HISTORIA 1:

Aquel día volvían los cinco del parque de atracciones. Sus padres habían tenido problemas económicos, y hacía tiempo que no podían realizar una actividad tan especial como aquella. Estaban felices. Pablo, de tres años, se había quedado dormido, agotado. Laura, su protectora hermana de cinco años, le acariciaba la mejilla mientras Daniel, de diez años, jugaba con el móvil de papá. Iban comentando animadamente las atracciones que más les habían gustado, cuando… ¡¡¡¡¡CRASH!!!!! Papá murió en el acto. Mamá pudo girar levemente el cuello para ver que Pablo ya jamás despertaría de su sueño, acariciado eternamente por Laura. A Daniel ya no pudo verlo, perdió la conciencia. Daniel, que había salido despedido por el parabrisas, acababa de quedarse solo en el mundo. SOLO.

Aquel día, Alberto y sus amigos iban a celebrar que por fin se habían licenciado. Bebieron como preámbulo de la juerga. Murieron dos de ellos. Alberto salió milagrosamente ileso. Acababa de matar a una familia prácticamente al completo. Jamás lo superó. Esas muertes fueron su negra sombra, hasta el final de sus días.

HISTORIA 2:

María era gran amante de los animales, y sobre todo de sus dos perros. Aquella mañana había madrugado para llevarlos a la playa. Empezaba el buen tiempo, y ver el amanecer desde la arena, con sus dos fieles amigos persiguiendo las olas del mar, era un auténtico placer. Iba escuchando música, con las ventanillas abiertas para sentir la brisa salada de la playa, cada vez más cercana. Pensaba en su madre, que le había prometido que a mediodía le habría hecho un menú especial por su cumpleaños. Ese día estrenaba sus veinte. Sonreía relajada mientras conducía, cuando… ¡¡¡¡¡CRASH!!!!! Tardaron más de dos horas en poder sacarla del amasijo de hierros punzantes. Sobrevivió, pero la tetraplegia sería su nueva compañera de viaje. Uno de los perros murió. Al otro nunca lo encontraron. Nunca dejaron de buscarlo.

Ramón era un hombre de éxito, trabajador, de un alto poder adquisitivo. Podía pasar largas horas sumido en sus proyectos, su prioridad era triunfar siempre en cada uno de ellos. Pero lo que nadie sabía era que, para mantener tal ritmo de vida, necesitaba ineludiblemente consumir una serie de sustancias que hacían de él esa persona que muchos consideraban digna de ejemplo. Esa mañana volaba hacia su despacho. El coche, de alta gama, daba mucho de sí, y la velocidad era uno de sus placeres. La combinación de cocaína y potencia fue letal. Se salió de la vía. Estuvo tres meses en coma. Su mujer y sus dos hijos vivieron un auténtico calvario. Finalmente murió.

HISTORIA 3:

Lidia tenía doce años. Aquel día se dirigía preocupada a la escuela. Les iban a dar las notas y no sabía si finalmente habría aprobado las matemáticas. Mamá y papá se habían divorciado ese año, y ella quería darles una alegría con sus resultados. Se había esforzado, pero con todo lo sucedido, la concentración no había sido siempre la deseada. Llegaba puntual, como cada mañana. Cuando empezó a caminar por el paso de peatones que desembocaba en el colegio… ¡¡¡¡¡CRASH!!!!! Murió en el acto. Muchos de sus compañeros lo vieron todo. Su tutora también.

Aquella mañana Aurora estaba extremadamente enfadada con su pareja. Habían discutido, y la discusión seguía a través del móvil. Los reproches eran continuos, y el Whatsapp la herramienta para llevarlos a cabo. Aurora conducía un pequeño y viejo coche. Aquello que lucía más nuevo era el cómodo soporte para el móvil que llevaba colocado en el salpicadero. Iba escribiendo por Whatsapp mientras, de forma más o menos atenta, circulaba por el asfalto previo a la zona escolar. Tenía que decirle a su marido, urgentemente, que era un impresentable, y por ello apartó la vista de la calzada. El parabrisas quedó completamente destrozado cuando el cuerpo de aquella niña que estaba cruzando, quedó incrustado en él. Aurora fue juzgada. Tuvo que pasar un tiempo en prisión, aunque la mayor prisión que sufrió fue ese sentimiento de culpa que jamás la liberó.

LA HISTORIA EN COMÚN:

Todos podemos formar parte de cualquier historia similar a las relatadas. Muchos forman parte de historias demasiado parecidas a las relatadas… Podemos formar parte como víctimas, y podemos formar parte como verdugos. Sí, como verdugos. Verdugo es aquel que, habitualmente, excede la velocidad límite, hasta el punto de pitar al coche que lleva delante, o hacerle luces, para que también la exceda. Verdugo es aquel que decide que su diversión va por delante de todo lo demás, y del hecho de que beber alcohol y/o drogarse forme parte de dicha diversión, para después conducir. Verdugo es aquel que sabe que su vista ya no es la que era, que sus reflejos han menguado, y que aun así sigue conduciendo porque es más cómodo que ir en transporte público. Y hay muchos estilos más de verdugo. Los hay que sienten que la vida ya no tiene razón de ser y deciden dejarla en la carretera, pero con su suicidio se llevan otras vidas que sí que querían seguir respirando el aire de los días. Verdugo es aquel que decide que puede mirar el móvil sin provocar accidentes, porque cree conducir mejor que nadie. Verdugo es aquel que hace eternas jornadas laborales que lo agotan, y aun sabiendo el peligro que eso conlleva, conduce cuando el cuerpo ya no responde como debiera. Verdugos son aquellos que obligan a sus camioneros a viajar en condiciones extremadamente inadecuadas, conductores de autocar que no son conscientes de las vidas que tienen en sus manos, etc. Hay muchos verdugos. Los accidentes fortuítos existen, es cierto. Y evidentemente, por desgracia, hay muchos accidentes que no son culpa de nadie, porque son eso, ACCIDENTES. Pero la mayoría de esos asesinos siniestros de los que nos informa detalladamente la DGT, se deben a imprudencias, y las imprudencias son EVITABLES. Esos “accidentes” son atentados a la vida, tanto a la propia como a la ajena.

Víctimas. Víctimas son todos esos niños que mueren aplastados por la irresponsabilidad de esos verdugos. Víctimas son esos trabajadores que madrugan y se cruzan con esos coches que regresan de salir de juerga. Víctimas son esos padres y madres, abuelos y abuelas, que dejan a sus pequeños solos en el mundo. Todos, todos podemos ser víctimas. Cualquier persona, cualquier perfil, cualquier edad. Cualquier ser, nuestros perros y gatos. Todos podemos caer ante el paredón de esos verdugos que anteponen muchas cosas, por delante de la seguridad LÓGICA Y OBLIGADA.

Normalmente, para hablar de accidentes de tráfico, se habla de números. En el año 2018 murieron 1.180 personas en “accidentes”, y lo digo entre comillas, aunque resulte duro. Murieron 1.180 personas, de las cuales 135 fueron peatones atropellados. Además, hubo 4.515 personas heridas de gravedad. Una persona herida de gravedad puede ser una persona que quede en coma, paralítica, tetrapléjica, etc. Una persona herida de gravedad, según sean las secuelas, puede resultar una persona que se sienta muerta en vida. El 80 por ciento de conductores fallecidos eran hombres. Las salidas de vía y los choques frontales son la mayor causa de siniestralidad en la carretera.

Podría seguir hablando de números, podría enumerar los muertos y heridos que ya hay este 2019. Podría dar mil detalles al respecto, porque la DGT permite que accedamos a todos estos datos, permite que nos demos cuenta que de muchos de nosotros dependen las vidas de otros, y que de muchos otros dependen las nuestras propias.

Nada es más importante que la vida de esos niños, de esos padres, de esos ancianos, de esos hombres y mujeres, nada. Nada es más importante que un miserable móvil. Nada es más importante que la prisa por llegar a casa o al trabajo. Nada es más importante que el placer que a algunos les provoca la velocidad. Nada es más importante que el alcohol, que las drogas. Nada es más importante que la música, que el bocadillo que uno no se ha podido comer en casa, que fumar o beber agua durante el trayecto. Nada es más importante que evitar el transporte público si uno no posée las condiciones necesarias para conducir. Nada es más importante que invertir en la seguridad del coche o de la moto, por delante de muchas cosas superfluas. Nada es más importante… Pero este año, de nuevo, la DGT dará unos números al cerrar 2019. Y resulta que nada es más importante que darse cuenta que, tras esos números, hay nombres, hay personas, hay familias enteras que hacen que el número de víctimas indirectas se multiplique exponencialmente. Nada, nada es más importante. Evitemos esos siniestros, esos “accidentes” que, aunque quizás no sea políticamente correcto decirlo, son prácticamente provocados. Tras el volante, NADA ES MÁS IMPORTANTE.

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