(Fotos: Jaume Prat)


Cada vez tengo más claro que la modernidad empieza con una frase de Tólstoi: Pinta tu aldea y pintarás el mundo. La mayor parte del arte del siglo XX y de lo que llevamos del XXI se debate entre estos dos polos: lo hiperespecífico, lo local, y una voluntad de explicación y extrapolación universales. Tampoco descartéis que use esta frase para justificar mi obsesión por pequeños proyectos que voy controlando lentamente y que después me encuentro en otro lado de maneras insospechadas. Uno de estos proyectos es la intervención que Jujol realizó en la iglesia de Sant Salvador del Vendrell.

Josep Maria Jujol es uno de los personajes más fascinantes de la historia de la arquitectura de los últimos doscientos años como mínimo. Lo es por varias razones: la primera y principal es su vocación de arquitecto resistente en contra de todo y de todos. Jujol se resiste a las modas, a la naturaleza de los encargos, a la definición profesional de la arquitectura, que vivió con entrega absoluta e incondicional, sin estructura empresarial, sin estudio, aislado de sus compañeros en una actitud que tiene algo de quijotesca, más cuando antiguos alumnos suyos como Oriol Bohigas o Federico Correa reconocen haberse reñido de él por los pasillos de la Escuela de Arquitectura, donde enseñaba dibujo para sacarse un sobresueldo. Pepe Llinàs, uno de los mejores arquitectos vivos del país (¿dónde está su Pritzker, por cierto?) lo define como el arquitecto de la distancia cero, un arquitecto de proximidad antes de que se hubiese inventado la arquitectura de proximidad, cuando este concepto ni se entendía ni se lo esperaba, cuando solo había doscientos profesionales para todo el país, todos ellos saturados de trabajo. Jujol tiene algo de arquitecto maldito y secreto que seduce a cualquiera que descubra su obra. El es el ayudante por excelencia de Gaudí. A menudo creemos estar contemplando la obra del maestro y, en cambio, contemplamos la de Jujol: esto sucede en Can Batlló, en Can Milà, en el Park Güell, donde hizo solito en famoso banco serpenteante, y en tantos otros lugares. Jujol es el paradigma de ayudante de Gaudí: tan talentoso (genialoide en este caso) como modesto, incansable, entregado, dispuesto a diluirse en una arquitectura más grande que él.

Gaudí es para muchos el mejor arquitecto que ha existido. Por narices: Gaudí no es Gaudí: es Jujol, Berenguer, Rubió, Canaleta, Pericas, Sugrañes, Opisso, Clapés, Puig Boada y tantos otros, todos ellos sumados en una obra que jamás hubiese podido concebir una sola persona. Gaudí es una inteligencia colectiva. Una mente colmena. Pero volvamos a nuestro hombre.

Jujol llega al Vendrell en 1929 para ocuparse de pequeñas reformas en la iglesia parroquial, una construcción barroca bastante interesante, pegada al Ayuntamiento, remetida en una plaza demasiado pequeña para el tamaño de la fachada, poblada de árboles crecidos entre el mercado y la más importante plaza Nova. Pasa la Guerra Civil y la iglesia queda devastada, saqueada e incendiada, poco más que una cáscara vacía que se tiene que rehacer completamente. Jujol ya no se marchará nunca del Vendrell, siguiendo con las obras de reconstrucción hasta su muerte en 1949, obras que terminará su hija Tecla, hecho que una historiografía demasiado injusta ha aprovechado para pasar de puntillas sobre una obra tan infravalorada como incomprendida. La obra tiene toda la potencia jujoliana sin la que no puedes entender a Dalí ni a Miró ni nada de lo que haya pasado en el arte catalán de los siguientes cincuenta o sesenta años, teñida aquí de una tristeza primordial, de un recordatorio del saqueo que provocó el encargo, hecho con medios muy modestos, con esa distancia cero traducida aquí en pinturas al fresco, trabajos en metal delicados y más detalles de los que puedas descubrir en años de visitas frecuentes.

La joya de la intervención es el altar mayor, coronado por una concha producto más de un artista que admira el barroco que no propiamente barroca.

Hace poco tuve la oportunidad de pasar una tarde fantástica con Rafel Moranta, arquitecto de Pollença que me hizo recorrer los rastros de Gaudí en este pueblo, consistentes en un pedazo de jardín y (presuntamente) el pavimento de la iglesia parroquial. Previamente había hecho esta misma visita con Pepe Llinàs y el artista Perejaume, que le dijeron que, en opinión suya, este pavimento era obra no de Gaudí, sino de Jujol. No soy lo suficientemente experto como para discutirlo. Yo también veo allí la mano de Jujol, pero esto no quita que el pavimento en cuestión pudiese ser una idea de Gaudí que él hubiese ejecutado, como era usual en el resto de sus arquitecturas: aquello de la mente-colmena y las estrategias. Luego levanté la cabeza y plaf. Dopplegänger. El altar mayor, obra de finales del XVIII que preside el conjunto, es clavado al que, veintipico años más tarde, Jujol colocaría en el Vendrell. Pero clavado.

(Fotos: Jaume Prat)

Y hasta aquí las noticias.

¿Qué llevó a Jujol a repetir el elemento más importante de la iglesia de Pollença a doscientos quilómetros y un mar de distancia? ¿Recuerdos de un tiempo feliz en una hora oscura y gris y mediocre? ¿Colonizar una iglesia barroca con un elemento que parece barroco pero no lo es? ¿Emplear el mismo recurso en la misma circunstancia para un problema parecido en lugares diferentes?

Sólo podemos especular. Algo de contexto: Jujol era un hombre de iglesia con una cultura de estos elementos verdaderamente profunda. No es en ningún caso alguien que necesitase tirar de este elemento por desconocimiento o por desesperación: tenía talento y recursos suficientes para hacer literalmente lo que quisiese. Y repite Pollença. Más elementos en común: interiores relativamente oscuros, un carácter doméstico parecido. Algo así como un aire de familia. La arquitectura es un hecho curioso: tanta atención al lugar, tanta voluntad de crear obras únicas y tenemos uno de los mejores arquitectos de cualquier época replicando un proyecto en otro lugar. Tampoco es que esto sea inusual: así al azar, el francés Le Corbusier construyó un celebradísimo edificio de viviendas, la Unidad de Habitación, en la Marsella de postguerra como ejemplo de lo que podía ser la vivienda obrera. Lo repitió cuatro o cinco veces más en otros lugares de Francia casi sin variaciones. Lo único que se me ocurre para explicar esto es que Jujol hizo el camino contrario a Tólstoi: en lugar de describir su aldea para describir el Universo decidió tomar un pedazo de Universo para describir su aldea.

Lo más interesante de todo es que ni en el Vendrell ni en Pollença saben nada de esto. Lo que viene a ser una definición de libro del fenómeno doppelgänger, que tanto llevó de cabeza a los románticos. Los doppelgänger no tienen noticia el uno del otro hasta el momento culminante de la obra, que es precisamente esta toma de consciencia. Jujol, no se sabe con qué propósito ni con qué grado de consciencia, creó uno en Pollença y el Vendrell. Ahora doy noticia de ello. Quizá en un tiempo pueda informar de las consecuencias de este encuentro.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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