El papa Francisco ya ha dicho que la puerta está cerrada para el sacerdocio de mujeres en la Iglesia católica porque “dogmáticamente no va”. “Juan Pablo II fue claro y yo no vuelvo sobre esto. Era algo serio, no un capricho”, ha zanjado en alguna que otra ocasión el Sumo Pontífice, a quien algunos han pretendido colgarle, quizá exageradamente, el cartel de papa más feminista y progre de la historia. Para compensar una posición ideológica tan marcadamente conservadora y hasta medieval, Francisco ha designado en los últimos tiempos a algunas monjas para ciertos puestos de responsabilidad en el poder de Roma. Pero la medida no deja de ser una puesta en escena de cara a la parroquia con el fin de que parezca que algo está cambiando en la Iglesia de Pedro, lo cual no es cierto.

La mujer es una pieza fundamental dentro de la estructura católica, tanto como lo puede ser en cualquier otro ámbito de la sociedad civil. No solo ha desempeñado un papel decisivo en hospitales y colegios, en congregaciones religiosas, en instituciones de asistencia benéfica y social y en misiones en el Tercer Mundo, sino que ha estado codo con codo con sus compañeros religiosos en los momentos y lugares más trascendentales para la historia de la humanidad. Hoy, mientras comprobamos cómo por fin las mujeres ocupan altos cargos directivos como ministras, ejecutivas de empresa, juezas y fiscales, directoras de periódicos y hasta importantes puestos en la Plana Mayor del Ejército, asistimos con estupor al hecho de tener que ver cómo ellas no han conseguido, después de dos mil años, romper el techo de cristal en el Vaticano. La puerta del poder católico sigue estando cerrada para las mujeres (por arriba en las altas esferas de Roma y también por abajo, en las iglesias y parroquias, donde ni siquiera se les concede el derecho a dar una misa como sacerdotisas).

Esta situación de discriminación que choca de lleno con leyes civiles como nuestra Constitución del 78 −que garantiza el derecho fundamental a la igualdad de todas las personas sin distinción por razones de sexo−, no tiene ningún sentido en pleno siglo XXI. Sin embargo, ellas se resisten una y otra vez a cumplir con el injusto papel de secundarias que tradicionalmente les ha asignado el patriarcado eclesiástico. En los últimos días, la organización Colectivos de mujeres de la Iglesia ha anunciado que se concentrará el próximo domingo 1 de marzo frente a las catedrales de distintas ciudades españolas para pedir “una reforma profunda” que acabe con la “discriminación” y para reclamar “voz y voto” en las estructuras eclesiales, de tal forma que “no haya nunca más una Conferencia Episcopal Española (CEE) sin mujeres”.

La convocatoria nos permite pensar que estamos, por fin, ante una auténtica revolución feminista en el seno de la Iglesia de Roma. Que las mujeres se planten delante de las catedrales para reclamar justicia, igualdad de trato y las mismas oportunidades que los varones es algo inédito en la historia, sobre todo en un país como el nuestro, donde la Iglesia católica ha sido tradicional y esencialmente machista. “No nos hemos reunido con los obispos pero les diríamos que no puede ser que en los lugares de toma de decisiones las mujeres sigamos siendo tan invisibles. Es verdad que el papa Francisco ha hecho algunos nombramientos significativos pero no dejamos de ser una anécdota en la Iglesia”, ha explicado la religiosa y coportavoz del movimiento, Pepa Torres.

En una histórica rueda de prensa convocada en el Centro Pastoral San Carlos Borromeo de Madrid, que por cierto ha pasado casi desapercibida, las mujeres han explicado cómo será la concentración convocada por la asamblea Revuelta de Mujeres en la Iglesia, una red de organizaciones femeninas cristianas comprometidas con las reformas necesarias en ámbitos sociales y pastorales. A la iniciativa ya se han adherido más de 50 colectivos y “cientos” de personas. Nunca una reivindicación social y laboral fue más justa que esta.

“Estamos hartas”

“Reivindicamos una reforma eclesial profunda desde la perspectiva de las mujeres, una reforma que anhelamos y que no llega, y por ello, hartas de empujar y del silencio de la Iglesia, hemos decidido alzar la voz. Pedimos una renovación que ponga fin a la discriminación que vivimos”, ha enfatizado la portavoz. Asimismo, las convocantes rociaron con perfume a todos los asistentes a la rueda de prensa como símbolo de que es necesario que llegue a la Iglesia el aroma “de la justicia y de la equidad”, según informa Europa Press.

Además de pedir “voz y voto” en las estructuras y resortes de decisión, las mujeres reclaman, entre otras peticiones, el diaconado y presbiteriano femenino y que los textos doctrinales incorporen un lenguaje inclusivo. Los detonantes para movilizarse, según las convocantes, son el Sínodo de la Amazonía, donde las mujeres no tuvieron voto, y el informe sobre la violencia y explotación laboral contra las religiosas.

En Madrid, la concentración del domingo tendrá lugar a las 12.00 horas frente a la Catedral de la Almudena y aunque no se han puesto en contacto con los obispos −en el caso de Madrid, con el cardenal Carlos Osoro−, están dispuestas a dialogar. Además, han asegurado que les “encantaría” que los sacerdotes y prelados se unieran a la manifestación feminista. “Nos encantaría que el día 1 de marzo alguno bajara a estar con nosotras, que cantara y orara con nosotras y entonces diríamos: ¡Milagro! Les invitamos. No somos enemigas”, añadió la doctora en teología y cofundadora de Mujeres y Teología, Mari Fé Ramos.

Tras recordar que “la Iglesia está impregnada del trabajo de las mujeres” y “sin embargo la mayor parte de las veces no se las ve”, Ramos enumeró algunos nombres ilustres que en siglos pasados ya lucharon por la presencia de la mujer en la Iglesia y de las que recogen “el testigo”, como Mary Ward, religiosa del siglo XVI que estuvo presa en la Torre de Londres acusada de hereje. “Recogemos el testigo de ese sufrimiento y hoy decimos que también nosotras sentimos dolor por la desproporción entre lo que estamos ofreciendo a la Iglesia y el trato que recibimos. No es que sea maltrato sino una invisibilidad, quitarnos la palabra o darnos una serie de tareas para que estemos contentas y tranquilas, cuando en realidad es para descargar de trabajo a los varones. Queremos nuestro puesto en la comunidad de iguales de Jesús”, alegó Ramos.

Los movimientos de liberación de la mujer son un nuevo signo de los tiempos y la Iglesia no puede ser ajena a esta revolución necesaria. Es preciso acabar con una situación discriminatoria y del todo punto irracional, como es el machismo en la Iglesia católica, un fenómeno que se ha perpetuado en el poder durante siglos y que va no solo contra los derechos humanos sino contra los principios mismos del cristianismo. Estamos sin duda ante el 15M de las mujeres de la Iglesia. Una “revuelta” como Dios manda.

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2 Comentarios

  1. Gracias por hacer eco de la noticia, pero me gustaría aclarar que no es ‘contra’ la Iglesia, es ‘con’ la Iglesia. Somos parte de la Iglesia y queremos crecer con ella. Y esto no es un movimiento de liberación de la mujer de tiempos modernos, las mujeres llevamos reclamando nuestros derechos desde hace más de tres siglos.

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