Es el último lugar al que salió papá, le dice el hermano mayor al pequeño. No tienen mucho que ver el uno con el otro, piensan de forma muy diferente y sus vidas son también muy diferentes, pero el abismo incontestable que es perder a un padre los ha acercado, conseguido que se vean y vuelvan a mirarse con el máximo afecto el uno al otro.

Crusto se llama la cafetería en la que se han citado, un lugar más o menos agradable cerca del Bernabeu. El hermano pequeño nunca había estado allí e intenta, sin excesivo éxito, buscarle los brillos al sitio.

-¿A papá le gustaba?

-Sí, normal.

Y a continuación le explica que la siguiente salida de casa de su padre fue ya en ambulancia y camino de la unidad de cuidados intensivos de La Paz. Entonces saca el esmarfon y le enseña las fotos. Su padre, delgado y con tirantes para que no se le cayeran los pantalones, pero todavía con su habitual poderío físico, su atractivo incontestable, incluso nonagenario y enfermo.

Al hermano pequeño le cuesta refrenar la lágrima que pugna por subirle hasta los ojos con intención de desbordarlos. No quiere hacerlo: llorar, no quiere permitírselo. Cada vez que alguien le pregunta por su estado de ánimo tras lo sucedido, él cuenta que sólo siente alegría cuando piensa en su padre, que lo nota vivo dentro de él y su relación es magnífica, quizá incluso mejor de lo que jamás había sido antes.

Así que se limita a sonreír; mira a los ojos a su hermano mayor y le sonríe, mientras asiente con la cabeza y le devuelve el teléfono. Esa noche le escribirá otra vez, para pedirle que le mande las fotos, las últimas imágenes del padre de ambos aún formando parte de la sociedad, perteneciendo al mundo de los vivos.

“Esta tarde estabas triste” le dice a su hermano al final del mensaje, como queriendo darle a entender que podría, y hasta debería, sentirse como él, que es todo felicidad y contento porque su padre está en su interior, compartiendo corazón y cerebro, veinticuatro horas al día. Pero no manda el mensaje, no puede hacerlo; por mucha voluntad, imaginación y esfuerzo que le ponga…, es mentira. Así que vuelve a leer el breve texto y decide, nobleza obliga, añadirle dos palabras: “Esta tarde estabas triste, y yo también”. Triste y también.

Érase Una Vez León Salgado (El Regreso de El Cazador de Cuentos)

 


 

(Javier Puebla escribió todos los días durante un año un cuento o relato literario: El Año del Cazador, una suerte de novela neurológica que sólo puede conseguirse completa y editada en papel solicitándosela directamente al autor a través de Twitter, Instagram o Facebook, o en el correo elcazadordecuentos@javierpuebla.com

Esta Suite que se está publicando en Diario16 y que en principio se prolongará durante 33 días está inspirada por el deseo de recuperar el espíritu y la forma de observar la vida con unos ojos distintos, ojos de Cazador de Cuentos, y es también un exponerse ante el mundo, un “aquí estoy, aún estoy aquí y tú puedes verlo y compartir conmigo este imprevisible juego”.)

Día 4.

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(Mecanografía: LF)

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Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

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