La clarísima intromisión de Turquía en el Cáucaso, atizando el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán a causa del enclave de Nagorno Karabaj y enviando armas y voluntarios a los azeríes, aviva los riesgos de un conflicto generalizado en la región en que pueden verse implicados otros actores, como Rusia, tradicional aliado de la causa armenia, e incluso Irán.

Cada vez queda más clara la abierta intervención de Turquía en la guerra que está enfrentando en estos momentos a Armenia y Azerbaiyán por el control de la emblemática y estratégica región de Nagorno Karabaj. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, se está implicando más que ningún otro mandatario turco en el pasado  en un conflicto de vieja data y que tiene numerosas implicaciones geoestratégicas, ya que, seguramente, enfrentará a los dos viejos poderes, Rusia y Turquía, que siempre tuvieron intereses políticos, económicos y militares en esa región.

El presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, en su discurso del 24 de septiembre ante la Asamblea General de la ONU, ya había amenazado claramente a Armenia con una guerra para intentar recuperar un territorio que estuvo integrado en la antigua Unión Soviética hasta 1991, en que se disolvió el imperio soviético y la mayoría armenia de esa región declaró la independencia como República de Artsaj, reconocida únicamente por Ereván y con la aquiescencia de Moscú. Seguramente, el máximo líder azerí informó previamente de este ataque a Turquía y a los Estados Unidos, sus dos grandes mentores en la sociedad internacional.

No olvidemos que los armenios lograron, en una corta guerra entre 1992 y 1994, consolidar la defensa territorial del enclave en disputa y asestar un duro golpe a los azeríes, arrebatándoles miles de kilómetros cuadrados alrededor de Nagorno Karabaj y comunicando lo arrebatado, a través del estratégico corredor de Lachin, con Armenia. En total, casi 9.000 kilómetros cuadrados de Azerbaiyán están en manos armenias, bien bajo el control de Armenia o de las fuerzas que defienden la independencia de Nagorno, es decir, el 10% del país.

Azebaiyán, tras haber sido humillada y habérsele sustraído una buena parte de su base territorial, se ha armado notablemente en los últimos años, aprovechando su bonanza económica a merced de su potente industria petrolera y sus buenas relaciones con Rusia, Turquía e Israel, y está preparada para la guerra. Los azeríes han comprado en los últimos años helicópteros T129 turcos, aviones F-16, 36 sistemas Smerch rusos, varias baterías de Polonez bielorrusas, 21 T-300 Kasirga turcos y misiles balísticos israelíes LORA, un ingente material listo para una guerra quizá de larga duración y destinada a recuperar unos territorios que siempre ha considerado suyos, aunque le fueran entregados injustamente y sin ningún criterio étnico en los años veinte del siglo pasado.

También sobre Bakú, la capital de Azerbaiyán, pesa la presión de los casi 800.000 refugiados y desplazados en el conflicto de la década de los noventa del siglo pasado, hacinados muchos de ellos en campos de refugiados construidos “provisionalmente”, y la necesidad de ganar prestigio  ante los ojos de una comunidad internacional que condena las sistemáticas violaciones de los derechos humanos por parte del régimen azerí del presidente Aliyev, hijo del anterior presidente, Heydar Aliyev, en una suerte de dinastía al estilo norcoreano que controla totalmente el país desde la independencia, en 1991.

RUSIA, TURQUíA E IRÁN, IMPLICADOS EN LA CRISIS DEL CÁUCASO

Esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en la guerra de 1992-1994 y la de los “cuatro días” del año 2016, parece que Azerbaiyán no está dispuesta a dar marcha atrás en su ofensiva contra los armenios y pretende recuperar, a cualquier coste, los territorios que considera como propios, mientras que Armenia se ve arrastrada en el conflicto porque moralmente y políticamente no puede abandonar a sus hermanos de Nagorno Karabaj.

“Rusia no reconoce la República de Artsaj (Nagorno-Karabaj) y su interés es dejar el conflicto congelado para seguir ejerciendo presión en armenios y azerbaiyanos; de resolverse el conflicto (por proceso de paz o una guerra resolutiva) Rusia se quedaría sin palanca negociadora. Por lo tanto, aunque Moscú apoyará a Armenia no se implicará directamente en los enfrentamientos militares a menos que azeríes y turcos traspasen ciertas líneas rojas”, asegura el analista Guillermo Pulido con cierta razón. Pese a ese no reconocimiento, por parte de Moscú, como territorio armenio a Nagorno Karabaj, es más que probable que Rusia trate de lograr un alto el fuego entre las partes tendente a seguir manteniendo su influencia sobre ambos países, a los que, paradójicamente, vende las mismas armas con las que ahora se matan.

Turquía, más concretamente el “sultán” Erdogan, pretende solucionar el contencioso por la vía militar, ahogando cualquier salida política y diplomática, y jugando en la escena como una gran potencia que puede neutralizar, a su vez, a Rusia y a Irán. Quizá Erdogan piensa que Rusia tiene las manos atadas ahora frente a Turquía y tiene poco margen de maniobra en el Cáucaso, toda vez que tras la inauguración del gasoducto TurkStream, que proveerá de gas a una buena parte de los Balcanes y Europa del Este, Turquía se convierte en parte clave del sistema energético del continente con un corredor logístico que fortalece el rol de los turcos en este mercado y del que tiene la llave de paso. Aunque la apuesta puede ser fallida, ya que tanto los Estados Unidos como Rusia están muy cansados de Erdogan y su permanente intromisión en casi todos los conflictos regionales, tales como las crisis de Libia, Siria, Palestina y ahora el Cáucaso, no queda duda de que el “sultán” sigue su viaje hacia ninguna parte enfrascado en su delirio imperial neo otomano.

Irán, por su parte, se ha mostrado muy cauto y ha llamado al diálogo entre las partes, quizá en un intento por salvar su “santa” alianza con Rusia y Turquía, evitando que salte en pedazos en un momento de alta tensión y presión por parte de la actual administración norteamericana. “Extrañamente, el Irán chiita no se ha pronunciado. Sin embargo, aunque son étnicamente turcos, los azeríes son el único otro pueblo chiita del mundo ya que fueron miembros del imperio safávida. El presidente iraní Hassan Rohani incluso había incluido a Azerbaiyán en el proyecto de federación chiita que presentó durante su segunda campaña electoral. Esa discreción iraní hace pensar que Teherán no desea entrar en conflicto con Moscú, oficialmente neutral. También influye ciertamente el hecho que Armenia ocupa un lugar nada desdeñable en el dispositivo que permite a Irán burlar las sanciones estadounidense”, se aseguraba en un reciente artículo publicado en la Red Voltaire.

Así las cosas, y con la tensión en alza en en el Cáucaso, la guerra ha generado el miedo entre la población armenia que tiene el temor a que la crisis degenere en una suerte de masacre colectiva o limpieza étnica de los armenios que viven en esa región por parte de los azeríes. No olvidemos  los  trágicos precedentes históricos en los que Turquía asesinó a más de dos millones armenios en el genocidio perpetrado entre 1915 y el año 1922 -todavía no reconocido por Ankara-, que se ha negado oficialmente a pedir perdón a Armenia al día de hoy.

También Azerbaiyán tiene un largo historial en violaciones de los derechos humanos y en matanzas organizadas de armenios, como la de Sumgait, en 1988, y la de Bakú, en enero de 1990, y ha sido condenada por numerosas organizaciones internacionales por tener un largo y oscuro historial en esta materia. Solamente una salida política acorde al derecho internacional a este eterno contencioso es la clave para la resolución del mismo y para garantizar los derechos, pero también la vida, de ambos pueblos, a pesar de la actual deriva militarista turca y de que Ankara está jugando con fuego en esta crisis. Esperemos que Rusia, quizá el único actor con capacidad de presión sobre azeríes y armenios, ponga fin a esta guerra que ya ha dejado demasiada sangre derramada sobre el Cáucaso quizá inútilmente.

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