La primavera ha reverdecido toda la extensión del jardín, moteado, al clarear, de rocío y de pequeñas margaritas que se abrirán cuando acabe de salir el sol. Amanece, y se solapan los cantos de un gallo lejano con el ladrido, casi un rebuznar, de los corzos, que ya regresan al cobijo del bosque. Las flores del membrillo, blanquecinas y rosáceas, empiezan a dilatarse como nenúfares; y el granado está cubierto de brotes rojizos, gemas que brillan con los primeros haces del sol. Dos urracas se atreven a picotear entre la hierba, a prudente distancia del gato. Una pareja de torcaces dialoga entre arrullos sobre el fondo constante de los gorriones y jilgueros que anidan en los cipreses. Acaba de pasar revoloteando la primera mariposa del día. Es el jardín, un jardín en medio del campo, en el que estoy confinado.

Pienso que ni corzos ni flores ni urracas ni membrillo ven todo el jardín en sí, que esto es algo que nos distingue a los humanos: la capacidad de ser conscientes del conjunto sin eliminar las particularidades, y mantener, a la vez, la conciencia de que estamos mirando. Así, también podemos recordar cómo era este jardín en otoño e invierno, imaginar o suponer cómo será en verano. Podemos predecir las consecuencias de nuestras intervenciones: regar, podar, sembrar, etcétera. Y ello no da, simplemente, relevancia a nuestros actos, sino que también los carga con el peso de la responsabilidad. Esto nos empuja a concretar las consecuencias, es decir, a mirar hacia el futuro adaptándonos, ya, a la predicción que hacemos de éste. A veces, nos equivocamos, y corregimos errores. Otras veces, la naturaleza nos recuerda que hay imponderables, sucesos fruto de consecuencias que no tuvimos en cuenta o que, sencillamente, no vislumbramos o desconocemos sus causas. Así, hemos ido avanzando durante miles de años.

Pongamos que vamos a vivir una media de 80 años, de los cuales vamos a pasar unos 26 durmiendo (calculamos una media de 8 horas diarias de sueño). Así, despiertos, vivimos unos 54 años con suerte, que tampoco es que sea una eternidad. La verdad, con todo lo que hay por ver, leer, escuchar, pensar, hacer o sentir, tampoco es que parezcan muchos años (Ars longa, vita brevis). Y menos si nos dedicamos a algunas tareas (alimentarnos, desplazarnos, defecar) de manera irreflexiva. Si uno insiste en los cálculos, no deja de reducirse el tiempo en que uno, de manera consciente y plena, “vive la vida”.

Estos días de confinamiento, me recuerdan algunos conocidos el hecho de que soy (somos, la familia) un privilegiado. Recuerdo como éstos, habitantes de ciudad, lo ponían en duda, señalando las carencias de vivir en el campo. No obstante, les señalaba que disponemos de una buena wifi y una estación del Ave a 20 minutos (aspectos que privilegian todavía más: no toda la gente del campo tiene estos servicios tan a mano, no olvido que Teruel, existe).

Cuando uno es consciente de tener cualquier tipo de privilegio, es necesario pensar en los que no, y así le doy vueltas a todas esas familias hacinadas en apartamentos o pisos sin poder salir. Muchas, sin ni siquiera un balcón, o apenas sin ventanas que muestren un paisaje acogedor. ¿Cómo superar los pocos espacios propios, las necesidades individuales, los requerimientos de los hijos? Para mucha gente, esto va a ser muy difícil de sobrellevar, sobre todo a nivel emocional, mental o psicológico.

El privilegio de uno, no es material, por mucho que les haya hablado de un espacio físico. No lo es porque la cantidad de renuncias materiales que lo posibilitan, menoscaba la capacidad adquisitiva de unos respecto a la mayoría de los que habitan en un piso de ciudad. Es una elección, como otra cualquiera: se renuncia a unas cosas en favor de otras. Ahora, desde la ciudad, me dicen que no me puedo quejar. Como ven, no lo hago, ni lo hacía durante tantos años sin vacaciones o sin poder realizar los actos de consumo, digamos, de una manera normal (un poco difícil hacer esta media, lo sé). No obstante, uno es consciente que, para elegir, por mucho que sea a base de renuncias, debe existir esa posibilidad, y es innumerable la cantidad de personas que no pueden, que no tienen elección.

Sin embargo, el confinamiento, pasará. Pasará y regresará esa vorágine consumista, eso que requiere que, de los 54 años de media “vivibles”, se pasen tantos y tantos con el piloto automático, actuando de una manera casi mecánica, donde ciertos aspectos de aquello “vivible” (desde la flor del membrillo al crecer de los hijos, desde escuchar atentamente una música a leer lentamente un poema) no caben, no tienen tiempo de caber en un tiempo cada vez más acelerado. Probablemente, el confinamiento, para la mayoría, habrá sido una pausa. Para el sistema, ávido de evitar cuestionamientos, todo se resumirá en algo de lo que nos hemos de “recuperar”; no duden de que este término aparecerá hasta en la sopa. Pero no se referirán a recuperar algo nuestro, humano, sino a recuperar la inercia de los engranajes del sistema.

Muchos, si les preguntan que es aquello que más valoran o que da significado a esos pocos años “vivibles”, difícilmente van a poner en lo alto de la lista aquello a lo que le dedican más horas. Este planteamiento parece demagógico o simplista, pero deberíamos preguntarnos desde qué perspectiva.

Uno opina que el error (naturalmente, error según el modo de ver propio) es que no se adopta una perspectiva humana, entendiendo que no hay una única visión, sino múltiples o diversas. Pero la perspectiva que se adopta es externa al ser humano, es la del mercado, la de un sistema económico y financiero al que se supedita cualquier otro enfoque del modo de vivir. No se adapta el sistema a las necesidades humanas, sino que se crean necesidades nuevas para adaptarlas a este sistema.

En el fondo, se puede argüir que desde el principio de la civilización ha sido así, que el mercado es una necesidad muy real. Que la exageración y desenfreno consumista actual es una consecuencia de los avances técnicos y tecnológicos, sumado al aumento de la población (y que todo ello se retroalimenta). No obstante, nada obliga a las enormes desigualdades, a la desigual explotación y aprovechamiento de recursos, ni al deterioro del entorno natural, cada vez más degradado. ¿O sí?

Todo lo anterior es una consecuencia del propio sistema. Miren los gobiernos de las naciones frente a la pandemia: su esfuerzo se centra en cómo compaginar las necesidades sanitarias con las necesidades económicas que sustentan el sistema mismo. En el fondo, están calibrando cuáles son las medidas que afecten lo mínimo el devenir del sistema. Que es como decir que calculan cuánto vale cada muerto, y cuál es el coste asumible. No nos escandalicemos: este sistema de calibrar costes es propio de todas las ramas de nuestra sociedad. Me gustaría saber si los cálculos serían los mismos si, la mayoría de víctimas no tuvieran más de 70 años, sino menos de 20. Y a los dirigentes (no sólo de nuestro país) les gusta adoptar un tono bélico para movilizar, que ahora es confinar, a la población.

Dicen que una guerra sanitaria, pero el virus es el detonante de llevar a la superficie una guerra económica: de costes y resultados del sistema frente al ser humano y su tiempo vivible. Y no es así porque lo diga uno o el virus. También lo dice el cambio climático. Lo dice la escasez de recursos (agua potable, alimentos). Lo dice la superpoblación frente a la disponibilidad de estos recursos. Lo dice la incapacidad de satisfacer la continua creación de necesidades no humanas, sino del mercado, que genera el propio sistema.

Presumiblemente, en unos meses, el membrillo tendrá sus frutos hinchados. Tendrá ese grácil vello aterciopelado que se adhiere con su aroma a la yema de los dedos. Presumiblemente, las ciudades serán un bullir, los medios estarán hablando de recesión, o algunos del rey, o de Cataluña o de Venezuela (o de Madagascar, yo que sé). Pero es presumible que nada haya cambiado, que la sociedad no se replantee que el problema no sea un virus, que no sea un huracán a destiempo, que no sea el enésimo asalto a la valla de Ceuta o Melilla, sino nosotros mismos y el sistema que utilizamos para regir esos pocos años que cada ser humano dispone para ser “vivibles”. Y uno no es un privilegiado: la privilegiada es toda la especie humana, con unas capacidades y la oportunidad de realizarlas que es, cuanto menos, impresionante en la porción del universo que conocemos.

La cuestión estriba en qué sistema se elige para llevarlo a cabo, y que no represente una reducción, sino todo lo contrario, del suspiro de tiempo vivible para cada uno en este inmenso jardín que parece quedársenos pequeño. Un sistema del ahora presente, pero que interviene de cara al futuro. Y, no hacer nada al respecto, es perpetuar esta otra pandemia que acabará con todos nosotros: organizarnos de espaldas a lo que significa ser humanos. Caray, dirán, suena apocalíptico y totalmente negativo.

Hay algunas personas (curiosamente suelen ser varones; muchos, economistas de tendencia neoliberal) que nos recuerdan que la humanidad nunca estuvo tan bien. Nos muestran cifras de alfabetización, esperanza de vida, etcétera. En cierto sentido, es totalmente cierto, aunque otros arguyen que nunca hubo tanta gente pobre, o tanta población sin acceso al agua potable. ¿En qué quedamos? Hay, también, otra manera de enfocarlo: la distancia entre las acciones de los seres humanos respecto a sus capacidades, nunca fue tan amplia. No sé si me explico. Por ejemplo, en la Edad Media, un campesino no tenía muchas alternativas de acción, pero es que tampoco tenía muchas capacidades de conocimiento para plantearse alternativas. Su universo estaba muy restringido, su libertad de movimientos era escasa.

Hoy en día, la tecnología, las redes de conocimiento y la alfabetización, ensanchan las capacidades como nunca antes. Sin embargo, las acciones de los humanos distan mucho de aprovecharlas. No se trata de si los humanos están mejor o peor respecto a antaño, sino del abismo existente entre las enormes posibilidades de mejorar el Bien Común y el comportamiento absurdo que llevamos a cabo. Reduciéndolo mucho, es como si le diésemos un ordenador de alta tecnología conectado a una vasta red de conocimiento a una persona… y ésta se limitase a jugar a un videojuego o a mirar vídeos de trompazos.

Ésta, para un servidor, es la gran diferencia entre el tiempo actual y los anteriores. Y el impedimento básico es que todo debe adaptarse a un sistema económico y financiero que solamente funciona si nos deshumanizamos, es decir, que a nivel evolutivo ha quedado obsoleto. La distancia entre lo posible y el modo de vivir nunca fue tan grande. Ello está muy relacionado con la aceptación general que vivimos en el mejor (o, pragmáticamente, en el único) mundo posible. Y de aquí se derivan comportamientos como aceptar la resolución de la crisis financiera de 2008, una muestra de la debilidad de exigencia de los ciudadanos frente al sistema, y que se relaciona con el posterior auge de los totalitarismos modernos. Tal vez están siendo los mismos ciudadanos quienes los reclaman con su comportamiento, entre apático y sumiso, súbditos (no del rey, que hoy no toca) de un sistema que los distancia de sí mismos.

El esfuerzo, porque requiere un esfuerzo, es comparar cómo vivimos con las posibilidades que nos ofrece la época actual. Y, si se hace así, vemos como el sistema educativo, la inversión en sanidad o en ayudas sociales, e incluso el comportamiento informativo de los medios, es algo irrisorio, escandaloso. Los tiempos pasados no fueron mejores, cierto, pero ello no significa que tanto este presente como el futuro que depara no pudieran ser otros. El pensamiento negativo no es verlo así, sino que no hagamos nada para cambiarlo. El pensamiento positivo es que nunca antes hubo tantas posibilidades de realizar un cambio de tal magnitud.

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