Donald Trump pasa de mascarillas. Hoy mismo ha dicho que no va a dar a los periodistas el “placer” de verlo con el protector facial cubriéndole la jeta oronda y jactanciosa. Por lo visto el magnate neoyorquino debe creer que ir a pecho descubierto por la vida, mientras el bicho de Wuhan campa a sus anchas, lo hace más hombre. O quizá piense que el barbijo quirúrgico no queda bien con su espléndido tupé, su abrigo de diez mil dólares y sus zapatos imperiales. No combina con el vestido de Melania, el hermoso florero que le acompaña a todas partes.

Para Trump la mascarilla es cosa de pobres, de fracasados, de comunistas. “No quiero dar a la prensa el placer de verme con ella”, ha insistido durante una visita oficial a la fábrica de Ford en Míchigan, donde ha arengado a los obreros para que sean fuertes y valientes, asuman el riesgo de ir a trabajar y den la vida por América. No obstante, aunque el presidente de la nación con más contagiados del mundo no se pone la mascarilla porque es cosa de rojos mariquitas, sí ordena a sus marines de Wall Steet que la lleven todo el rato para protegerse del coronavirus. Pura contradicción populista.

No es la primera vez que Donald Trump le hace ascos a una medida preventiva que todos los médicos aconsejan para evitar la propagación de la enfermedad. A principios de mayo, el inefable presidente visitó las instalaciones de la empresa Honeywell en Arizona, que fabrica mascarillas N95.  Pues ni con esas. Tampoco se la puso. Para chulo mi pirulo. Lejos de dar ejemplo, se paseó orgulloso y ufano por todo el edificio, a cara descubierta, expuesto al virus y exponiendo a todos, aunque es cierto que llevaba unas gafas protectoras transparentes que por cierto le quedaban como el culo. Puede que él no lo sepa porque ningún funcionario del Ala Oeste de la Casa Blanca se atreve a decírselo por miedo a que lo envíen a Guantánamo, pero Trump es feo de narices y todo lo que se pone contribuye a realzar su fealdad exterior e interior.

Seguramente por la cabeza de chorlito de Trump no ha pasado ni por un solo segundo que si el presidente de la primera potencia del planeta da ejemplo poniéndose una mascarilla la humanidad habrá ganado una batalla importante en la concienciación contra la maldita plaga. Pero qué le importará a él la humanidad. Así reviente el mundo. Mientras tenga pasta suficiente para comprar Groenlandia y billetes de cien para quemar en la chimenea del Despacho Oval todo irá bien. La tragedia es que Trump ha creado escuela, el trumpismo, que es el catetismo español de toda la vida solo que en versión yanqui, y la extrema derecha española compra todas sus ocurrencias delirantes en un extraño fenómeno sociológico de contagio y atontamiento universal. Por ejemplo esa manifestación en coche de Vox prevista para el próximo fin de semana o las caceroladas de los “cayetanos” sin guardar una mínima distancia social o los disparates habituales de Isabel Díaz Ayuso, nuestra pequeña trumpita nacional.

A Trump el confinamiento le está sentando fatal. Hoy se mete un chute de detergente en vena y mañana se automedica con una dosis alta de hidroxicloroquina y zinc capaz de tumbar a un caballo o algo peor: suficiente para provocar paranoia, depresión e instintos suicidas. Claro que bien mirado un tipo con su expediente de ideas delirantes ya es un caso clínico perdido, un inmune a todos esos medicamentos peligrosos que va probando como en una especie de adictiva e insensata ruleta rusa farmacológica. De momento el líder estadounidense ya ha anunciado que seguirá tomando de forma preventiva, y durante unos días más, la famosa hidroxicloroquina, un antipalúdico que los científicos han demostrado completamente ineficaz contra el coronavirus. “Tengo un tratamiento de dos semanas más. Y la he estado tomando, creo, sólo dos semanas”. Inquieta y preocupa ese “creo”. ¿Cómo un hombre que no es capaz de llevar un control de sus pastillas puede seguir administrando el maletín nuclear? Absurdo.

Todo lo cual nos lleva a pensar que como dure mucho más la pandemia este personaje puede terminar como uno de esos yonquis de Baltimore de la magnífica serie The Wire, un pobre marginal enganchado a cualquier mierda, venga macho, tío, brother, dame un poco de cloroquina. Trump es capaz de meterse polvos pica pica, pegamento, napalm o cal viva por la nariz con tal de probar que así se cura el covid. No cabe ninguna duda: el clown está on fire. The show must go on, como dicen por allí. Nada puede parar al millonario rubiales, faro y vigía de la decadencia de Occidente, en sus locas terapias para demostrar que siempre tiene la razón. El ricacho de Manhattan es como esa mula terca de las películas de vaqueros que camina duramente bajo el desierto, insolada, babeante, pero que no se detiene ante nada ni ante nadie. Ya lo dice el refranero español: cuando un tonto coge una vereda, ni la vereda deja al tonto ni el tonto deja la vereda.

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