El chicle es una goma masticable compuesta de plástico y de gomas de resinas naturales y sintéticas. Es beneficioso y perjudicial para la salud casi a partes igual, en virtud del tipo de aditivos y azúcares que contenga. Pero lo peor de todo es que tarda 5 años en desintegrarse, lo que supone un grave problema para las ciudades ya que resulta muy difícil de despegar y su limpieza cuesta millones de euros al año. En Londres, por ejemplo, necesitan 17 semanas para quitar los 300.000 chicles pegados en la céntrica calle Oxford Street, pero solamente 10 días para que la calle vuelva a estar como antes. Allí un chicle cuesta 3 peniques y despegarlo 10.

Quizás por eso la británica Anna Bullus pensó en la posibilidad de hacer algo útil con tanta materia prima para, al mismo tiempo, acabar con el problema contaminante. La idea se le ocurrió por casualidad, como suelen llegar los grandes proyectos. «Encontré un trozo de goma de mascar y, como diseñadora, me sorprendió por completo que no se estuviera haciendo nada para reciclarlo«, declaró a la BBC. ¿Pero sería lo suficientemente resistente? ¿Y qué hacer con ellos?

Investigando por su cuenta descubrió la composición del chicle: una goma sintética o tipo de polímero similar al plástico. El mismo que “te encuentras en el tubo interno de las ruedas de bicicleta», dijo. Supo que se llamaba poliisobutileno (PB) o caucho butilo y que se obtenía de petroquímicos refinados a partir de combustibles fósiles, como el petróleo crudo. Por tanto, vio que se trataba de un material duro y maleable para fabricar muchos productos.

A continuación Anna diseñó unos cubos especiales, rosas, brillantes y con burbujas, a los que llamó Gumdrop (‘depósito de chicles’) para su reciclaje. Estaban fabricados con chicle reciclado y tenían una altura ideal para depositar los usados. Junto a ellos había un mensaje que explicaba el fin de esa basura gomosa.

Los primeros 11 fueron instalados en la Universidad de Winchester, al sur de Inglaterra, Reino Unido, donde viven y trabajan cerca de 8.000 personas y donde el problema de los chicles pegados en las aceras era grande. Para animar a la gente a usarlos, Anna repartió por la zona centenares de vasos de café hechos también con goma de mascar reciclada.

«Los estudiantes olfateaban primero la taza para comprobar que no olía a menta o a chicle», recuerda Liz Harris, responsable de la universidad para asuntos ambientales. «Gran parte de la goma de mascar que se vende en la calle es un polímero, por eso puede ser usada para fabricar nuevos productos. Cuando la gente se da cuenta de ello, es lindo».

El experimento resultó y 18 meses después la Universidad notó menos chicles pegados en el suelo. Además cundió el ejemplo y en seguida otras instituciones públicas se apuntaron a este programa de reciclaje. Caso, por ejemplo, del aeropuerto de Heathrow, en Londres, que en tres meses percibió una notable mejoría que le permitió ahorrar más de 8.300 libras en gastos de mantenimiento. Otra fue la empresa de ferrocarriles Great Western Railway, después de instalar estas papeleras de chicles en sus 25 estaciones.

Por último, Anna consiguió asociarse con una planta de reciclaje en Worcester, en el centro de Inglaterra, para que separara el chicle usado de cualquier otro elemento, lo triturara y combinara con otros polímeros y plásticos reciclados. Después esos plásticos marcharon a Amber Valley (Leicester, Inglaterra), una empresa especializada en moldear plásticos, donde se introdujeron en máquinas a alta temperatura hasta convertirlos en pasta que, una vez fría, podían convertirse en otros objetos. Según Anna, cada objeto reciclado contiene al menos un 20% de chicle usado, caso de las suelas de zapato o las botas de goma.

«Creo que a través del diseño adecuado podemos cambiar la manera de comportarse de la gente», afirma la diseñadora, que considera ésta la mejor opción para acabar con el problema, puesto que los chicles biodegradables u orgánicos, más fáciles de quitar, siguen teniendo un mercado minoritario.

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