Jaime tiene siete años y vive en un pueblo marinero de la costa sur. Es dieciséis de julio y se está celebrando la fiesta de la Virgen del Carmen. Ha venido el Obispo y ha tenido que preguntar quién era ese señor vestido como un cura, que tenía un sombrero raro y un par de anillos, uno de los cuales era muy gordo y las mujeres se acercaban para besarlo. El señor obispo trajo consigo un gato lustroso y bonito. Jaime piensa que el gato debe ser especial, como su dueño, pues uno de los curas lo tomó de las manos de su dueño y lo pasó al señor alcalde quien a su vez lo pasó a las de su hijo Tomás.

La animación del público es ruidosa. Hay numerosas atracciones en la feria, pero son más bien para gente mayor. Hay puestos con escopetas y rifles en los que las personas pagan una peseta por disparar a un muñeco. Si atinan, dan un pequeño regalo al tirador. A Jaime le gustaría disparar al muñeco, pues tiene dos pesetas en el bolsillo. El encargado del puesto no se lo permite: “No puedes disparar pues eres un chico y los niños lo tienen prohibido”, le dice.

El chaval se une a un grupo de niños de su misma edad, excepto dos que aparentan dos años más que él. El mayor, Manolo, lo había visto en la discusión sobre lo del muñeco y gritó a los demás:

“¡Jaime tiene dos pesetas!”

El grupo se acerca para comprobarlo y uno le comenta:

“Jaime, con esas dos pesetas podrías pasar el rato más agradable de tu vida. Si quieres, con tu dinero compramos una ristra de triquitraques, la atamos al rabo del gato del obispo y como el dinero es tuyo, te dejaremos que seas el que encienda la ristra. Te aseguro que te lo vas a pasar de pa madre”.

Dos de ellos se acercaron a Tomás, el hijo del alcalde, que estaba cuidando y acariciando al gato del obispo. Permitió al inofensivo Jaime, tomar el gato, que rápidamente pasó a manos de Manolo. Éste le pasó la línea de los triquitraques alrededor del rabo y del cuerpo del gato y dio una cerilla encendida a Jaime, quien a su vez, la puso en el sitio donde aquel le indicaba: “¡ahí, ahí!” La sucesión de explosiones espantó al gato que, aterrorizado, puso en pánico a todos los verbeneros.

¡Qué bien lo pasamos los chicos del pueblo!

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