Nueva York es hoy una ciudad desbordada por la pandemia de coronavirus. La situación en la ciudad de los rascacielos es crítica. Hospitales saturados, calles desiertas. El miedo de los neoyorquinos solo es comparable al que sintieron durante los atentados contra las Torres Gemelas el 11S de 2001. El último balance proporcionado por el gobernador del estado, Andrew Cuomo, cifró el número de contagiados en 44.000 personas y en 519 los fallecidos. Los casos de nuevos infectados avanzan exponencialmente desde ambas costas hacia el centro del país y se espera que a lo largo de la próxima semana la enfermedad eclosione en Detroit, San Antonio o Nueva Orleans.

Mientras tanto, el presidente Donald Trump ya está pensando en rebajar las medidas restrictivas para reactivar la economía. Políticos como el senador Lindsey O. Graham le han advertido de que adoptar esa medida prematuramente sería un suicidio para el país. “Si reabre la economía de la nación demasiado pronto, en contra del consejo de los expertos en salud pública, será el responsable de las muertes por coronavirus que se produzcan”, le dijo Graham a Trump en una carta que ha dado a conocer el diario The Washington Post.

Graham insinúa en su misiva que el Partido Republicano se juega mucho en las próximas elecciones que se celebrarán en otoño, por lo que Trump debería meditar con tranquilidad si prioriza el comercio y la Bolsa sobre la salud y la seguridad del pueblo estadounidense. Según el Post, Trump ha escuchado las recomendaciones de Graham pero “no hace promesas”, según fuentes de los funcionarios de la Casa Blanca. El magnate norteamericano está convencido de que la mejor manera de pasar la pandemia es que los estadounidenses vuelvan al trabajo y que las empresas reabran lo más rápido posible. “Nuestro país no fue construido para ser clausurado”, alegó el presidente en una conferencia de prensa el pasado lunes, cuando anunció medidas de distanciamiento social y otras restricciones hasta mediados de abril, un plazo que según los expertos es “peligrosamente prematuro”.

El pasado 23 de marzo, Trump aseguró que al final del período de prevención del coronavirus, su administración evaluaría los siguientes pasos a seguir, dando a entender que podría levantar las medidas sanitarias para que la economía empiece a funcionar de nuevo. No obstante, el presidente está encontrando fuertes resistencias en varios frentes. La batalla para reabrir el país le enfrenta no solo a parte de la prensa y poderosos grupos mediáticos, sino también a un buen número de gobernadores y alcaldes, tanto demócratas como republicanos, que luchan denodadamente por mitigar el impacto del coronavirus en sus respectivos estados y ciudades. Ellos tienen la última palabra sobre cuándo y cómo se pueden volver a abrir restaurantes, centros comerciales, espectáculos públicos y eventos deportivos y culturales. En Nueva York, epicentro del coronavirus en Estados Unidos, la figura del gobernador Cuomo ha emergido como líder nacional durante la pandemia, haciendo sombra a Trump y cuestionando su liderazgo en medio de la crisis. Cuomo ha criticado la respuesta federal y ha suplicado que Washington envíe más respiradores de oxígeno, mascarillas y otros suministros. “No nos dieron una advertencia. Si se le pide al pueblo estadounidense que elija entre la salud pública y la economía, entonces no hay competencia. Ningún estadounidense va a decir: Acelere la economía a costa de la vida humana”, dijo Cuomo a los periodistas la pasada semana.

Parece evidente que cada paso que da el presidente, con pies de plomo, tiene un único objetivo: mantener la economía a flote para lograr su reelección en los próximos comicios. Pero mientras tanto la pandemia sigue cobrándose vidas y sobrecargando los hospitales norteamericanos. El colapso financiero generado en apenas unos días ha dejado ya millones de desempleados y poderosos empresarios se enfrentan a la ruina.

Trump ha afirmado que le gustaría que gran parte del país “se abra” para las fiestas de Pascua, alrededor del 12 de abril. Sueña con la imagen de los bancos y las iglesias repletas cuando llegue esa fecha. Dinero y religión, esos son los dos grandes pilares en los que se asienta el ‘trumpismo’. Sin duda, será una de las decisiones más arriesgadas de su mandato, sobre todo teniendo en cuenta que los científicos, médicos y virólogos ya le han advertido que de no controlarse el brote epidémico, la enfermedad podría segar la vida de cientos de miles de norteamericanos. Algún que otro senador incondicional del presidente ya ha dicho públicamente que los ciudadanos estadounidenses mayores de 60 años deben estar dispuestos a sacrificarse, es decir, a morir por la patria si es necesario, con tal de salvar la economía del país. Inmolación generalizada en honor al dios dólar. Si finalmente Trump da la orden de saltarse el confinamiento al que medio planeta sigue sometido, las consecuencias para la sociedad podrían ser devastadoras. El sistema sanitario privado colapsaría, cientos de miles de personas se contagiarían y la epidemia podría llegar a infectar al 80 por ciento de la población. Un auténtico suicidio colectivo que el magnate neoyorquino está dispuesto a asumir si así logra salvar los muebles de Wall Street.

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