domingo, 26septiembre, 2021
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Un fosfocuento

Arbolitos verdes

Francisco Silverahttp://www.quenosenada.blogspot.com.es
Escritor y profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid. He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales.
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Érase una vez un país socio de Hitler que cuando éste perdió la Segunda Guerra Mundial, tras intentar un Imperio Universal basado en la pureza racial y el exterminio de los inferiores, acogió a los dirigentes vencidos en sus costas mediterráneas, por aquello del clima, la tranquilidad, una bonanza económica garantizada y esperanza de una vuelta a la gloria perdida. Por supuesto, sería erróneo pensar en la colaboración de la Iglesia Católica en todo esto, más allá del socorro a los perseguidos que, por definición, practican sin distinción de ideologías.

En este cuento la zorra mató a las gallinas y, oh sorpresa, el granjero le colocó unas bases militares y le ayudó a superar la vergüenza internacional ser un régimen colaboracionista, y con ello llegó el desarrollismo de los cachorros neonaci-onalcatólicos del Trabajo, el turismo para unos y la emigración sin cualificación profesional para otros, y así se hizo el país más mejor y, he aquí la casualidad, los inversores del turismo trabajaron en zonas donde los refugiados alemanes de aquella guerra perdida estaban siempre por medio, buenos arquitectos acostumbrados a construir barracones para miles, millones de personas.

Otras regiones de ese país, esquinadas, quedaron para exilio de homosexuales y, dado que nadie se fijaría, ¿por qué no colocar un polo industrial químico casi sin controles con la probada estructura de mezclar lo Público con lo privado a través de sobres, inversiones encubiertas y trasvases de personas, pasta, cargos y empleos entre marqueses, gerifaltes, y todo ello durante décadas y con herencias y traspasos para otras generaciones y cambios de régimen político?

En esa zona destruyeron el estuario de dos rías, llenaron de metales pesados los caladeros de pesca (riquísimos los lenguados) y dos barcos, con nombres de pueblos de la zona para demostrar amor a la patria chica, salían casi a diario para aliviar los detritos en alta mar; una de las riberas transformada en un surrealista fangal morado humeante, hedía a muerte mientras hirvientes ácidos llegaban a las aguas con brillo divertido semifluorescente.

Pero nadie avisó a los inversores del cambio político, tampoco a los políticos… y todo siguió igual. Hasta que los malditos europeos, que no se aclaran, porque lo mismo te incineran dejando el continente plagado de husmo bíblico que ahora te exigen respeto ecológico para lo creado por el dios citado, provocaron la deslocalización de tanto esfuerzo tan bien ejecutado: es más fácil destruir países más pobres y repetir el ciclo, cada desgraciado tiene su oportunidad.

Y entonces hubo que buscar soluciones ingeniosas para guardar productos fosfoyesosos, que según algunos sindicalistas de la escuela de Hoffa servían como abono para macetas, y construyeron, junto a la ciudad, unas balsas maravillosamente blancas, del albor de un paraíso, unas plataformas de pura nieve mentirosa que, de albas, parecían contrastar con la negrura mortecina de los índices de mortalidad por cáncer de laringe, estómago, testículos, cerebro… etc., de esa hermosa ciudadanía agraciada con miles de toneladas de alucinantes aires pestíferos.

Y en éstas llegó un Gobierno progresistas y pensó todo el mundo: ¡A que intentan hacer cumplir las sentencias de los Tribunales y nos dejan sin la hermosura de las balsas y con una reparación económica y paisajística que pudiera servir de escarmiento y modelo!

Pero afortunadamente se hicieron los suecos, se hicieron los europeos en general, y aun perdiendo la visión megalítica de la gran losa albina: toda su riquísima ponzoña seguiría aquí. Porque, al final, se trataba de taparla y ponerle arbolitos verdes y, ya que se disfrutaba de la gestión del terreno, ¿por qué no pedir a lo Público que volviera a participar invirtiendo los dineros de los impuestos de los muertos para conseguir volver a la casilla de salida y hacer economía circular sostenible?

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