ultraderecha

Como en los versos de Seamus Heaney “lentamente los muertos avanzan hacia el futuro.” A falta de un grand récit progresista, la derecha avasalla como el comisario Scalambri de la novela “Todo modo” de Leonardo Sciascia que presumía de ser capaz de doblegar al Papa y al mismo Dios metiéndoles en una sórdida comisaría y mandándoles quitarse los cordones de los zapatos y el cinturón de los pantalones. Cualquiera, por muy poderoso que sea, -concluía el comisario- se desmorona cuando se le trata como a un ladronzuelo de gallinas. El darwinismo social practicado por la derecha nos hace a todos ladronzuelos de gallinas y convierte a las víctimas en responsables de las injusticias y las desigualdades que sufren.

Vivimos una situación que recuerda a los años treinta del pasado siglo cuando, como afirma Herbet Marcuse, el lobby financiero-industrial decide a través de los distintos fascismos locales acceder directamente a los gobiernos y que le hacía decir a Hitler: “Detrás de la economía también debe haber poder, dado que solamente el poder garantiza la economía.” Los métodos son distintos pero la finalidad es la misma.

Entonces era el miedo a la izquierda y hoy es su ausencia lo que  facilita el avance de la derecha más recalcitrante. Ese avance tiene una doble consecuencia: impedir que tomen oxígeno las fuerzas progresistas y empujar a la derecha moderada hacia posiciones intransigentes, convencidas de que pueden asestar un golpe definitivo a la izquierda debilitada y al mundo del trabajo, y, por ello, no colaboraran en los consensos tradicionales que identifican como una capitulación.

En realidad las posiciones de la derecha y la consagración del pensamiento único suponen un fascismo tout court ya que representa un determinado principio formal de deformación del antagonismo social. En palabras de Slavoj Zizek el populismo de derecha, dice hablar en nombre del pueblo cuando en realidad promueve los intereses del poder.

El reconocimiento del autoproclamado presidente de Venezuela, Juan Guaido, por parte del Gobierno socialista español, es un acto más de hasta qué punto la izquierda carece de modelos ideológicos alternativos en un ámbito general a la hegemonía cultural de la derecha más exaltada. El acto, sin precedente en la diplomacia internacional, de reconocer a un autoproclamado presidente de un gobierno inexistente contraviniendo la máxima de reconocimiento de estados y no gobiernos, deja en total intemperie a los ciudadanos españoles en Venezuela que, ante cualquier incidente, ¿buscarán amparo en quien no tiene control de la policía, ni de la justicia, ni del ejército, ni de ninguna administración del Estado y tiene que moverse como un prófugo? Por otra parte, ¿el papel de España en Latinoamérica ha de ser el de cooperante necesario de los golpes blandos de los intereses más ultraconservadores de EEUU? El reconocimiento instado por Donald Trump de Guaido son los amenes de la guerra tranquila que el presidente norteamericano ha declarado a Venezuela y donde las armas disparan situaciones, en vez de balas; propulsadas por el tratamiento de datos, en vez de reacción química, disparando su origen de bytes de informaciones, en vez de granos de polvo; a partir de un ordenador en vez de un fusil, manipulado por un programador de computadoras en vez de un franco-tirador de elite. Sin pensamiento alternativo, el socialismo español actúa bajo un profundo complejo de inferioridad ante las críticas conservadoras en el contexto de una hegemonía ideológica derechista que debería constituir la antítesis de la cosmovisión socialista, si ésta existiera. Las inminentes elecciones europeas podrían sustanciar, ante la inanidad alternativa de la izquierda, la construcción de un perverso predominio de los que pretenden dinamitar la UE desde su interior.

Por otra parte, el comienzo del juicio a los encausados por el “procés”, con la algo más que sospecha de parcialidad del presidente del tribunal, una farragosa instrucción, desacreditada por los tribunales europeos con objeto de la denegadas extradiciones, el encarcelamiento excesivo de los procesados, el empecinamiento conservador de suspender permanentemente la autonomía catalana y reducir el problema en un simple conflicto de orden público, constituye un mosaico del que depende sobremanera el futuro democrático de España.

Sin embargo, la derecha se ha ubicado en ese país que describe Laín Entralgo como tradicional, cerrado a toda innovación y que divide a los ciudadanos en españoles buenos y malos. En este ámbito, el socialismo español, también es en exceso sensible a las acotaciones conceptuales que le impone la derecha cada vez más extremada, hasta el punto de dejar en manos del españolismo la idea de nación y que una parte de la sociedad padezca abrumada la confusión entre lo español y el españolismo franquista.

La izquierda en los oscuros años del caudillaje y la izquierda de la resistencia y los republicanos y el mejor liberalismo español tuvieron una concepción de la nación española democrática, libre, laica, republicana, liberadora, plural, heredera de la visión crítica y regeneradora de la Institución Libre de Enseñanza y de lo mejor del krausismo. que está siendo fagocitada por un grosero y absolutista españolismo por falta de metafísica en la izquierda.

Por ello, la calidad democrática, o la misma democracia en España, va a depender de la capacidad de la izquierda de reconstruir el espacio ideológico propio que vertebre una hegemonía cultural alternativa al de un conservadurismo cada vez más extremo y autoritario.

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