Uno de los fallos más habituales del escritor novel es el de presentar los sucesos del relato, incluso los más banales, en el orden en que ocurrieron. O bien escribirlos de una forma monótona o demasiado pomposa. Para evitarlo, recuerda las historias de las que has gozado como lector. ¿A que en ellas parece necesario contar cierto hecho y no otro, porque va unido al anterior y te prepara para el siguiente? No es casualidad. Los buenos libros buscan atraer, enganchar, transmitir, con un eje claro y progresivo. Y esto se consigue aplicando como mínimo los siguientes trucos narrativos:

El tema. Es lo primero que debe tener tu relato. Se trata de la idea que subyace detrás de la historia y que le da unidad. Normalmente se expresa con una palabra como ambición, poder, corrupción, desamor, o una frase: ‘El hombre que sabía demasiado’. Importante: si consigues que el tema sea sólido, inquietará, conmoverá o enganchará a los lectores. También puedes incluir temas secundarios enlazados a ese principal, que siempre funcionará como hilo conductor.

La trama. Hablamos aquí de la estructura de la historia. Debes organizar los episodios de tal forma que resulten coherentes y su interés no decaiga hasta el final. Para ello escribe un buen arranque y deja algún anzuelo al final de cada capítulo para incitar al lector a seguir leyendo.

Los caracteres. No te olvides de trabajar el interior de los personajes: su familia, formación, tradiciones, entorno, prejuicios, obsesiones, deseos, etc. Ya que serán estos caracteres los que justifiquen sus palabras y acciones que, a su vez, afectarán a las circunstancias del protagonista y a los demás personajes de la historia.

Tiempo. Piensa bien el momento exacto para comenzar a contar tu relato. Por supuesto no tiene por qué ser al principio de la historia. Puede ser en medio o incluso al final. En un punto crítico o ya con los hechos consumados. Siempre resulta muy interesante la llamada ‘escena retrospectiva’, que te permite combinar el pasado con el presente narrativo.

El punto de vista y el tono. La mayoría de los relatos están contados en primera o tercera persona. Escribir desde un “yo” siempre resulta más natural y crea un clima íntimo con el lector. Ese “yo” puede ser el protagonista u otra persona testigo de los hechos. También puedes pasar de la primera a la tercera persona o utilizar un “tú” narrativo. Como hace magistralmente Carlos Fuentes en su relato corto “Aura”. En cuanto a la variedad de tonos es casi infinita: irónico, distante, intimista… Decídelo antes de ponerte a escribir.

La emoción. Es el ingrediente que menos debe faltar en tu relato, si quieres que la historia vibre. Piensa que el lector no solo desea conocer el argumento, sino los sentimientos que experimenta el protagonista a cada paso que da. Para ello debes ponerte siempre en su lugar. Investiga cómo sería cada situación.

El diálogo. Las conversaciones han de ser convincentes, diferenciadoras entre sí y funcionales. Es decir, deben revelar algo sobre el carácter de tus personajes, informar sobre la historia y permitir que la trama progrese. Evita en lo posible el dialecto: suele resulta muy artificial.

El conflicto. Es aquello contra lo que ha de luchar el protagonista para conseguir sus objetivos, avanzar o sobrevivir. Es el peligro, la resistencia, el obstáculo. En la manera de resolverlo estará el interés de tu relato. No lo olvides.

La tensión. Ojo, tensión no es lo mismo que conflicto. La tensión es la técnica que mantiene atento al lector. Para activarla, no cuentes toda la información hasta el final. También puedes añadir pequeñas escenas de tensión que deriven el relato hacia nuevas circunstancias.

Por último, recuerda que para que tu relato enganche debes trazarte un plan que sea claro, lógico, completo y preciso. Distingue primero las partes de tu historia y disponlas según su importancia, de manera que el interés sea creciente. Evita las disgresiones, es decir, aquellas reflexiones, diálogos o descripciones que más parezcan añadidos o entremeses, que algo esencial en la trama. Y escribe siempre con claridad, exactitud y naturalidad.

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