Dicen los psicólogos y entendidos del comportamiento humano que los aplausos de las ocho de la tarde se han convertido en una suerte de catarsis contra la pandemia, una liberación para millones de personas que llevan semanas confinadas en sus casas. “La España de los balcones”, la llaman algunos, quizá con un exceso de metonimia, cuando no de fervor patriótico. Cada día a esa hora, a las ocho en punto, ni un segundo más ni un segundo menos, la gente sale a aplaudir a sus héroes (los esforzados sanitarios); los niños celebran fiestas de disfraces desde la distancia y cuelgan sus coloridos dibujos en las barandillas; y tiene lugar una especie de comunión o gran evento social en el que los vecinos se paran a charlar amistosamente, de balcón a balcón, para no perder eso tan humano que es la confraternización y la comunicación con los otros. A esa hora también sale a escena una troupe improvisada de artistas, músicos, cantantes y poetas, hasta hoy desconocidos, que ofrecen su arte a la sociedad altruistamente (unos con mayor fortuna que otros, todo hay que decirlo, aunque lo que cuenta es la buena voluntad).

De alguna manera, la reunión colmenera del atardecer contribuye a seguir manteniendo intactos los cimientos de la civilización humana y a evitar que caigamos en el pánico y en la ley de la jungla, que es lo que algunos buscan en sus sueños delirantes. Pero junto a esa España resistente y musical de los balcones, junto a esa España solidaria y alegre que lucha por no volverse loca en medio del desastre de la peste, de la reclusión y la tristeza, emerge también otra España no tan optimista y jovial, una España grosera, faltona, huraña y negra.

Aún no sabemos quiénes están detrás de esas ventanas y esos visillos inquietantes, aunque cabe suponer que personajes radicalizados políticamente y poseídos por el miedo a los contagios. Son voces guturales, gañidos primitivos y animalescos de gente que ha hecho del balcón su atalaya de rabia, su posición de tiro y su feudo inexpugnable al margen de la ley, de los buenos sentimientos y de la civilización. Se trata de una rara y nueva especie humana, un eslabón evolutivo que ha mutado en este futuro distópico que nos ha caído encima de buenas a primeras.

“Vete del barrio, rata contagiosa”, le espeta una de esas voces, uno de esos rostros en penumbra, a una enfermera que con lágrimas en los ojos llega por la noche del hospital, cansada y hundida, después de haber perdido a un puñado de desahuciados por el germen. “Iros con el virus a vuestro barrio”, le suelta una mujer escondida tras el telón de acero de sus cortinas a una madre que pasea de la mano con su hijo autista para que le dé un poco el sol. “Llévate la mierda de tu perro a otra parte”, recrimina una de esas terroristas idas de la azotea a un muchacho que no ha hecho más que sacar a su perro a la calle para que haga sus necesidades, tal como contempla la ley del estado de alarma.

Estamos hablando de una España de pandilleros de terraza que como aquellos locos guerreros de la carretera de la película Mad Max han decidido organizarse alrededor del código del odio y el rencor para imponer su santa voluntad y sembrar el pánico en el vecindario. En medio del caos surgen las bestias y toda esta gente empieza a recordar bastante a aquel personaje psicótico encarnado por Tim Robbins de La guerra de los mundos, la magnífica película de Steven Spielberg basada en la novela de H.G. Wells que trata sobre una invasión alienígena. Sobrecoge pensar en aquel tipo lunático de ojos desnortados que en medio del apocalipsis general, y en lugar de echar una mano a los demás en la defensa contra el enemigo común marciano, decide romper con todo, encerrarse en su madriguera y atrincherarse con una escopeta para hacer frente a todo aquel que pretenda robarle la comida o el agua. Los defensores de las armas brotan estos días como setas, de tal modo que aquel Robbins de la cinta spielbergriana se parece mucho a algún que otro político en activo amante del rifle de repetición.

Afortunadamente, todos esos violentos de los balcones, todos esos francotiradores del insulto y la insolidaridad, son una minoría, simples anécdotas desagradables en medio de la inmensa lección que cada tarde, a las ocho en punto, dan millones de espíritus luchadores contra la epidemia. Más allá de la política, de las consecuencias sanitarias de la enfermedad y de los acontecimientos para la historia, en esos balconcillos va a quedar lo mejor y lo peor de un pueblo: la nobleza y la valentía frente a la mala educación y el carácter incívico y totalitario. Quizá, una vez más, las dos Españas. No nos dejemos amenazar por el bravucón del mirador o ventanal. Hoy por hoy, y aunque parezca imposible en medio de la anarquía económica y social, sigue habiendo jueces y policía. La solución contra el pirado o iracundo es bien sencilla: un teléfono y al 091.

2 Comentarios

  1. se te han olvidado las insolidaridad, las groseras y los fascistos. Que te vas a llevar una reprimenda de tus amos

  2. Fascisto, ¿qué hace un personaje como tú en un barrio como éste? ¿Estás de visita o tus amos te castigan sin mamandurrias si no troleas? ¡Ah! Que ellos mandan en tu hambre. Disculpa, entonces.

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