A propósito de la polémica suscitada estos días en el seno de IU, cabe exponer algunas consideraciones desde el punto de vista de la ciencia política. La cuestión radica en la decisión de caminar hacia una confluencia desigual con Podemos, una fuerza política con la que compitió en las elecciones europeas de 2014 y a la que sacó una ventaja de más de 300.000 votos (1,5 millones frente a 1,2 millones), más del 2% de los sufragios (9,99% frente a 7,97%) y un escaño (6 a 5), y con la que volvió a medir fuerzas en las generales de 2015, salvo en las tres nacionalidades históricas, donde ya concurrió con el partido morado, en una circunstancia paradójica al ser aliada en tres comunidades y competidora en la mayor parte del país, lo que derivó en un descenso de los apoyos con respecto a los anteriores comicios generales (de 2011), al pasar de casi 1,3 millones de votos, casi el 7% de los sufragios y 11 escaños, cuando el cabeza de lista de IU era Cayo Lara, a poco más de 925.000 votos, el 3,7% de los sufragios y 2 escaños con Alberto Garzón como candidato. Fue a partir de entonces cuando se agudizó la polémica interna y en el ámbito de sus votantes. La pérdida de grupo parlamentario, el agravamiento de los problemas económicos y la vocación confluyente de la nueva dirección de IU condujeron a la aprobación de la alianza electoral con Podemos, ratificada por las bases con una participación de menos del 30% del censo militante (unas 20.000 personas, de las que casi 17.000 votaron a favor). La primera convocatoria electoral tras la aprobación de la confluencia, en 2016, se saldó con una pérdida de más de un millón de votos con respecto al resultado obtenido por separado por IU y Podemos en la cita anterior, al pasar de 5.212.631 + 926.783 = 6.139.414 votos en 2015 a 5.087.538 en 2016 (y del 24,2% al 21,1%), aunque con los mismos escaños (71).

En junio de 2018 se aprobó la confluencia a escala estatal en virtud de los resultados de una consulta entre militantes y simpatizantes, que si bien fue la de mayor concurrencia en el historial de encuestas de esta organización (42% del censo militante), el respaldo numérico fue ínfimo (9.500 personas de las 12.450 participantes) en relación con los potenciales votantes. En Andalucía, en la votación sobre la confluencia participó el 53% del censo (4.600 personas) y votó a favor el 86% de quienes se pronunciaron. Pues bien, en los últimos comicios autonómicos, la alianza de Podemos e IU (más otras formaciones andalucistas) obtuvo peor resultado que los cosechados por ambas formaciones por separado (al pasar de 592.133 + 274.426 = 866.559 votos en 2015 (y 14,86% + 6,89% = 21,75%) a 584.040 votos y el 16,18% en 2018, con una pérdida de tres escaños (al pasar de 15 + 5 = 20 en 2015 a 17 en 2018).

Ambos retrocesos electorales (y las encuestas de cara a futuras convocatorias) han puesto de manifiesto que la confluencia no solo no ha propiciado una suma de apoyos sino que ha supuesto una resta. Han sido múltiples las interpretaciones de esta evolución, que hay que tener en cuenta, pero en este caso proponemos la relacionada con la identidad política. Los electores que se han decantado por IU lo han hecho, incluso en situaciones muy adversas, por su identificación con un programa de izquierdas y una forma honesta de actuar en la vida política, es decir por sentir confianza en una identidad política identificable por su trayectoria, ideales y simbología. Para seguir prestando su apoyo a este proyecto izquierdista, los votantes de IU se han visto obligados a depositar una papeleta con el símbolo hegemónico de otra fuerza política con la que hasta hace poco competían y que ahora dirige una alianza desigual. Para votar a los suyos han tenido que apoyar previamente a candidatos de otra fuerza política con la que no se han venido identificando. La pérdida de apoyos a esta fórmula de concurrencia electoral ha sido en gran medida debida a la falta de identificación, al desapego ante un partido político distinto, que, así, ha representado un embudo para quienes buscaban a sus candidatos izquierdistas, que se presentaban debajo de los de Podemos.

La identidad política es relevante en la dinámica afectiva de los electores. Un votante izquierdista tal vez desee apoyar directamente a la formación con la que se siente identificado para que, eso sí, con posterioridad sus representantes lleguen a acuerdos con otras fuerzas con el fin de intentar dar cumplimiento a su programa electoral. Tal vez de este modo, las afectividades de cada uno de estos partidos vuelvan a manifestarse con comodidad y el resultado final permita la suma que con la fórmula ensayada en las dos últimas citas electorales no ha funcionado.

Claro está que, para IU, es probable que a corto plazo el apoyo con el que venía contando se resista por el hecho (digámoslo en términos mercantiles) de que la marca ha quedado devaluada por el mensaje difundido desde los órganos directivos sobre la necesidad de superar IU para abrazar la confluencia con otra fuerza superior. Pero, probablemente, a medo plazo el factor de la identidad política propicie la recuperación electoral, como ha ocurrido en otras ocasiones, como ocurrió con Anguita en 1996, tras la debacle de 1982 (al lograr más de 2,6 millones de votos, el 10,5% de los sufragios y 21 escaños) y con Cayo Lara en 2011, tras el retroceso de 2008. En un panorama tan fragmentado como el actual, un respaldo del 8%-9% no sería desdeñable para incidir en el curso de la vida política en un sentido izquierdista.

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