Lamenta sólo a medias no poder unir su nombre a insignes compatriotas autores de una única gran novela como Lampedusa o Manzoni. Pero Domenico Starnone (1943), napolitano con residencia habitual en Roma, no puede formar parte de ese selecto y minoritario grupo por el simple hecho de que él ya tiene varias grandes novelas reconocidas con prestigiosos premios internacionales. Y todo ello pese a su tardía incorporación como novelista procedente del mundo de la docencia. En 2001 se alzó con el galardón más prestigioso de Italia, el Strega, con Via Gemito. Con su último trabajo, El juego (Lumen), donde narra la intensa y emocionante relación eventual durante un fin de semana de un abuelo con su nieto, ha quedado finalista del National Book Award, y con la anterior, Ataduras, la editorial Lumen lo dio a conocer en España y obtuvo el Premio The Bridge. Starnone hace de lo familiar y cotidiano un engranaje explosivo que mantiene la tensión en el lector como si se estuviese leyendo a Chandler o Hammett.

El juego es un claro ejemplo de que realmente hacen falta escasos mimbres narrativos para presentar una historia novelesca apasionante. Lo verdaderamente difícil es hacerlo con maestría. Con muy poco logra muchísimo. ¿Cómo se consigue esa tensión y credibilidad absoluta que usted logra con el encuentro de ese abuelo con su nieto?

Quizás sea el resultado de una larga experiencia en la escritura: uno lo intenta y sigue intentándolo, y al final adquiere algunas habilidades, como los malabaristas o los prestidigitadores. Quizás sea el efecto de una exploración larga y compleja sobre un tema: padres e hijos; mujer y marido; abuelo y nieto; en resumen, las relaciones familiares. O quizás sea que una pequeña trama buena se convierte inesperadamente en una partitura bien ejecutada. La verdad es que ningún artista sabe realmente qué ha hecho y cómo lo ha hecho.

“Hay que tener cuidado de no repetir el modelo de narración por el que te han dicho que eres bueno”

Un abuelo y la relación esporádica con su nieto dictador de cuatro años, una pareja en busca de explicaciones al derrumbe de su matrimonio, el regreso del protagonista a la casa de su infancia… ¿Cómo se pueden transformar literariamente las situaciones cotidianas en emociones únicas?

En general, se cree que lo que “atrapa” es lo extraordinario: la lucha con un pulpo gigante; un viaje espacial; un asesinato; una guerra; un tsunami, etc. Yo pertenezco a la categoría de escritores que solo cuentan lo ordinario. Pero como considero que lo ordinario es más sorprendente y emocionante que lo extraordinario, trato de darle una tensión narrativa adecuada.

¿Su trayectoria profesional anterior como profesor y su tardía llegada al mundo de la narrativa ya cumplidos los 40 años han podido ayudarle a conformar un estilo narrativo propio y perfectamente identificable por los lectores?

No lo sé. Quizás la única ventaja de un inicio tardío consiste en haber cometido ya suficientes errores. Uno ya ha pasado por un largo aprendizaje, ha visto desaparecer unas cuantas modas, y acaba trabajando con lo poco que ha sido suyo desde siempre, descubriendo, con sorpresa, que su tono es el mismo que tenía a los quince años.

¿Se arrepiente de no poder unirse al selecto grupo de Manzoni o Lampedusa, emblemáticos autores de su país de una gran única novela?

Creo que el auténtico y, desgraciadamente, raro golpe de suerte es escribir un libro verdaderamente memorable. Si es el único o llega después (o incluso antes) de varios libros olvidables, es irrelevante. El problema es que nada, ni siquiera el éxito de crítica o de público, te asegura, mientras estás vivo, que lo has conseguido.

“En general, se cree que lo que ‘atrapa’ es lo extraordinario: la lucha con un pulpo gigante; un viaje espacial; un asesinato; una guerra; un tsunami, etc. Yo pertenezco a la categoría de escritores que solo cuentan lo ordinario”

Tanto en su anterior Ataduras como en El juego se aprecia cómo usted pone el foco en lo supuestamente nimio y cotidiano para, a continuación, abrirlo y transmitir reflexiones mucho más complejas sobre las relaciones humanas. ¿Debe tener todo novelista algo de entomólogo o de detective o de psicólogo, o un poco de todo ello a la vez?

Cuando escribo, todo se solapa: mis experiencias y las historias de otros; mis sentimientos y los sentimientos de otros; los inventos, las fantasías y las reglas que me he autoimpuesto. Con un poco de esfuerzo, podría escribir una lista detallada de los materiales, como usted dice, ‘triviales’, que he utilizado a lo largo de mi carrera. Pero ‘trivial’ es lo que carece de excepcionalidad y, por lo tanto, una materia narrativamente menos seductora, más ardua y arriesgada. Convertir lo trivial en una historia convincente supone hurgar en ello reuniendo todas nuestras habilidades. El reto es mostrarle al lector lo sorprendente que puede ser lo ‘trivial’ y cuántas cosas que todos compartimos se esconden en él.

Daniele, el abuelo protagonista, se pregunta que mucho antes, en el Nápoles de su juventud, el bien y el mal parecían “un reflejo del ambiente en el que habías nacido” y ahora “todas las cosas –el bien y el mal– parecen escritas en las profundidades de la carne”. ¿Los lugares realmente cambian o son las personas que envejecen las únicas que perciben estos cambios?

Todo cambia, pero cuando somos niños, mientras vivimos, creemos con fastidio y con rabia que todo durará, insoportablemente, para siempre. Después nos damos cuenta del constante devenir de todo, empezando por nosotros mismos. Y, sobre todo, nos parece que cada cambio suele ser, culpablemente, a peor. Pero no hay ninguna culpa en el cambio. Está grabado en nuestra carne; solo necesitamos aprender a contarlo en sus movimientos imperceptibles, en cada crujido de nuestras ilusiones.

¿La tensa relación de ese abuelo con su nieto, al que apenas conoce, muestra las frustraciones que todos llegamos a experimentar en algunos momentos de nuestras vidas?

El juego es una historia hecha de palabras y los lectores tienen derecho a encontrar en ella lo que quieren. Yo intenté dar forma a una sensación que resumiría así: cada generación, precisamente por el hecho de engendrarnos, cuestiona nuestra sensación de singularidad y, con ella, los significados que nos hemos atribuido a nosotros mismos. Cuando Daniele se da cuenta de que su nieto representa aquel futuro que él no verá, aquella posibilidad de hacer y crear que en él ya se ha agotado, le cuesta trabajo aceptarlo y sufre.

Del Strega en 2001 por Via Gemito hasta el finalista del National Book Award con El juego, pasando por el Premio The Bridge por Ataduras, la primera de sus novelas publicadas en España. ¿Qué siente cuando se le reconoce su obra con estos galardones tan prestigiosos?

Los premios consuelan y acentúan el placer de escribir. Sin embargo, hay que tener cuidado de no repetir el modelo de narración por el que te han dicho que eres bueno. Un escritor siempre debe ir un poco más allá, incluso si le dicen: ah, qué bueno era ese libro, hazlo de nuevo.

Y para terminar, no podía faltar la pregunta de rigor: ¿se ha cerrado definitivamente la duda de que usted no es Elena Ferrante o aún tiene que andar por ahí desmontando teorías más o menos conspiranoicas al respecto?  

Para mí está cerrada desde siempre. 

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