No hay duda que “Donald Trump es el mayor asesino de la historia de los Estados Unidos”. La definición que el pensador Noam Chomsky hizo sobre el derrotado presidente norteamericano está basada en sólidos fundamentos.

Lo demuestra la política autoritaria y criminal que ejerció durante cuatro años. Y los confirma la resistencia que está imponiendo para entregar el poder al vencedor en las elecciones.

No es un dato menor.

No sólo porque pone en riesgo la estabilidad de su país sino la del mundo entero. Las voces de alarma que por estas horas se escuchan en altas esferas militares para alejar a Trump del botón nuclear, no es caprichosa. Es que su personalidad y su ideología lo acercan estrechamente a Adolf Hitler.

No es lo único que tienen en común. Ambos fueron votados por millones de hombres y mujeres, un fenómeno que no hay que perder de vista. Porque tanto Hitler como Trump  no nacieron de un repollo sino de la voluntad popular expresada en las urnas. Creer que sólo Trump es el problema, no es otra cosa que cargar sobre su persona una realidad colectiva. Si una mayoría de ciudadanos y ciudadanas le dieron todo el poder a un personaje de la catadura de Trump, es más que evidente que la formación política de la sociedad norteamericana poco y nada tiene ver con  la libertad y la democracia.

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