A mi padre siempre le encantó la Noche de Reyes. Ceremoniosamente, año tras año al acabar la cena, cortaba en cuatro pedazos el roscón. Después, iba sirviéndolos en nuestros platos. Primero a mi madre, luego a mi hermana, a mí, y finalmente el suyo propio. Comenzaba así la personal interpretación que llevaba años haciendo de la Noche de los regalos. Consistía en que, por el mismo orden en el que habíamos recibido nuestras porciones del dulce, nos iba desvelando las sorpresas que se encontraban escondidas entre el relleno de nata. Por supuesto, previamente, el maestro de ceremonias se había encargado de colocarnos a cada uno de nosotros un objeto según su particular criterio.

De este modo, con más recelo que curiosidad, íbamos descubriendo por turnos nuestra sorpresa. Con que apenas probáramos un primer bocado de nuestra parte del postre, ya nos autorizaba a descubrir el paquetito, siempre envuelto minuciosamente en un plástico que se ocultaba, como digo, entre el relleno.

La noche a la que me refiero, mi madre parecía aún más seria y ausente que de costumbre, incluso antes de recibir su regalo. O quizás esto es algo que yo imagino ahora, tras todo lo sucedido. No lo tengo claro. Lo cierto es que, al abrir el plástico que envolvía el objeto que sacó de su trozo de roscón, lo que encontró fue una tarjeta.

-Se trata de un vale para que hagas un curso de repostería –explicó mi padre, como siempre, con cierta sorna-. Al fin y al cabo, lo que aprendas lo disfrutaremos todos. Y de paso, a lo mejor se te dulcifica un poco ese mal carácter.

Apenas esbozamos una media sonrisa. Estábamos acostumbrados a este tipo de ocurrencia, a su peculiar sentido del humor, a su afán por controlarlo, controlarnos, a todos, todo. A ninguno nos gustaban sus jueguecitos, pero no nos atrevíamos a contrariarle. Sabíamos perfectamente que no necesitaba elevar la voz o usar la violencia física para resultar implacable. Nos habíamos acostumbrado a seguir sin rechistar lo que dictara en cada momento.

Yo debía, según lo establecido, descubrir el segundo paquetito siguiendo el protocolo doméstico. A pesar de que tengo dos años menos que mi hermana, para mi padre había de prevalecer el hecho de que soy varón a la hora de marcar el orden dentro de la familia.

-¿Para qué sirve esta llave, papá? –pregunté al desenvolver el plastiquito, aunque ya iba suponiendo de qué se trataba.

-Para arrancar la moto de la que tantas ganas tenías –respondió-. La puedes ver en el garaje. Puedes mirarla cuanto quieras. Ahora bien, solo podrás sacarla de él a partir de finales de junio, con la condición de que finalices la Secundaria con cinco o más sobresalientes. Si no lo consigues, la revenderé. Quiero que constituya para ti, durante esos meses, un recordatorio permanente de la necesidad del esfuerzo si deseas lograr lo que te propones.

Cuando le llegó el turno a mi hermana, creo que dudó. Pero no podía negarse, así que, tras probar una porción minúscula de nata, descubrió el regalo y lo abrió. Contenía una diminuta medalla de la Virgen.

-Aunque parezca el regalo más humilde, considero que se trata de lo más valioso que te puedo dar. Espero que cada noche, ante esa imagen, hagas acto de contrición para que, con su ayuda, consigas enderezar tu espíritu alejándote de las ideas necias, de las malas compañías, y ante todo de los pensamientos impuros que te empujan, desgraciadamente bien lo sé, hacia esos jóvenes fatuos que nos rodean por doquier. Deseo ardientemente que sirva para convertirte en una mujer de bien, hacendosa, limpia y honesta, como fue su anterior propietaria, mi difunta madre, tu abuela. Las mujeres de ahora no les llegan ni a los tobillos a las de su generación –explicó el cabeza de familia con parsimonia, sin inmutarse por la seriedad con la que todos íbamos encajando su charla.

Apenas terminó de hablar, mi madre, con decisión, destapó el trozo de roscón del plato de su marido y colocando algo lo volvió a tapar.

-Vas a disculpar que no haya tenido tiempo para hacerte un paquetito.

Entretanto, mi padre observaba sorprendido el objeto que se distinguía perfectamente sobre la nata una vez que había levantado la cubierta del bizcocho.

-Efectivamente, querido. Lo que ves es mi anillo de bodas –recuerdo casi con exactitud lo que le dijo a continuación-. Te lo devuelvo para darte a ti también un ejemplo, una enseñanza. Prefiero hacerlo así, delante de nuestros hijos y siguiendo los códigos absurdos que has inventado e impuesto en esta casa. Como puedes suponer, antes de hacer esto, he hablado con un abogado para que tramite nuestro divorcio. En tu mesilla del dormitorio puedes estudiar toda la documentación. Será una de las últimas cosas que hagas en ese dormitorio y bajo este techo, por cierto. Ojala esto te traiga un poquito de humildad y te ayude a ser un poco más humano con los demás.

La expresión de asombro y desconcierto de mi padre tampoco la he olvidado. De hecho, creo que aún la mantenía las pocas veces que le he visto desde entonces.

Por una vez, la sorpresa de Reyes mereció la pena: fue un regalo de verdad. Ahora bien, desde aquella noche, nadie en esta familia, ninguno de los tres, ha vuelto a probar el roscón.

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