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Triajes estadísticos

Francisco Javier López Martín
nací en la Sierra de Madrid, en Collado Mediano. Licenciado en Geografía e Historia. Maestro en la enseñanza pública. Ha sido Secretario General de CCOO de Madrid entre 2000 y 2013 y Secretario de Formación de la Confederación de CCOO. Como escritor ha ganado más de 15 premios literarios y ha publicado el libro El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de los Nadie y recientemente Cuentos en la Tierra de los Nadie. Articulista habitual en diversos medios de comunicación.
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La noticia decía,

-El CIS pide elegir entre ancianos y jóvenes si hubiese escasez de vacunas o respiradores.

Vale que eran los tiempos más duros de la pandemia, aquellos en los que había instrucciones cursadas por la Comunidad de Madrid que negaban el traslado de los mayores contagiados en las residencias a las instalaciones hospitalarias.

Muchas de las denuncias interpuestas por familiares están siendo archivadas y en otras, en las que la propia Fiscalía comienza a intervenir por homicidio imprudente y omisión de socorro, parece que terminarán pagando el pato las trabajadoras de las residencias y no la Consejería de Sanidad.

Y en mitad de aquel despropósito y desbarajuste vinieron los del CIS preguntando a quién prefieres, a papá o a mamá, a la abuela, o a ti mismo, al abuelo, o a tu hijo. Al sano, o al que tiene los días contados, por más que no hay nadie, absolutamente nadie, que no pueda morir mañana, ni hay tampoco nadie que no pueda vivir un día más.

La pregunta fue retirada, pero el gobierno quedó en muy mal lugar. No leí la polémica pregunta, pero venía a plantear, literalmente, a quién debería priorizarse si hubiera escasez de respiradores, vacunas, o medicamentos. A la persona joven, con más vida por delante, o a quien tiene más riesgo de morir, o al anciano, que es más vulnerable.

Casi un tercio de los encuestados prioriza a los jóvenes, algo más de una cuarta parte opta por los más enfermos y los que tengan más riesgo de morir y menos del 10% elige a las personas mayores. Son, lógicamente, los votantes de la ultraderecha los que eligen en mayor proporción a los jóvenes. No me negará nadie que hay algo de defensa de la pureza racial y la fortaleza física en este resultado.

Y es que la pandemia no nos ha hecho ni mejores ni peores. Ha sacado, eso sí, lo mejor, pero también lo peor de todos nosotros. Sólo unos pocos, menos del 2% han elegido que sea el criterio médico el que decide, o que no se sienten capaces de decidir.

Claro que también había casi un 60 por ciento que consideraba que habría que haber tomado más medidas restrictivas, tal vez los mismos que más tarde,  según les fuera el baile, terminarían votando la libertad de tomarse las cervezas cuando y como les dé la gana. Y es que nada está siendo fácil en esta pandemia, la coherencia tampoco y la solidaridad sólo cuando no choque con mi egoísmo.

A fin de cuentas la gran mayoría de encuestados han visto trastocados sus hábitos, maneras de vivir, de cuidarse, o de socializar y las formas de pensar se han visto afectadas. Queremos que vuelva la fiesta cuanto antes, caiga quien caiga. Es lo que ha ocurrido tras toda gran guerra, o pandemia, en ocasiones anteriores. La fiesta y el malestar acumulado y latente, que termina dando disgustos políticos y sociales. Ya veremos.

Pero, al menos, comencemos bien la pospandemia. Desde el primer momento la ONU nos alertó, con su Secretario General, Antonio Guterres, a la cabeza, de que ninguna persona, vieja o joven, es prescindible, que las tasas de mortalidad de las personas mayores son cinco veces superiores a las tasas meias y que las respuestas a la pandemia deben contemplar las necesidades, derechos y la dignidad de las personas mayores.

La ONU habla de gerontofobia generalizada, miedo y rechazo a la degeneración propia y ajena, a la muerte a causa de la edad, que nos lleva a recurrir a prejuicios, discriminación y hasta negación de los derechos humanos en la edad avanzada. Esas mismas personas mayores, por cierto, que han contribuido al sostenimiento de sus familias, sacrificando su bienestar para cuidar de sus hijos y sus nietos.

Hubo pueblos, antes de nosotros, que respetaban y cuidaban de sus mayores hasta el momento de la muerte. El capitalismo ha transformado en negocio todo y todo lo que no es negocio simple y llanamente no existe.

Deberíamos haber aprendido de la pandemia la necesidad de reforzar el sistema sanitario y los servicios sociales para no dejar a ninguna persona mayor abandonada a su suerte, condenada a la soledad. Recuperar la idea de que somos una comunidad y todos nos pertenecemos unos a otros, tal como afirma Guterres.

Pero para ello necesitamos gobiernos, en el Estado y en la Comunidades Autónomas, que en lugar de obligarnos a opinar sobre los triajes y elegir, seleccionar, quién debería vivir y quién morir, se preocupen de contar con los recursos necesarios para asegurar los derechos universales a la atención sanitaria y social de las personas mayores.

Se preocupen de contar con una legislación autonómica y nacional que proteja a las personas y acordar una convención internacional sobre derechos humanos de las personas mayores. Salir de esta crisis sanitaria no puede suponer volver a la fiesta del pasado sin haber aprendido nada, porque eso sólo nos garantiza que repetiremos los errores y pagaremos de nuevo unas consecuencias cada vez peores.

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