Felipe González ha escrito un artículo en El País, diario amigo, para dar unos cuantos consejos, más bien toques de atención, a Pedro Sánchez. Últimamente el expresidente no pierde ocasión de lanzar sus dardos envenenados contra el Ejecutivo de coalición y lo hace con mayor ensañamiento, ahínco y celo profesional que el que le suele poner el mismísimo José María Aznar, lo cual ya es decir. España vive un auténtico infierno digno de un óleo de El Bosco, pero una plaga con miles de muertos no iba a ser obstáculo ni motivo para que el gran patriarca exsocialista mantuviera su lengua en cuarentena, de modo que ha decidido sacarla a pasear rompiendo el confinamiento verbal.

Lo que le ocurre a FG es que le cuesta trabajo aceptar que otro socialismo es posible, un socialismo de verdad, auténtico, real. No asume que gentes de izquierdas, y no solo socialistas de la rama cachondoliberal boyeriana, ocupen importantes cargos en el Consejo de Ministros. No traga con la racialidad indómita de Pablo Iglesias; no comulga con el feminismo irrenunciable de Irene Montero; y a Yolanda Díaz debe verla como el Anticristo comunista con cuernos y rabo. En este último bolo periodístico para El País, Felipe le ha dicho a Sánchez que “tiene que contar con todas las fuerzas políticas para llegar al máximo consenso” en las medidas a tomar contra la pandemia de coronavirus. Una recomendación que produce extrañeza si tenemos en cuenta que ni Pablo Casado ni Santiago Abascal están por la labor de ayudar, sino de cargarle los muertos del covid al Gobierno. El ‘trifachito’ no quiere saber nada de arrimar el hombro, sino más bien de erosionar, desgastar, corroer todo lo que se pueda al okupa ilegítimo de la Moncloa. Basta con echar un vistazo a los titulares de los últimos días para comprobar que el PP y su socio de la extrema derecha están no en tratar de salvar al país de esta lacra sino en ganar las próximas elecciones generales. Por eso sorprende el sentido del análisis de Felipe: no insta a la oposición a ejercer su responsabilidad política, sino que trata de poner en un brete a Sánchez sugiriendo que el Gobierno puede estar tomando decisiones unilaterales e imponiendo el arrogante rodillo socialista. Curiosamente, en ese juicio coincide con Casado, lo que da que pensar.

En otro de sus párrafos, FG llama a lograr un gran acuerdo con los agentes sociales −empresarios y sindicatos−, lo cual tampoco es ninguna novedad, ya que el propio Sánchez ha convocado a todos a una reedición de los Pactos de la Moncloa del 77. Habrá que ver si PP y Vox recogen el guante, aunque por las declaraciones de sus líderes parece que no. Entonces, ¿qué pretende el expresidente con este artículo bajo el rimbombante título El interés general y el papel del Estado? González se muestra como el más firme defensor del bien común, de lo público, lo que por un momento lleva al lector a pensar que FG ha visto la luz, que se ha reformado, que se ha dejado las tentaciones liberales y capitalistas, siquiera por un momento. Nada más lejos. A poco que se indaga en el artículo se ve que aflora el Felipe de las Torres KIO, el arquitecto de la España del pelotazo y la reconversión industrial, el muñidor de la venta del país por parcelas a los americanos y a los jeques saudíes.

Y uno se estremece cuando, tras escribir que la Constitución dispone en su artículo 128 que “la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general”, a renglón seguido viene a matizar que el intervencionismo estatal debe ser compatible con la “economía de mercado”, con lo que según él se viene a llamar la “economía social de mercado”. “En España no se puede aludir al artículo 128 sin reconocer y cumplir con el resto de principios constitucionales”, recuerda. Además, reclama que “no se contraponga salud y economía como un dilema que no admita escapatoria”. Y en ese punto vuelve a aparecer el empresario frustrado que parece ser Felipe: “Si no somos capaces de poner en valor nuestro tejido empresarial, desde el autónomo, pasando por las pymes y las cooperativas, hasta las grandes empresas de todos los sectores, interpretamos mal, o sectariamente, el interés general que invocamos”. Ahí es donde se ve que el utópico socialista de la chaqueta de pana murió hace mucho tiempo, para dar paso al hombre del puro, los tirantes y el monóculo.

No hay duda de que FG quiere defender la salud de los ciudadanos con todos los medios disponibles, públicos y privados, “como prioridad absoluta”, pero al mismo tiempo apuesta también por “defender el aparato productivo sin escatimar esfuerzos para mantener el empleo y la recuperación de la actividad plena”. Las contradicciones ideológicas de FG le llevan a pedir un imposible. Estamos en economía de guerra y ahora toca gastar todo lo que haga falta, cuando haga falta y donde haga falta para derrotar al enemigo común, el germen letal, y salvar la mayor cantidad posible de vidas humanas. Las empresas, el empleo, el tejido productivo, el PIB, la inflación, el déficit y la prima de riesgo deben quedar en segundo plano. Todo eso vendrá después, ya nos encargaremos de afrontarlo y sufrirlo, porque la posguerra será larga y dura. Pero mantener ahora el discurso liberal-privado es tanto como asumir los postulados de la patronal CEOE, además de la cantinela inasumible de Casado. Y es que FG hace mucho tiempo que piensa como un capitalista más.

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