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Ucrania, una prueba de fuego para la credibilidad de Europa y Estados Unidos

Como en anteriores crisis, como la de los Sudetes en 1938 y la de los misiles de 1962, en Ucrania no solamente se juega la suerte de ese país, sino la de todo Occidente.

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Mientras el presidente francés Emmanuel Macron trata de evitar una escalada del conflicto entre Rusia y Occidente a merced de la crisis ucraniana, el presidente ruso, Vladimir Putin, sin haber disparado siquiera un arma, ya ha ganado la guerra no declarada en el Este de Europa.

En primer lugar, el sátrapa ruso ha conseguido sembrar la división en el seno de la OTAN, provocando fisuras entre sus socios acerca del tratamiento que debería merecer Rusia ante su afrenta a Ucrania tras haber colocado a miles de efectivos, en una actitud claramente provocadora, en la frontera ucraniana, y, en segundo lugar, porque la misma crisis en sí misma, sea cual sea el desenlace, aleja, quizá por décadas, la posibilidad de una futura integración de Ucrania y Georgia en la Alianza Atlántica, objetivo último nunca ocultado de la diplomacia rusa en todo este embrollo.

En definitiva, la actual deriva neoimperial rusa, que bebe de las rancias tradiciones imperiales de los zares del siglo XVIII y XIX y que pervivió hasta la revolución rusa (1917), pretende que la Federación Rusa siga teniendo peso, influencia y capacidad de decisión en todo el espacio postsoviético perdido tras la implosión de la Unión Soviética, cuya desaparición, según Putin, fue uno de los mayores errores de la historia.

Rusia  siempre consideró que la expansión occidental hacia el Este, tanto en su dimensión política como militar, fue una verdadera “intromisión“ en sus asuntos “internos“, al tiempo que Occidente vio la misma como una necesidad geoestratégica de construir un espacio europeo de libertades y democracia ajeno a las viejas dictaduras comunistas. Los nuevos estados “vasallos“, como Lituania, Letonia, Estonia, y Polonia, fueron considerados como meros traidores a la causa rusa.

De Moldavia al Donbas

La Federación Rusa lleva, desde el primer momento de la desordenada y casi caótica disolución soviética, ampliando sus fronteras, a costa de sus vecinos. Desde el año 1991, cuando estalló la guerra civil en Moldavia, entre el gobierno de Chisinau y las milicias separatistas de Transnistria, Rusia apoyó descaradamente a los secesionistas y fomentó la creación de una entidad ilegal en la región recién “independizada” con la ayuda del XIV Ejército ruso. La situación de Transnistria se ha mantenido desde 1992 inalterable y todas las tentativas de búsqueda de una solución política entre las partes han fracasado, en gran medida porque Rusia quiere mantener su papel de mediador y evitar, a toda costa, la entrada de este país en la UE y la OTAN.

Después, entre 1992 y 1993, la región de Abjasia se levantó en armas contra Georgia, en una mini guerra civil que perdieron los georgianos,  y que costó miles de vidas -algunas fuentes hablan de hasta 40.000 víctimas, sobre todo civiles-. Además, el conflicto provocó miles de refugiados y la destrucción material y económica de un país ya de por sí muy depauperado. Las consecuencias fueron desastrosas para Georgia, que un año antes, bajo presión de Rusia, tuvo que aceptar la secesión de otra de sus regiones, Osetia del Sur, que intentó arrebatar, en el año 2008, en una guerra fallida contra las milicias osetias armadas y apoyadas por los rusos. En otra guerra más perdida por los georgianos, finalmente la Federación Rusa, de la mano de su presidente, Vladimir Putin, reconoció como “estados independientes” a Osetia del Sur y Ajbasia, regiones que al día de hoy siguen bajo la órbita rusa.

Ucrania también ha sufrido las apetencias territoriales rusas, cuando en marzo del 2014 Rusia apoyó un proceso de secesión de Crimea para, a renglón seguido, declarar oficialmente su anexión, en una acción tan súbita y rápida que dejó desconcertadas y casi sin capacidad de maniobra a las autoridades ucranianas.

Mención aparte, porque daría para una nota mucho más amplia, es la situación en el Donbas, una región que se ha levantado en armas contra el gobierno de Kiev y que resiste numantinamente a merced del descarado apoyo de Rusia a su causa, en una guerra que ya ha causado 14.000 muertos y que desangra a Ucrania desde hace ocho años. Quizá en el epicentro de esta crisis, aunque los occidentales siguen mirando para otro lado y tratan de no implicarse en este guerra,  está el presumible deseo de Rusia por anexionarse esta estratégica zona del continente, que dotaría a esta nación definitivamente de su anhelada salida directa al mar Negro y el cierre del mar de Azov a la flota ucraniana, lo que significaría un duro golpe para la economía de Ucrania.

Ucrania, entre los apetitos territoriales de Rusia y la inacción occidental

Paralelamente a esta expansión territorial de Rusia en el antiguo espacio soviético, la diplomacia rusa pretende evitar a toda costa que la OTAN y la UE sigan extendiendo sus fronteras hacia zonas que considera de su absoluta incumbencia. Rusia ya ha anunciado que se opone a nuevas ampliaciones de la OTAN, y menos que acaben incluyendo en el futuro a Georgia y Ucrania. Moscú también se opone a que los occidentales se sigan metiendo en sus “asuntos internos”, tales como las violaciones de los derechos humanos y su apoyo a numerosas dictaduras en todo el mundo, como está ocurriendo ahora con la de Kazajistán

Rusia, siguiendo la tradición imperial, reconstruye su imperio a base de sustraer territorios en su periferia, que considera sujeta a una suerte de doctrina de la soberanía limitada de sus vecinos, en una reactualización de la doctrina Breznev, en la que se sostenía que, en virtud de la «solidaridad socialista internacional», la URSS tenía el derecho de intervenir en los asuntos internos de cualquier país socialista si optaba por reformas que pusieran en peligro el régimen comunista. Ahora Rusia invoca, de una forma u otra, esa misma doctrina y se cree con el derecho de intervenir en los asuntos de sus vecinos e incluso ocuparles algunos de sus territorios.

Lo que está por ver es, si llegado el caso de que Rusia interviniese militarmente en Ucrania,   cómo Europa y los Estados Unidos se implicarían en la crisis y tomarían medidas efectivas, rotundas y contundentes frente a tal afrenta. La situación, salvando las distancias temporales e históricas, se asemeja mucho a la del año 1938, cuando Hitler parecía dispuesto a anexionarse Polonia y Checoslovaquia. Las grandes potencias europeas de entonces, Francia y el Reino Unido, se aprestaron a participar en la conferencia de Múnich con Italia y Alemania para supuestamente parar la guerra. 

Los primeros ministros francés e inglés, Arthur Neville Chamberlain y Édouard Daladier, respectivamente, en aras de “apaciguar“ el voraz apetito territorial de Hitler le entregaron la región de los Sudetes, un territorio que hasta entonces había pertenecido a Checoslovaquia. Una vez instaladas las tropas alemanas en ese territorio, antesala de Bohemia y Moravia, Hitler no cumplió con la palabra dada a los occidentales y se anexionó toda Checoslovaquia, comenzando casi, de facto, la Segunda Guerra Mundial. La inacción europea ante estos hechos fue la señal de salida para Alemania y, unos meses después, en septiembre de 1939, las tropas nazis llegarían hasta Varsovia en apenas tres semanas, provocando la desaparición de Polonia de la escena europea. 

Ahora, en estas circunstancias tan adversas y críticas para la seguridad europea, está por ver qué tan importante es Ucrania para los occidentales. El canciller Bismarck señaló una vez, como es bien sabido, que los Balcanes enteros no valían tanto como los huesos de un único granadero de Pomerania. ¿Será que toda Ucrania no valdrá los huesos de un granadero de Francia, Alemania y Estados Unidos? ¿Responderá Europa de la misma forma que cuando Hitler invadió Polonia en 1939 y nadie fue capaz de hacer nada? Ucrania, no lo olvidemos, puede ser el pistoletazo de salida para el nuevo desorden mundial, en donde criminales, dictadores y tiranos, al estilo de Putin, impondrán sus reglas y donde todo valga, incluida la flagrante violación de las más elementales normas del derecho internacional. Que Dios nos coja confesados si eso ocurre.

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2 Comentarios

  1. ¿Quién ha pagado a Ricardo Angoso por escribir este panfleto pro-OTAN?
    ¿La CIA, el MI6, el 2º Bureau?
    Actividad neoimperial rusa.
    Llevar la libertad a las repúblicas bálticas.
    Y unas cuantas tonterías más, obviando la historia de las agresiones militares yanquis a lo largo y ancho del mundo para imponer dictaduras, mandando a la basura todos los acuerdos firmados durante la 2ª Guerra Mundial que, por cierto, mantuvieron la paz en Europa durante medio siglo y expandiendo una coalición agresiva y agresora hacia las fronteras de Rusia (Rusia no se ha expandido hacia EE.UU., sino al contrario).
    Resumiendo, un panfleto propagandístico de la OTAN que hay por donde agarrar.

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