La falta de perspectiva histórica, la mediocridad, la irrelevancia y la degradación moral, marcan a una diplomacia española que no deja de respaldar violaciones de los derechos humanos en todo el mundo.

 “Es triste escuchar sobre el fallecimiento del exsecretario de EE.UU. George Schultz. Abanderado de los Estados Unidos, defensor de la diplomacia, el compromiso y el diálogo; extrañaremos sus sabias palabras. Descansa en paz” ha escrito en un tweet Arancha González Laya tras la muerte de George Schultz a la increíble edad de 100 años.

Podríamos pensar que alguien parecido a Gandhi o Mandela habría muerto. Este último quizá no estaría muy contento con estas declaraciones después de que la administración Reagan y en concreto Schultz fuese reacio a poner sanciones al deplorable régimen de apartheid del gobierno sudafricano en los años 80. Algo a lo que se opuso con elocuencia Joe Biden. Si pueden vean vídeos de la época. Verdaderamente impresionante.

Es verdad que Schultz puede que no fuese de los más duros de la administración Reagan, pero aun así seguía siendo parte de un partido que había girado a la derecha con respecto a la era Nixon (y ya es decir) y que fue pionero en la guerra contra el terrorismo y la guerra contra las drogas.

Los medios de comunicación han reivindicado su papel para poner fin a la guerra fría. No quiero entrar de lleno en el debate si de verdad es meritorio su papel. En mi opinión, suena bastante discutible atribuir méritos de más a Schultz (en perjuicio de Gorbachov) en el final de la guerra fría y en los planes de desarmes nucleares alcanzados si ponemos en la balanza no solo la belicosidad de la administración republicana durante los años 80, sino también su despilfarro armamentístico estando los Estados Unidos de lleno en la era neoliberal y elevando el gasto público a niveles extraordinarios para financiar sus programas armamentísticos. Al contrario de lo que suele pensar, el neoliberalismo exigió un elevado gasto público y una intervención más grande del Estado en beneficio de los más ricos y de las grandes corporaciones (en este caso la industria militar).

Decir también que los méritos diplomáticos a los que se refiere González Laya son bastantes discutibles si atendemos a la forma con la que la administración Reagan enfrentó a la URRS en el contexto de la guerra de Afganistán. Por mucho que condene las atrocidades y crímenes soviéticos, fue una política negligente alimentar una guerra que después ayudó a que el yihadismo empezara a tener más fuerza. La brutalidad soviética y la financiación de Arabia Saudí, Pakistán y los Estados Unidos de cualquier combatiente islámico dispuesto a matar rusos alimentaron en gran medida a lo que en unos años después se convertiría en Al Qaeda.

Por otro lado, ensalzar a hombres como Schultz tiene el peligro de hacer olvidar el papel transcendental que tuvieron las movilizaciones contra las armas nucleares y el gran trabajo que hicieron los científicos tanto a nivel de investigación como a nivel de divulgación. Acordémonos del peligro del invierno nuclear y de Carl Sagan, por ejemplo. La fuerza del movimiento antinuclear fue tan potente que cambiaría para siempre el movimiento ecologista. Observación realizada con ciertas reticencias por Eric Hobsbawm: “Dejaron un arraigado prejuicio entre los ecologistas contra cualquier clase de energía nuclear”. Decir brevemente que la observación de Hobsbawm ha tenido vigencia a día de hoy sobre hasta qué punto se puede adoptar la energía nuclear como estrategia contra el cambio climático a corto plazo (a más largo plazo cualquier ecologista serio no puede estar a favor).

Años más tarde, el gobierno de Bush hijo volvería a girar a la derecha y declararía la guerra contra el terror después de los atentados del 11 de septiembre. Así invadió Afganistán en el 2001 y dos años después invadió Irak, acción salvaje, atroz y mezquina que superó a lo que habían hecho Bush padre y Bill Clinton. Recordemos no solo la Primera Guerra del Golfo, sino también cómo las sanciones de Naciones Unidas, defendidas también por Tony Blair, causaron la muerte de medio millón de niños, impidiendo que tampoco pudieran acceder a medicación la gente enferma de cáncer por los bombardeos con uranio empobrecido.

La guerra contra el terror, como todos sabemos, tuvo su continuación durante las administraciones de Obama y de Trump. Sin embargo, no se suele comentar tanto su origen. Fue en tiempos de Reagan y se puede afirmar, sin ningún tipo de dudas, que Estados Unidos se convirtió en el país que lideró y patrocinó el terrorismo internacional. Especialmente severo en el caso de Latinoamérica, pero también en el caso de Israel o de la guerra entre Irak e Irán. No entraremos en los detalles, salvo mencionar que, en el caso de Israel, Washington contempló a menudo con complacencia las atrocidades del Estado de Israel ayudó al régimen sionista a esquivar la legalidad internacional. Una actitud de complacencia que se terminó quebrando en el caso de Sudáfrica, aunque gente como Schultz entorpeciera los esfuerzos.

La lucha contra el terrorismo tenía sentido para los gobernantes y era su forma de adquirir el derecho a aplicar el terrorismo. Esto es cierto tanto para la administración Bush como para la de Reagan. Los discursos para justificar acciones criminales fueron muy elocuentes. En este sentido, cabe destacar que Schultz fue un maestro y marcó el camino para un nuevo episodio de imperialismo y de justificación a través del excepcionalismo estadounidense. En el año 84, George Ball, en el NYT -medio que a menudo ha sido bastante complaciente con la política exterior estadounidense- criticó a George Schultz por insistir en “tomar represalias con fuerza contra la violencia terrorista” en no “abstenerse de lanzar ataques preventivos para frustrar las amenazas de ataques terroristas simplemente porque tales ataques podrían ocasionar algunas bajas civiles inocentes” y por hacer una comparación desafortunada con Israel que ahora mismo solo lo podríamos escuchar dentro del sector más sectario del Partido Republicano.

Quizá sea conveniente recordarle a nuestra ministra de asuntos exteriores que la apuesta de Schultz por la diplomacia es más que irrisoria cuando la respuesta del exsecretario de Estado a la preocupación por la “muerte de estadounidenses” y de “alguna gente inocente” fuese que “es posible que nunca tengamos el tipo de evidencia que pueda sostenerse en un tribunal de justicia estadounidense […]. Pero no podemos permitir convertirnos en el Hamlet de las naciones, preocupándonos sin cesar sobre si responder y cómo”. Según Schultz, “para combatir [el terrorismo] debemos estar dispuestos a usar la fuerza militar”. 

El error de González Laya está en asumir las posiciones políticas del excepcionalismo estadounidense. Es entendible (aunque no lo comparta) que Antony Blinken lo describa como una leyenda, un visionario y alguien que “ayudó a lograr la mayor hazaña geopolítica de la época”, sin embargo, cuesta trabajo pensar que desde la irrelevancia de la diplomacia española se ponga en valor a un hombre con este historial. En mi opinión, solo destila mediocridad y falta de escrúpulos. Aparte de que sea completamente innecesario.

De todas formas, para ser justos, el culmen de la inmoralidad lo represente el actual viaje de González Laya a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Qatar. Para España lo importante sigue siendo los negocios, negocios que siguen estando por delante de los derechos humanos a pesar de que más de 300 mil personas han muerto en la guerra de Yemen. Algo que también sucede en Egipto, país que vive probablemente la peor dictadura de su historia y en el que Laya ha llegado a hablar de empoderamiento de la mujer. Para que se hagan una idea, la represión es tan disparatadamente alta que, si eres mujer y haces vídeos en Tik Tok, esto te puede suponer la cárcel. Si pueden escuchen este testimonio sobre lo que supone vivir en la “República del miedo”.

Esta y otras muchas razones no abordadas aquí me hace dirigirme a Arancha González Laya y recordarle que España se ha comprometido a promocionar los derechos humanos desde hace varias décadas. Parafraseando a Greenpeace “Arancha, no te pases los derechos humanos por el arco del triunfo”. Dejemos de ser mediocres e inmorales y hagamos algo de verdad reseñable por los derechos humanos.

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