El juez Francisco Serrano, líder de Vox en Andalucía, reivindica la prostitución como “la relación más segura” para cualquier hombre tras la sentencia de La Manada. Juan José Liarte, portavoz del partido ultra en la Asamblea de Murcia, califica a la ministra de Justicia en funciones, Dolores Delgado, como “tiparraca” y “puta”. Esta gente de Vox es lo que es y, honestamente, nadie en su sano juicio puede decir ahora que no se les veía venir. Quien piense que no son tan peligrosos como se les pinta o que pueden ser rehabilitados es un ingenuo.

¿Y qué se puede hacer legalmente contra estos gamberros de la política que han llegado para reventar nuestra democracia? Lo primero, que la Fiscalía General del Estado intervenga con todas las consecuencias. Tenemos un Código Penal que protege a las víctimas contra las calumnias, las injurias con publicidad y los delitos de odio. Pues actúese, investíguese, persígase. Si cada vez que a uno de estos personajes de la fauna salvaje ultraderechista le aflora el instinto básico primitivo, el ADN cavernícola y la lengua reptiliana se le aplica la ley y se le toca el bolsillo con una multa desinfectante terminarán pensándoselo dos veces. Es hora de que la Justicia tome cartas en el asunto. Vox tiene un único objetivo en política: destruir el sistema desde dentro. El partido de Santiago Abascal busca alimentar el odio y el rencor entre españoles. No se lo debemos permitir. La Justicia dispone de herramientas más que suficientes para actuar contra estos pirómanos irresponsables. Hay querellas, policías, fiscales, jueces de instrucción, toda la maquinaria legal que se debe poner al servicio de la democracia para protegerla de los que quieren acabar con ella.

Pero mientras seguimos estupefactos ante el nivel de bajeza, indignidad e incultura democrática que empieza a demostrar este grupo salvaje de agitadores desenfrenados una reflexión se hace urgente y obligada: Ciudadanos debe recapacitar cuanto antes en su estrategia de pactos con Vox. Pablo Casado ya es un caso perdido. Estamos ante un aznarista convencido que se encuentra cómodo en su relación con los neofranquistas. Pero Albert Rivera debería reconsiderar, por su propio bien y el de su partido, si es una buena idea seguir flirteando con los ultras, que cada día se sienten más fuertes y confiados en su estrategia de violencia verbal. La dimisión de hoy de Toni Roldán demuestra que hay políticos en la formación naranja, y no pocos, que ven con horror el coqueteo de un Rivera entregado a la ultraderecha rampante. Roldán, en su carta de despedida, ha puesto el dedo en la llaga: “Los costes de la estrategia de Cs son demasiado altos para España”.

¿Y dónde estaba Rivera mientras su portavoz de Economía y de programas, uno de los más brillantes emblemas de su proyecto, tiraba la toalla por vergüenza torera ante los pactos con los ultras? Desaparecido en combate, oculto tras el telón del escenario, callado y ausente. El líder de Ciudadanos debería dar la cara pero lejos de hacerlo ha obligado a Inés Arrimadas a saltar a la arena del circo político para defender lo indefendible. La diputada naranja ha hecho lo que ha podido: seguir apelando al mantra de siempre, a que no hay un “trifachito” en Madrid, solo un pacto con el PP (que es tanto como decir que los españoles son tontos y ciegos); a que ellos son liberales, reformistas y demócratas de toda la vida; y a que van a seguir trabajando por un proyecto que, dicho sea de paso, empieza a estar seriamente tocado en su línea de flotación.

Las encuestas dan un bajón de 2 puntos en la intención de voto a los naranjas tras su política errática de pactos con los falangistas. Con Roldán abriendo la puerta de salida a otros diputados, con Valls erosionando el partido en Cataluña y con Macron y los liberales europeos dando la espalda a Rivera, Ciudadanos empieza a entrar en caída libre. ¿Hasta dónde piensa llegar el líder de Cs en su suicida táctica de acercamiento a los extremistas de Abascal? ¿Hasta cuándo piensa prolongar su disparatada estrategia que no lleva a ninguna parte más que a la autodestrucción de su propio partido y a causar un daño irreparable a la democracia española? ¿No es hora ya de que el señor Rivera reconsidere su dislate mayúsculo y su ciega deriva hacia el radicalismo? Quizá sería el momento de replegar velas y volver al centro y a la moderación, pero por lo visto el chute adrenalínico que da el sueño fugaz de convertirse en el nuevo líder de la derecha española es más fuerte que todo.

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