En las últimas elecciones generales PACMA obtuvo la nada despreciable cantidad de 326.000 votos, pero ninguna representación parlamentaria. En un sentido político, ¿podría decirse que, a los no votantes de PACMA, no les interesan los derechos de los otros animales? Creo que fácilmente estaríamos de acuerdo que esto no es así. Sería conveniente, pues, preguntarnos si es eficiente, para los otros animales, que la defensa de sus derechos la deba llevar a cabo un partido político. [A partir de ahora me voy a referir a los animales no humanos simplemente como “animales”].

Nuestra catalogación de los animales, más allá de su mera condición biológica, se basa más en la ignorancia y el desconocimiento de lo que sabemos de ellos. Sobre todo, respecto a aquello que pueda afectar a su dignidad, e, incluso, si se les puede aplicar este concepto. Me refiero a sus capacidades, o no, de conciencia, de sentimientos o emociones derivadas de sensaciones (miedo, dolor, placer o felicidad), y, también, respecto a aquellos que se organizan socialmente, los derechos que se puedan derivar de su manera de organizarse.

Está claro que los humanos no vemos los otros animales como fines en sí mismos, sino como un medio utilitario. Esto es así tanto en lo que supone una granja como como lo que significa comprarse un perro con la utilidad que nos haga compañía. Esta visión utilitaria es a diferentes escalas, lo que infiere en las diferentes relaciones que tenemos con ellos y en los derechos para el animal. Es indudable que un perro tiene más derechos que un cerdo o una gallina, pero estos derechos están más relacionados con la utilidad que tiene cada animal para con nosotros: el perro tiene una utilidad emocional, y ello causa que nuestro trato sea mejor que el deparado al cerdo o la gallina, cuya única utilidad radica en el uso productivo de su cuerpo. Muchos hacen la distinción entre el perro y otros animales basado en su “inteligencia”, mezclándolo con el concepto de “obediencia” y “dependencia” respecto al ser humano y el aporte emocional de carácter social que supone un perro como compañero o perteneciente a una familia.

Podemos suponer que los derechos de los perros no son debidos a su utilidad sino al animal en sí, pero si un perro es desobediente y/o independiente, rápidamente pierde gran parte de sus derechos (¿por qué, sino, vemos como a menudo se sacrifica con pasmosa diligencia un perro adiestrado violentamente que muerde o ataca un humano?). Sería, pues, ingenuo ignorar que la adquisición de derechos de un perro respecto a otros animales es una traslación de derechos nuestros debido a la utilidad emocional y doméstica que le damos. Los derechos que otorgamos a algunos animales son, pues, consecuencia de nuestra percepción sobre ellos (basada en una ignorancia interesada) y no en ellos mismos.

Más allá de si esta visión es correcta o no de un modo moral, creo que es bastante realista. Los animales cuya única utilidad es su cuerpo, pasan a ser considerados meros objetos por las leyes del mercado y del consumo, pasando a estar sujetos a su rentabilidad. Si aceptamos (como está científicamente demostrado por diferentes etólogos, biólogos, etcétera) que, como mínimo, la mayoría de animales tienen capacidad de sentir, no podemos darle la espalda a este conocimiento para escudarnos en el trato dado a estos animales. Y una de las razones de darle la espalda es la conciencia que el trato que les damos no es “justo”. Es decir, “no deseamos” ser conscientes de ello: un documental que contrastase la capacidad de sentir y la inteligencia demostrada de los cerdos, frente al trato dado a estos animales por la industria cárnica, posiblemente no podríamos soportarlo.

El ser humano no va a dejar de considerarse “superior” a los otros animales, porque, salvo excepciones, su visión de estos es utilitarista, y el uso de algo implica una jerarquía: el que usa y lo usado. Sin embargo, lo anterior no exige que se puedan respetar sus derechos y que se permita una vida digna para ellos. Incluso de los destinados directamente para nuestro consumo. La imposibilidad, de muchos humanos, de visionar el trato cruel dado a unos cerdos en una granja o matadero, nos acerca a una posibilidad de ser coherentes con nuestra conciencia. En el mismo momento que un animal no es libre, ya sea porque vive en una granja o en un domicilio, la responsabilidad sobre su dignidad pasa enteramente al ser humano, y es, por tanto, este quien debe hacerse cargo de ella.

Se trataría de conseguir un modo de defensa de sus derechos que fuera “efectivo para los animales”, aunque para ello deba acomodarse a nuestro modo de vivir y, paulatinamente, ir cambiando nuestro proceder hacia ellos.

Respecto al trato con el mundo vegetal, hemos establecido unos mínimos a nivel institucional o legislativo (prohibir, por ejemplo, según qué tipos de pesticidas e insecticidas) y hemos trasladado al Sistema su decisión de responsabilidad sobre unos máximos (por ejemplo, etiquetar algunos vegetales como ecológicos, sin aceite de palma, etcétera) dejando que sea el individuo el que decida cuáles consume. Algunas de estas legislaciones se basan simplemente en los riesgos para la salud humana, pero, cada vez más, las hay que se basan en la salud de la naturaleza o su equilibrio. Ante el mundo animal, la responsabilidad prácticamente recae sobre el individuo. Uno puede, por ejemplo, comprar huevos de gallinas ecológicos, de gallinas que viven en semi-libertad, pero también comprarlos de gallinas confinadas en jaulas en batería de un palmo, con luz artificial continua y que nunca verán ni el cielo ni un palmo de hierba. Deberíamos plantearnos si es admisible.

Del mismo modo, si hubiera un etiquetaje obligatorio sobre cualquier tipo de embutido porcino referente al trato o vida que ha tenido el animal, esto no debería permitir poder elegir embutidos más baratos por la sencilla razón que, en su elaboración, se ha maltratado la vida del cerdo para reducir los costes. La razón es simple: ante un huevo o unas lonchas de jamón dulce expuestas en un escaparate, el ser humano no ve el animal que hay detrás. La conciencia del individuo (que adquiere los productos de origen animal), más allá de si en un aspecto ético o moral es exigible, a nivel efectivo para el animal es innecesaria, siempre y cuando si se legisla sobre ello.

El ser humano dispone de suficientes herramientas para ostentar el poder sobre el resto de animales. Si deseásemos, por ejemplo, acabar con todos los perros del planeta, nos llevaría algunos años, pero acabaría sucediendo. Los perros, nunca podrían hacer lo mismo con nosotros. Esta “salvajada” de ejemplo, nos demuestra que la responsabilidad recae siempre sobre el más fuerte. Los mínimos de justicia sobre los animales hemos de establecerlos los seres humanos, y no podemos rehuir esta responsabilidad. Desde un punto de vista político y jurídico, los animales no son sujeto.

Es difícil y controvertido, entonces, cómo darles y cuáles han de ser sus derechos. Nos es más fácil otorgárselos cuando hay una relación emocional, pero reducirlo a ello no deja de ser utilitario e ineficaz para los animales: ¿qué ocurre cuando no nos emociona la vida del animal? La tauromaquia sería un ejemplo: la diversión que siente el aficionado a los toros está por encima del sufrimiento que padece este animal. Es un error entrar en si es cultura o no lo es. ¿Qué importa? Es una cuestión de si les otorgamos unos derechos mínimos a los animales por el hecho de ser animales sintientes. La emotividad del ser humano respecto a estos no puede ser el baremo de otorgación de derechos.

El Pájaro Dodo fue aquella ave terrestre endémica de las islas Mauricio que la llegada del hombre causó su extinción, allá por el siglo XVI y XVII. Parece ser que su carne no fue apreciada y, por tanto, perdió cualquier tipo de interés utilitario. Su extinción quedó, pues, como algo inevitable. El presumible hecho que, en caso de tener una carne agradable, hoy todavía perdurarían pájaros dodo en granjas y, de aquí, a algún tipo de reserva protegida en su hábitat, es un cinismo que traslada la responsabilidad del humano al animal (en este caso, al sabor de su carne).

De la misma manera, algunos defensores de la tauromaquia la justifican argumentando que permite la supervivencia de los toros de lidia. Por un lado, este argumento da por supuesto que un animal no tiene derecho a vivir ni reproducirse si no es útil a los humanos; por otro lado, no me estoy refiriendo a “especies” de animales, sino a animales individuales, y esto es una gran diferencia. También podríamos plantearnos si el ser humano del siglo XXI debe seguir las mismas directrices que aquel del siglo XVI.

El ejemplo del pájaro dodo nos sirve para pensar respecto al valor de los animales. Tenemos claro que el valor de una vida humana es el mismo que otra vida humana. Independientemente de lo que aporten o no a la sociedad, el valor de esta aportación recaerá a lo aportado, pero no en la vida en sí de una u otra persona. Aunque algunos les cueste admitir, la vida de Curie o Einstein “no valen más” que la de un inmigrante ilegal, una jugadora de baloncesto o la suya (sea usted quien sea).

Supongo que es ahí donde se afianzan los Derechos Humanos. Sin embargo, suele verse un gran valor en las imágenes espectaculares de unas ballenas en el océano, las escenas de un elegante guepardo o la tenacidad de un simpático castor. Ciertos documentales están muy bien para concienciar a la gente, pero el valor de la vida animal debería ser el mismo para una ternera, un cerdo o un gallo (que puede proveer dos muslos y dos pechugas de pollo). La utilidad que nos deparan ciertos animales no tiene que incapacitarnos a considerar la dignidad de su vida por sí misma.

El inconveniente de, opino, trasladar la responsabilidad de la defensa de los derechos de los animales a un partido político (tipo PACMA) no reside en este en sí, sino en nosotros mismos. La vida social de los humanos es sumamente compleja, la intentamos organizar alrededor de la política, y no acaba de ser efectivo que un partido político sea representativo de los otros animales. La complejidad de nuestros intereses causa que, de una manera lógica y comprensible, no nos podamos limitar a los intereses propios de los animales. Que un individuo tenga una determinada opinión sobre el derecho al aborto no le crea un gran problema a la hora de decidir su voto: los partidos suelen decir sobre los derechos respecto a los humanos. Pero que no voten a PACMA o un partido animalista no significa que les sea indiferente la vida digna, o no, de los animales. Naturalmente, PACMA, o cualquier partido animalista, se acaba posicionando sobre aspectos de los humanos.

Supongo que se siente impelido a ello pues, al fin y al cabo, las elecciones versan sobre la sociedad humana. Pero, así como pueden ganar votos hablando de, por ejemplo, eutanasia, derecho a la vivienda o lo que sea, también pueden no ganarlos. Y los derechos de los animales deberían estar al margen de ello, ser “por sí mismos”. Es por esto que, un servidor, opina que la creación de un lobby independiente (hasta cierto punto) de la política, es necesario. Que, desde una visión pragmática para con los animales, puede ser más efectivo.

Este lobby, una especie de sindicato de defensa del animal, podría ser el encargado de controlar la veracidad de los etiquetajes. ¿Por qué no el Estado? Porque la presión del poder económico sobre los partidos que gobiernan al Estado es demasiado poderosa. Casos anecdóticos como que una ministra de Medio Ambiente y Agricultura (García Tejerina) hubiese sido antes parte del consejo directivo de Fertiberia (el mayor productor español de fertilizantes), es un ejemplo de cómo el poder económico (que solamente busca beneficios) se inmiscuye en la legislación. El lobby de defensa de los derechos de los animales podría ser promocionado por partidos políticos de diferente índole, y estar formado por activistas, aunque la presencia de etólogos, veterinarios, biólogos y otros científicos y profesionales sería necesaria para otorgarle una legitimidad a ojos de todos.

Esta legitimidad social y científica alejada del interés político, es imprescindible por una razón: deberían tener la potestad, por ejemplo, de presentarse en cualquier granja, matadero, criadero canino, “sin previo aviso” y con la obligatoriedad del recinto pertinente de darles paso. Deberían, en este ejemplo, poder realizar una inspección e informe sobre la calidad de vida animal. Este lobby podría sufragarse con un pequeño impuesto a la industria que se sirve de los animales para obtener beneficios. Incluso este impuesto podría estar relacionado (inversamente) con la calidad dada al trato animal, de manera que, a mejor trato, menor impuesto, y viceversa.

También podría tener este lobby la capacidad de autorizar el cumplimiento de unos mínimos derechos de los animales mediante un etiquetaje de los productos. Y, naturalmente, que no pudiera recibir donaciones anónimas ni de empresas o partidos políticos, a lo sumo, aportaciones individuales (¿por qué no una casilla en la declaración de la Renta, a desmarcar “si no se desea” realizar la aportación?).

Todo este artículo viene a colación de una reflexión personal: sitos en el campo, mi hijo crio un gallo desde que salió del huevo. Sorprendentemente (para toda la familia) ya adulto, el gallo venía cuando lo reclamabas, paseaba a tu lado, a veces se acercaba y pedía caricias o se colocaba junto a tus piernas si hacías una siesta tendido en la hierba. Incluso protegía la casa ante la llegada de extraños, pero no de conocidos. Una noche vino el zorro, se llevó el gallo y las gallinas. Nadie culpó al zorro: su deber es procurar alimento para sus cachorros. La responsabilidad era únicamente nuestra: aun habiendo repasado tantas veces la seguridad del gallinero, habíamos desasistido una pequeña esquinita.

El zorro, la acabó encontrando. Él cumplió con su cometido; nosotros, no. Sea cuál sea la utilidad de un animal, la responsabilidad sobre sus derechos (de seguridad, de una vida digna, de una muerte digna, de una alimentación digna) recae sobre nosotros. El hecho que los partidos políticos se centren en la calidad de la vida humana, requiere un sistema en el cual, la ideología de estos partidos, no postergue los derechos de los animales a algo anecdótico. Un lobby para la defensa de sus derechos, nos permitiría votar el partido que más se acerca a nuestra concepción de la sociedad humana y, paralelamente, defender los derechos de los animales de una manera más efectiva para ellos.

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

1 Comentario

  1. Estimado Guillem. Hasta la irrupción de PACMA en el escenario político español, ningún partido asumía medidas en defensa de los animales. Es recientemente, cuando tienen en cuenta los 300.000 votos de PACMA, cuando todos los partidos, de manera más tibia o decidida comienzan a apuntar medidas que hasta hace poco podrían ser consideradas imposibles de que estuvieran en la agenda política.

    Los votantes de PACMA son el único indicador 100% incuestionable de la penetración de la sensibilidad hacia los animales en la sociedad y son esos votos, que ansían el resto de partidos, lo que les impulsa a esos avances animalistas.

    El ejemplo de lo conseguido por el partido animalista portugués o el holandés son una muestra de lo que se podría conseguir en España. Claro que en esos países no impera una ley electoral que fue diseñada para que todo quedase atado, bien atado y que nadie muestra interés real en cambiar.

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