta gente se quede más o menos cerca de la planta baja. El sótano no es un mal lugar, teniendo en cuenta que la luz natural no se necesita para nada en una sala de cine). También es un lugar donde se gestionan imágenes. Esto requiere tanto de una administración como de salas de biblioteca y otras dependencias por el estilo, ellas solas de medida suficiente como para conformar un edificio de la medida exacta que la ciudad necesitaba en aquel lugar. Los usuarios del edificio suben. La gente que va al cine baja.

Segundo, la calle de Espalter se tenía que mantener. No era una decisión obvia. Para generar esta zona entraron bulldozers, muchos bulldozers. Arrasaron una parte importante del barrio (formada, por cierto, por viviendas de muy baja calidad y de difícil reforma) que se tuvo que rehacer con edificios de nueva planta que se podían disponer literalmente donde se quisiese. Mateo escogió poner su edificio allí donde había habido otro: se mantiene la caja urbana (o sea, la sección de la calle), se mantienen los flujos naturales. Se mantiene la identidad.

Tercero, casi todo lo que es opaco es estructura. Mateo quería que la propia plaza fuese una gran sala de cine. El lugar lógico donde poner la pantalla es la fachada de la Filmoteca. Si esta está formada por una pared maciza mejor que mejor. Las paredes tienen la gracia de aguantarse así mismas y poder soportar muchas otras cosas que se le van apoyando. Así que la decisión de poner una pantalla arrastra unas fachadas estructurales que soportan unas potentes vigas que soportan suelos y techos. El edificio ya está hecho. Adicionalmente estas estructuras son grandes. Mucho más grandes que cualquiera de los edificios de viviendas que rodean la intervención. Grandes muros horadados por grandes huecos. Grandes vigas que requieren techos altos. La escala del edificio es la escala de lo público, y juega perfectamente con la escala más pequeña de los edificios de vivienda del otro lado de la calle Espalter. Nada nuevo otra vez: pensad en una catedral gótica o en la sede de un ayuntamiento colocados en medio de un núcleo urbano: la escala de las puertas, de los huecos, de las paredes, no es la escala de la calle. Es la escala de la función del edificio. Resulta fácil encontrarse puertas góticas de diez, doce metros de altura abiertas contra calles de cuatro metros donde difícilmente se pueden ver enteras. Aquí se hace exactamente lo mismo.

Cuarto, el material: hormigón basto sin revestir. Un hormigón texturizado, con las cicatrices de los armados especiales(2) a la vista, un hormigón que se explica a sí mismo, cálido, severo. Hierro. Latón. Vidrio. Cuando tocamos el edificio nos cuenta una historia.

Quinto y más importante: la explicación de Josep Lluís Mateo. El edificio vuela. El edificio es un lugar donde vas a ver obras que hacen soñar. La arquitectura lo refleja elevándose. Despegándose del suelo. Dejando grandes áreas de terreno que pasan bajo suyo sin soportes, un lugar convertido en reloj en virtud de las sombras cambiantes de los techos que planean. El edificio acoge gente bajo suyo y se convierte en un lugar de encuentro. El edificio se horada de lado a lado y ahí está la entrada. No se necesita ningún cartel. El edificio es en sí mismo una infraestructura. Justo como aquellas de la antigüedad que todos conocemos: un coliseo, un panteón, unas termas. Pero es un cine que algún día envejecerá y servirá de orientación a los transeúntes despistados, que podrán soñar con él incluso sin saber qué pasa dentro mientras los vendedores de cervezas piratas se cobijan a la sombra de los voladizos.

Y esto es hacer ciudad.

 

(1) También estaba Jelena Projopljevic.

(2) El hormigón estructural de este edificio se lleva al límite, y los hierros que se ponen dentro para armarlo han de estar tensos como cuerdas de arco en el momento de verter el hormigón. Después esta tensión se libera, el material queda comprimido y aguanta mejor todas las tensiones que la arquitectura le hace soportar. Tiene algo de épico.

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