La ‘Operación Kayla Mueller’, con la que los norteamericanos han liquidado con nocturnidad al líder de Estado Islámico, Abú Bakr al Baghdadi, se ha convertido en una gran operación de imagen para el presidente de EE.UU, Donald Trump. Cuando aún coleaba el proceso de impeachment abierto contra él por su presunta implicación en el escándalo de las presiones a Ucrania para perjudicar la candidatura electoral del demócrata Joe Biden, era evidente que el inquilino de la Casa Blanca y magnate de los negocios necesitaba un golpe de efecto para mejorar su imagen, no solo en su país sino también en el exterior. Ya se sabe que cuando un presidente norteamericano baja en los índices de popularidad estalla alguna guerra en Oriente Medio.

En este caso no ha sido una guerra, pero sí una compleja operación militar donde el ejército yanqui, una vez más, se ha saltado todas las normas de Derecho Internacional. No se trata de defender aquí a un carnicero como Baghdadi –de hecho es cierto que el mundo es un lugar más seguro después de su súbita liquidación− pero conviene no perder de vista que las fuerzas especiales de USA han llevado a cabo una operación de guerra en un país soberano sin ni siquiera consultar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En este caso ningún país occidental va a protestar porque la comunidad internacional se ha quitado de encima un peligro público como era el líder de Daesh. Hace tiempo que el pragmatismo ha sustituido a la ley y si un clérigo fanático molesta se manda a la CIA, se le da matarile y a otra cosa. Sin embargo, esta forma de actuar, este papel de Estados Unidos como gran policía mundial que puede actuar en cualquier momento, en cualquier país y a cualquier hora, al margen del Derecho, no deja de entrañar riesgos considerables para el orden mundial. Hoy ha sido un terrorista iraquí el “ejecutado” pero mañana puede ser un inocente venezolano, un coreano o un señor de Cuenca que pasaba por allí al que un dron de la Casa Blanca “limpie” por error. Dejar la Justicia en manos de los militares, y no de los jueces, trae estas cosas.

De ahí que, aunque el mundo respire más tranquilo tras la desaparición de Baghdadi, producía cierta inquietud ver a un tipo incompetente y desmesurado como Trump dando una rueda de prensa, en plan sheriff de Sin City, para explicar los pormenores de la operación. Es evidente que él no era el hombre más indicado para ofrecer la información a los periodistas pero cuando el emperador se empeña en algo a ver quién es el valiente que le dice que no. De modo que Trump se fue calentando por momentos y, tal como era previsible en alguien como él que no filtra, terminó convirtiendo una operación militar diseñada al detalle por el Pentágono en el sangriento relato de un linchamiento planeado por mercenarios, cuatreros y cazarrecompensas. De ahí que el estilo bravucón de Trump (su falta de estilo habría que decir) hizo que la rueda de prensa terminara degenerando en una tertulia de vaqueros cerveceros más propia de un bar de la Texas profunda que de la Casa Blanca. Y así, ya crecido porque era consciente de que tras anunciar la noticia al mundo sus índices de popularidad iban a subirle como el colesterol tras una noche de barbacoa mexicana, fue como a Trump empezaron a brotarle frases impropias de alguien que ostenta el cargo de líder del mundo libre. “Abú Bakr Al Baghdadi ha muerto como un perro, como un cobarde (…) Era como si estuviéramos viendo una película”, aseguró el presidente, al que solo le faltó decir que había echado en falta una bolsa de palomitas y un par de latas de Coca Cola para hacer boca durante la retransmisión en directo de la ejecución.

El colofón a su nefasta exposición llegó cuando, ya obnubilado por el sadismo y la retórica gore a la que es tan aficionado, explicó que Baghdadi se había inmolado después de “gimotear, llorar y gritar” al verse acorralado por los marines. Conociendo el gusto zafio de Trump, a nadie le extrañaría que hubiera propuesto a sus jefes militares que exhibieran al mundo entero la foto del terrorista descuartizado tras detonar el chaleco explosivo y saltar por los aires. Los miembros amputados y los sesos esparcidos por doquier. Algún general con algo más de cabeza que él le debió disuadir de la idea. Eso sí, el presidente agradeció la ayuda prestada a la operación por Rusia, Turquía, Siria e Irak, e incluso a los kurdos, esos pobres infelices a los que ha dejado tirados hace unos días para que Turquía los barra del mapa.

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