La batalla sin cuartel entre PP y Vox por la hegemonía de la derecha española está servida. El discurso de Pablo Casado en el Congreso de los Diputados es lo más parecido a una declaración oficial de guerra contra el falangismo de nuevo cuño. Al líder popular le ha costado dar el paso, pero no le quedaba otra. Seguir encadenado a los ultras era tanto como arrastrar al partido hacia el despeñadero. Comprar la agenda de Vox sobre la pérfida China comunista, la conspiración judeomasónica de Soros y el negacionismo de la pandemia (problemas inventados que no interesan a los españoles) era tanto como aceptar un suicidio político. Y el vértigo le ha podido finalmente a Casado, que ha retrocedido un segundo antes de caer por el precipicio. “Llevamos dos años aguantando sus insultos, señor Abascal. El que sale victorioso de esta moción es el señor Sánchez y usted ha permitido que sucediera. ¿Usted qué cree, que a los españoles les preocupa Soros o más bien llegar a final de mes y pagar la hipoteca? Todo es un desvarío estrambótico”, ha zanjado la cuestión el máximo dirigente de Génova 13.

Un Abascal descolocado, sorprendido, noqueado, intentó defenderse de la severa reprimenda, del histórico correctivo calcado al de ese padre de familia que abronca a su hijo por la mañana después de una gamberrada nocturna. Para siempre quedará la imagen de un Abascal sin reflejos, sin cintura política y sin recursos que no ha sabido reaccionar ante la trampa que le había tendido su hasta hoy socio político. “Me ha dejado usted perplejo, señor Casado. No esperaba para nada esa brutal intervención. Usted se ha unido a la caricatura mía y de los diputados de Vox (…) Ya ni siquiera debatiré con usted sobre temas de Estado…”, dijo compungido antes de plegar folios y volver cabizbajo a su escaño.

Para entonces el líder de la extrema derecha era la viva imagen del patetismo. Casado había golpeado y maltratado de manera inmisericorde a su principal socio de gobierno. Hasta tal punto ha sido la humillación pública que ha llegado a decirle: “Como no somos como usted, no queremos ser como usted”. Queda la posibilidad de que todo haya sido una puesta en escena, un paripé, una farsa, ya que Abascal ha terminado tendiéndole la mano a Casado para futuros acuerdos. Pero en cualquier caso algo muy profundo parece haberse roto en las derechas españolas, hasta tal punto que el trifachito de Colón se difumina entre las páginas de la historia. “Usted ha dado una patada brutal a la esperanza. No lamento su falta de apoyo, no lamento su voto en contra, no lamento la crítica política. Pero lamento el ataque personal que usted ha desplegado aquí en esta tribuna. Al menos podría darnos las gracias por los gobiernos de Madrid, Andalucía y Murcia”, ha concluido lacónicamente el presidente de Vox.

Sin embargo, el supuesto distanciamiento de Casado con el fascismo oficial (que no con el sociológico, que lleva grabado el PP en sus genes fundacionales) puede que ya no sirva de mucho. “Usted ha hecho un discurso brillante, señor Casado, pero llega tarde”, le ha aclarado Pablo Iglesias al líder de la oposición. Y ese es el gran quid de la cuestión. El paso al frente del dirigente popular resultará estéril porque buena parte de su electorado se ha ido del PP para no volver jamás. Sus cambalaches y componendas con Vox le pasarán factura al partido durante mucho tiempo; su loca carrera por aparentar que el PP es más nacionalista, más patriota y más español que su competidor le ha llevado a un callejón sin salida. Y ahora Casado está atrapado entre dos fuegos: el sanchismo que puede gobernar durante años y el franquismo que él mismo ha alimentado. No, Vox no es un invento de Sánchez para reventar el PP; Vox es el gran error político del eterno aspirante a la Moncloa.

El cara a cara entre los dos candidatos a liderar las derechas españolas ha caído como una bomba en medio de la moción de censura, que transcurría entre el tedio y la indiferencia. Antes de la esperada intervención de Casado (que el líder del PP había mantenido en secreto durante días) los 52 diputados de Vox convertían el Congreso en una especie de salón de banquetes, bodas y comuniones. Así es la ultraderecha folclórica: su principal objetivo es desprestigiar las instituciones democráticas, reducirlas a la categoría de tabernas o barracas de feria. Sus señorías ultras se las prometían muy felices tras la sesión vespertina de ayer, en la que Abascal había puesto en juego toda su artillería de intransigencia reaccionaria contras las formaciones nacionalistas. A primera hora de la mañana, Espinosa de los Monteros −entre lágrimas emocionadas y con su habitual estilo cursi−, agradecía a la militancia el apoyo a la moción de censura. Era su forma de transformar el Congreso de los Diputados en un ameno almuerzo para militantes, jubilados y socios de Vox. Solo faltaron los bocadillos de calamares, el pin, las insignias de oro y brillantes y las placas de honor. Los cafés, las copas, los puros y el viva España, viva el rey entre el humo de los cigarros y los efluvios del licor. Era el acto de exaltación final, la última explosión de júbilo del mitin voxista, la celebración de la victoriosa moción de censura. Por momentos parecía que Espinosa iba a decir aquello de enhorabuena a los premiados, pero faltaba lo más importante, la sorpresa final, la guinda del pastel: el inesperado discurso de Pablo Casado.

Abascal había planteado la moción de censura como una primera fase en su intento de darle el sorpasso al PP y eso lo sabía bien el líder popular. “No he contestado a sus provocaciones por respeto a sus votantes. Esta moción la dispara contra el partido que le ha dado trabajo durante quince años y lamento decirle que le ha salido el tiro por la culata. Hasta aquí hemos llegado”, reprendía Casado a su interlocutor. El eje central de la intervención del jefe de la oposición ha girado en torno a una idea principal: Vox ha dado un balón de oxígeno precioso a Pedro Sánchez, que puede gobernar durante varias legislaturas. Pero en las palabras de Casado hay mucho más que eso, está el intento desesperado por recuperar al votante extraviado de centro. “Decimos no a su España de trincheras, a la España en blanco y negro, señor Abascal”. El mandamás de Génova 13 ha tenido que renunciar durante un cuarto de hora a su tono radical de siempre hasta calificar a Vox de “puro populismo” por tratar de alimentar la “España cainita y el odio entre españoles”. Por un instante parecía que estaba hablando el gran estadista con aspiraciones a pasar a la historia, pero en realidad lo hacía el superviviente, el acorralado, el necesitado de votos. A fin de cuentas todo su discurso ha sido un grito impotente por recuperar la grandeza perdida de un partido cuya imagen labrada durante cuatro décadas ha dilapidado él mismo tras meses de contubernios y conspiraciones con la extrema derecha.

Finalmente, Casado ha intentado convencer a la Cámara Baja sobre su supuesto programa conservador a la europea, algo que tenía olvidado tras echarse al monte con la nueva Falange verde: defensa de la vida, propiedad privada, unidad de España en torno a la monarquía, lucha contra la inmigración ilegal “sin racismo ni buenismo…” “Usted arrastra al país hacia un enfrentamiento. Nosotros queremos una España unida y diversa. Uno [Sánchez] no la quiere unida; otro [Abascal] no la quiere diversa. Nosotros queremos una España cohesionada y abierta. Uno de ustedes [Sánchez] no la quiere cohesionada; otro no la quiere abierta [Abascal]”. Pero por encima de todo, en el discurso casadista −que sin duda pasará a los anales del parlamentarismo patrio después de algunas intervenciones infames del dirigente conservador−, ha habido mucho de reproche personal, de amistad rota, de rencor y resentimiento entre viejos camaradas. “¿De verdad no tiene nada que decir del partido en el que ha militado toda su vida, señor Abascal? Ingratitud y deslealtad. Le pido respeto por el partido que derrotó a ETA con la ley. No le gustamos, usted a nosotros tampoco”.

Casado ha visto cómo el abismo se abría a sus pies en forma de moción de censura trampa. Queda por ver si su discurso contra la extrema derecha tiene vocación sincera de consolidarse en su búsqueda del centro o si ha sido simple postureo de cara a la galería, un truco de magia de los muchos que ha protagonizado en todos estos meses de crispación. De momento, en su réplica a Pablo Iglesias volvió a aparecer el Casado más intransigente y feroz. En algunos párrafos incluso ha superado en crudeza al estilo faltón abascaliano. Y es que, por una razón u otra, el líder del PP es una cabra que siempre tira al monte ultra.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre