Es difícil valorar un momento histórico cuando se está viviendo y más aún, interpretar sus significados. Como muchas personas fuera de Catalunya, mis vivencias del primero de octubre fueron estar ante las pantallas de la televisión y el ordenador invadido por dos sensaciones contradictorias. Por un lado la indignación que te producía la acción violenta policial contra una población civil que ejercía un derecho democrático. Por otro, la satisfacción (y una cierta envidia sana), de que a pesar de prohibiciones, detenciones, amenazas y toda una campaña disuasoria, miles de catalanes y catalanas salían a la calle desafiando al poder. La mayor desobediencia civil colectiva de Europa en los últimos tiempos, la ha definido Jordi Cuixart. Y en frente estaba todo un Régimen del 78 en bloque, que no es poca cosa.

 El primero de octubre tiene muchos significados de los que se ha hablado estos años, pero hay uno que afecta a todo el reino de España y quizás no se ha valorado mucho, en especial fuera de Catalunya: fue la mayor derrota para el Régimen del 78. Nada ha vuelto a ser igual tras esa fecha, hay un antes y un después del primero de octubre. La victoria política fue para el soberanismo, el independentismo y el republicanismo catalanes. Una victoria frente a la que el poder recurrió a la única forma de ganar la batalla que tenía: la vía militar. Lo cual no demuestra fortaleza, sino debilidad.

Se debe reconocer que el Régimen del 78 supo vender bien su producto a pesar de todo el lastre que arrastraba: heredero de la dictadura, un marco jurídico-político construido en base a “de la ley a ley” con un sistema totalitario, el mantenimiento de las estructuras franquistas, que  fuesen sus élites quienes iniciasen la transición hacia la “democracia”, la ausencia de un proceso constituyente real, que el jefe de estado y cabeza visible de ese estado fuese el designado por el dictador… Pese a todo eso, una de sus capacidades fue la de pactar y absorber para su proyecto político a buena parte de las élites antifranquistas: la izquierda mayoritaria, el movimiento sindical, los nacionalismos catalán y vasco. Quedaron fuera algunos sectores minoritarios, sin voz en los grandes medios  y algunos, víctimas de oscuros montajes policiales y judiciales. El pacto con esa mesa de cuatro patas fue muy útil para los herederos del franquismo: con un cambio lampedusiano consiguieron mantener la hegemonía social de la que hablase Gramsci. Y no sólo eso, el experimento se vendía fuera con éxito: el paso pacifico de una dictadura a una democracia era un referente internacional.

 La crisis del 2008, económica y social, derivó también en institucional, y los movimientos sociales que nacieron con ella empezaron a cuestionarse el régimen, y plantearse unos esbozos de rupturismo. Pero a pesar del nacimiento de fuerzas  políticas que se reivindicaban de esos movimientos, todo quedó en balbuceos y nuevamente el R-78 fue capaz de absorber a esas élites. Hasta que la mesa de cuatro patas se derrumbó porque una de las patas rompió el mal llamado consenso: el catalanismo se fue al rupturismo. Y la expresión máxima vino con un referéndum al que tildándolo hasta la saciedad de “ilegal”, lo que hacen es negarse como democracia.

 El primero de octubre tuvo todas las características para producir espanto a un sistema como el del 78: una movilización democrática y de base, una amplia organización de sectores diversos, y aunque tímidamente, un planteamiento crítico y renovador ante unas democracias gastadas. Y todo eso era posible porque en el territorio catalán la hegemonía social había cambiado de bando. Lo contra-hegemónico, se había hecho hegemónico; Gramsci estaba vivo en Catalunya. Pues lo más atractivo del procés, no son los partidos, unos u otros liderazgos, las instituciones, sino toda una sociedad empoderada y organizada de diversas formas. Algo que fuera de Catalunya no se suele valorar y hasta se desprecia, incluso por quienes se reivindican de teórico italiano.

Además la “cuestión catalana” derribaba la buena imagen internacional del régimen, su idílica transición y mostraba otra realidad. Es digno de estudio sociológico como Carles Puigdemont ha sido linchado, convertido en enemigo número uno, casi presentado como el hombre del saco.

 Si en los inicios de la transición  fue el ruido de sables y el ejército los que ejercieron el papel de poder factico para conducir la transición según los intereses del deep state y las oligarquías económicas, ahora es el aparato judicial y las élites policiales quienes cumplen ese papel. Hasta tal punto se ha puesto en marcha esa maquinaria, que los encargados de combatir el primero de octubre poniendo rostro de “estado de derecho”, se han convertido en un poder que se enfrenta a las propias instituciones representativas que darían legitimidad al sistema.

 Una de las características de un régimen en descomposición o de un estado fallido, son los enfrentamientos entre propios sectores de ese régimen o del estado, aparte de una primacía del autoritarismo y la violencia. Ese es el escenario que tenemos en el tercer aniversario del primero de octubre. En el fondo, la llamada cuestión catalana, lo que ha puesto al descubierto es la “cuestión española”,  la decadencia de la que hablasen Ortega o regeneracionistas como Joaquín Costa.

 No deja de ser significativo que a escasas fechas del uno de octubre el president Torra  fuese inhabilitado; es la operación castigo de los tribunales de la inquisición. Y la represión sigue también contra otras personas y colectivos. El mensaje es claro, los rebeldes, hasta las cabezas dirigentes, pueden ser decapitados por la “autoridad”. El Régimen del 78, en descomposición y crisis profunda, ya no se comporta como un seductor, lo hace como un maltratador.

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2 Comentarios

  1. «Por un lado la indignación que te producía la acción violenta policial contra una población civil que ¿ejercía un derecho democrático.?»

    Votar es un derecho como lo es conducir pero la democracia requiere de reglas y la conducción también. Sin respeto a reglas que regulan la conducción se producen accidentes y sin respeto a las reglas que regulan la democracia se producen enfrentamientos que a menudo derivan en guerras.

    El 1-O unos partidos más cercanos al totalitarismo que a la democracia animaron a los catalanes a no respetar las reglas de tráfico y conducir contra dirección. Las autoridades tuvieron que intervenir obligando a los que conducían en contra dirección a respetar el código para evitar males mayores.

    Votar es un derecho, y conducir también. Pero en ambos casos hay que respetar las reglas, porque de lo contrario el tráfico es un caos y la democracia también.

    Como eslogan para engañar a la pobre gente lo de «votar es un derecho» o «votar no es un delitos» funciona, pero como argumento serio, es pura basura.

  2. Para que en una democracia se respeten las normas se respeten deben ser democráticas y deben respetar los más elementales Derechos Humanos como es el derecho de autodeterminación reconocido en el pacto de derechos civiles y políticos firmado incluso por España en 1977. Es pues el estado español quien viola la ley y la «norma». Pues sí, votar es un derecho y quien se opone a ese derecho está fuera de la democracia. ¿Partidos totalitarios? Yo recuerdo uno fundado por siete ministros de franco… ¿Sería posible en Alemania un partido fundado por siete ministros de Hitler? Lo de las normas, la ley, y el ejemplecito de los coches son mantras que pueden engañar a los aleccionados de la propaganda masiva, pero con lo que esta cayendo y se está conociendo, ya no cuela señor mío.

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