Monica Bellucci, como María Magdalena en un fotograma de la película La Pasión de Cristo, dirigida por Mel Gibson en 2004.

La grandeza de creer, la grandeza de amar. De creer en el poder sanador, el poder sanador de la palabra. De amar en cuerpo y alma al hijo de aquel dios de miles de millones de hombres, y mujeres, hecho carne. La fe es el trabajo, creer crea adeptos y fieles seguidores, es el sudor de nuestra frente el que abre las aguas y no el rezo al miedo. He aquí el milagro y no en otras fuentes que han nutrido de mentiras impuestas la verdad biempensante durante milenios. La palabra por obra y gracia de una mujer, aquella que lo vio todo en primera persona y nadie dejó que hablara. He aquí el milagro. Al fin puede hacerlo, tanto tiempo después. Gracias, Cristina, hay motivos para creer.

La fe es eso, el poder sanador de la palabra y El Evangelio según María Magdalena (Ediciones B) salda, ¡al fin!, una deuda que milenios de patriarcado infame han ocultado premeditada y dolosamente. Hasta hoy. Gracias Cristina por obrar el milagro, de una ¿novela? ¿ensayo? ¿tratado? ¿evangelio? redondo, soberbio, cadencioso en la narración, impecable en la factura y tremendamente emocionante en el mensaje.

Fallarás ha obrado el milagro, de una ¿novela? ¿ensayo? ¿tratado? ¿evangelio? redondo, soberbio, cadencioso en la narración, impecable en la factura y tremendamente emocionante en el mensaje

Porque aquella María de Magdala, gracias al Evangelio que nos regala otra mujer veintiún siglos después, era ante todo y sobre todo mujer, sí, fémina, independiente, valiente, trabajadora, también enamorada y entregada al deseo de la carne como lo es un hombre a todos los efectos. Y algo muy importante que sutil y elegantemente registra la periodista y escritora zaragozana: el milagro requiere sudor y esfuerzo, mucho trabajo y entrega. 

Porque detrás de aquellos varones había siempre mujeres, dispuestas a un  esfuerzo desinteresado y anónimo para el disfrute exclusivo de ellos, sólo de ellos. Porque solo así se pueden multiplicar los panes y los peces, solo así se puede sanar a niñas y mujeres reventadas por dentro por obra y gracia del instinto homicida del macho, únicamente así se puede registrar la veracidad de un tiempo oscuro de la noche de los tiempos donde la superchería adquirió patente de corso por evangelizadores oficiales capaces de blanquear cualquier parecido con la realidad y que dejaron registro de ello bajo el sello de la “palabra de dios”.

Sorprende tanto como la elegancia y sobriedad estilística de la autora su capacidad de contención a la hora de abordar todas aquellas barrabasadas en una época histórica de fuertes convulsiones, en medio de una sociedad extremadamente violenta, bajo el protagonismo absoluto del afán acaparador de la tierra, los bienes e incluso las personas (las mujeres) que el patriarcado dominante ejercía, y ha ejercido hasta hoy mismo. Solo una mujer como aquella María Magdalena que se ofrece a contarlo todo décadas después de muerto el Nazareno es capaz de recriminarle a su amante, tan deseoso de carne como ella y entregados al amor en igualdad de condiciones, que no tiene ni la más remota idea de dónde reside la verdadera violencia. “Las enfermedades de las que me ocupo no tienen que ver con el cuerpo. Yo trato con la ignorancia y la violencia. Ese es mi magisterio”, le dice el Nazareno a la de Magdala cuando recibe en su casa a una hemorroísa para ser curada. “Qué sabrás tú de violencia”, le responde ella a su amigo, amante, compañero.

Única acompañante en todo momento

Esta cronista que decide dejar constancia de su propio Evangelio para anteponerlo a la “repugnancia” que le provoca la mentira que dejaron para la posteridad los evangelizadores oficiales de la posterior institución del credo, subraya sin arrogancia que fue ella y solo ella la que acompañó a aquel profeta al que la multitud le hace acreedor de numerosos milagros en todo momento de principio a fin, “hasta el momento en el que el Nazareno dejó de serlo”. Porque como carne que fue murió crucificado por un plan preconcebido por él mismo para entregarse al martirio con el deseo principal de perdurar durante generaciones en la mente de sus fieles.

Y así la carne se hizo palabra, y la palabra de sus hombres lo elevó a los altares. El amén de los cristianos. Hasta que llegó este Evangelio de una mujer y lo hizo terrenal y carnal, aquella María la de Magdala que en pleno siglo veintiuno nos regala Cristina Fallarás no para reescribir la historia pero sí para poner algunos puntos sobre las íes.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre