Hay miedo. Se ha instalado en pleno siglo XXI y en una Democracia que presume de madura. Desde Madrid, Ciudad Real, Málaga, Badajoz, Valladolid, Vigo…se palpa la tensión pero no la dureza de una realidad que señala amenazante con los dedos. Que solo ve un aquí o un allí, un están con nosotros o en contra de nosotros. Blanco o negro mientras se quiere perseguir un arcoíris. Que no nos obliguen a reducir a dos colores la paleta del pintor, a un poema los versos del poeta, a un viaje la posibilidad de miles de destinos, a un acorde la necesaria música, a una idea la pluralidad de ellas.

“Mi libertad empieza donde acaba la del otro”. No recuerdo de quién son estas palabras, ¿un filósofo, tal vez? Lo ignoro. Quizá podría buscarla en Internet, pero no es necesario. Durante casi una década un póster de Charlot con un niño, imagen de la película The Kid (1921), permaneció inmóvil en la pared de mi habitación. En la parte de abajo estaba escrita esa frase. Ni cuando me marché a Madrid a estudiar Periodismo -¿cómo no voy a reivindicar la libertad de expresión?- desocupó su sitio. Respeto, respeto y más respeto. ¿Nos hemos vuelto locos?

Miedo, mucho miedo, y tristeza, repite una frágil voz al otro lado del hilo telefónico. No hay derecho a tener esa sensación con ochenta años. Ni con cincuenta ni con veinte ni con doce… Cuesta agarrar las lágrimas cuando no puede quien habla, cuando te cuentan que están pensando dejar la tierra que les vio nacer, también a sus padres, y a sus hijos. Las historias se narran con dolor solamente en círculos cerrados. No se atreven a hablar, a expresar sus sentimientos, para no ser señalados, en la panadería, en el supermercado, en el bar de la esquina, en el trabajo, en la guardería, en los Juzgados, en Correos… Que cada uno tenga las creencias, los pensamientos, las inquietudes que quiera. Pero no, ahora familias, amigos, vecinos, compañeros de trabajo se enfrentan con una violencia aterradora. Irrespetuosos, intolerantes. Aquí o allá. Hasta las miradas de refilón en el ascensor se clavan como cuchillos porque se colocan en los balcones banderas diferentes. Miedo, demasiado miedo.

Hay adolescentes que tienen crisis de ansiedad porque no quieren ir al instituto, donde se les insultan, donde les hacen corrillo, donde algunos profesores les preguntan e obligan a pronunciarse. No quieren hacerlo, no les corresponden, quieren jugar con sus videojuegos e intercambiar mensajes amorosos con la rubia o la morena de su clase o la de al lado. ¡Por dios!, son solo adolescentes cuyas hormonas están revolucionadas, jóvenes nacidos en libertad y que aspiran a seguir creciendo así.

Opiniones y pensamientos distintos, ideologías diversas. Todo es posible, todo tiene cabida en un país libre donde se apostó, se apuesta, por la palabra respeto. En democracia es el pueblo el que vota, el que elige y el que acata la decisión de la mayoría. Que no haya miedo, que se cumplan las leyes, y que vuelva la tranquilidad y la paz.

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