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Treinta y tres: una década

Francis López Guerrero
Profesor de lengua y literatura.
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Hace diez años el 33 fue el número que iban predicando por ahí brujos, supersticiosos y fetichistas para que nos tocara la lotería humana en el sorteo de la existencia. Comprar ese número, tenía premio seguro. 33 fue el número con rostro de la suerte y la solidaridad. El conjuro numérico contra cualquier mal. 33, la edad de Cristo, marcaba la salvación y la naturaleza y la sobrenaturaleza humana. 33 hombres como 33 soles enterrados en el subsuelo chileno y con la vida en ristre. Con la vida en carne viva y polvo. Cirugía plástica de las agallas. El misterio es trino, Dios es trino y se escondía esperanzado en un yacimiento de cobre. He aquí la teología subterránea y una blasfemia moderna. De la carpintería a la mina. Sin duda, Dios es un duro oficio. Estoy seguro de que en la pronta creación del mundo en seis días intervinieron las máquinas. No cabe otra explicación. Había que fabricarlo aprisa para venderlo rápidamente. 

33 mineros, 33 trabajadores con el mundo asqueroso de las apariencias encima y hurgando en las entrañas de la muerte con el punzón del ánimo y la subsistencia. The working class hero. Oye, tú, un gustazo lo del bilingüismo. Quizás así me entienda mejor la comunidad internacional.

Les niegan el trabajo digno a los trabajadores. Los sepultan vivos en aras del mercado. Les infligen las crisis y depresiones del sistema financiero. Mártires de los especuladores. Los despiden como si fueran maquinaria inservible. Les aplican recortes salariales para que los dueños del gran capital sigan percibiendo sus astronómicos beneficios. Las leyes son satélites del capitalismo como fuerza omnímoda. Pero en el útero laborioso de Chile 33 mineros, como 33 mensajes reveladores, estuvieron acorralando universalmente al egoísmo y a la indecencia de la economía contemporánea. Yo ya tengo mis héroes vitalicios a los que les tributo pleitesía y admiración, mientras la tribu tecnologizada y amaestrada se cree a pies juntillas las grandezas y heroicidades de Cristiano Ronaldo o de los últimos protagonistas de un reality show.Tan insulso resulta un tontorrón de pura cepa que el personal humilde alucinado con la fama y que ha olido como un tiburón perdido la sangre fresca del dinero fácil que hay detrás de los grandes medios de comunicación. 33 obreros, como 33 corazones de roca y dignidad, se erigieron como nuestros legítimos ídolos del siglo XXI. Habría que pagarles un dineral sólo por saludarlos. Me gusta jugar en el equipo de Albert Camus, porque siempre juega al ataque de la ética: El éxito es fácil obtenerlo, lo difícil es merecerlo. Y eso ya se encargan de amañarlo las tendenciosas industrias de la información. Los 33 mineros se estuvieron currando su éxito y se lo estuvieron mereciendo trabajando a destajo su humanidad sin aditivos culturales y sociales. En la mina San José de Chile trabajó a oscuras la buena suerte por los hombres valientes y de buena voluntad. En el desierto de Atacama se estuvo componiendo durante setenta días una nerudiana oda a la alegría, desnuda, húmeda, paciente, que ascendió a través de un cordón umbilical, dicen que fue una sonda, hasta nuestro esplendente reino de lo sostenible, porque los hechos se sostienen a duras penas: los magnates no se terminan de arruinar y los currantes de fortalecerse.

Aunque ya casi nadie hable de ellos, montaría escuelas con los 33 mineros ejerciendo de docentes para que les enseñen a los chavales el esfuerzo por ser, por salir, por ver la luz. Domar las horas ingratas del presente para que el futuro fluya. La vida, de entrada, se nos presenta como una chapuza complaciente, como una puñetera bazofia y a partir de ahí tenemos que construir la conciencia y lo poco que nos quede de primates inteligentes. No hace falta nada más para aprender. Los ordenadores, las pizarras digitales, el estudio como confort y juego y otras pamemas psicopedagógicas auspiciadas con fines electoralistas por los dirigentes políticos las guardamos en un pozo a setecientos metros de profundidad, muy lejos, en una mina del subsuelo chileno, por ejemplo. Organizaría consejos de ministros con los 33 mineros presidiendo, para que cuando se reunieran con el patrono y el banquero los mirasen a la cara y con una simple mirada les trasmitieran las penalidades y atropellos económicos a los que está sometida la clase trabajadora en este planeta. Eso es diálogo social parco y en toda regla. Al carajo la Utopía de santo Tomás Moro y todas las utopías igualitarias y democráticas que traen la imposición de una felicidad programada y en serie, con su euríbor y sus vanidades, las que pagamos en cómodas mensualidades.

Allí abajo, en el subsuelo de Chile, creció la vida como un milagro, que es de lo que se trata: un milagro diario al que perdemos de vista continuamente. Por aquí arriba, el cielo vestía de Armani y de dióxido de carbono. Sigue vistiendo igual, ahora también lleva mascarilla de diseño y una congoja muychic. Compramos y vendemos, que es nuestra única sabiduría. Nos excita la propiedad privada y consumimos la vida como pasmarotes teledirigidos. ¡Ah! y algún que otro día nos acojonan los aleteos de los mercados y las cifras de infectados y muertos por coronavirus.

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