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Transfuguismo en España: la historia de una vergüenza

Decenas de tránsfugas han pasado por la política española desde la Transición

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De una forma o de otra, el transfuguismo ha escrito algunas de las páginas más abochornantes de nuestra joven democracia. No han sido pocos los escándalos que se han sucedido con una precisión matemática desde la Transición hasta hoy. En 1987 el vicepresidente de la Xunta de Galicia, Xosé Luis Barreiro, abandonaba Alianza Popular y tras fundar un partido de corta existencia, la Unión Demócrata Galega, recaló en Coalición Galega. Ya en este partido, apoyó la moción de censura presentada por el socialista Fernando González Laxe, que desalojó de la presidencia al popular Gerardo Fernández Albor. El genial escritor Manuel Vázquez Montalbán relató como nadie aquel lance político en las páginas de El País: “Estoy cenando con Xosé Luis Barreiro Rivas, el hombre que pudo reinar en Galicia y acabó en los tribunales, en uno de los ajustes de cuentas más taimados que ha presenciado la Transición española. Exseminarista, progre, parado, Barreiro consiguió un cargo administrativo en Alianza Popular y llegó a ser el verdadero presidente de la Xunta mientras Fernández Albor leía revistas ilustradas y ordenaba al camarero: Sírvales unos cafés a estos chicos”.

En 1989, el líder de la oposición en Madrid, Alberto Ruiz Gallardón (PP), presentaba una moción de censura contra el presidente Joaquín Leguina (PSOE) en complicidad con el CDS. El diputado popular Nicolás Piñeiro abandonó la formación política y creó el Partido Regional Independiente de Madrid, sin abandonar su escaño y absteniéndose en la moción de censura, lo que permitió la permanencia de Leguina al frente de la Comunidad de Madrid.

Célebre fue el caso de transfuguismo que en 1991 persiguió a Eduardo Zaplana, que llegó a la alcaldía de Benidorm gracias al voto de la tránsfuga del PSPV-PSOE, Maruja Sánchez, en 1991. A partir de aquello, la carrera de Zaplana fue meteórica, desde presidente de la Generalitat Valenciana a ministro de Trabajo con Aznar y hoy triste encarcelado por turbios asuntos de corrupción. El periodista Edu Bravo, de Vanity Fair, relata así aquel hito del transfuguismo patrio: “Durante años, a Eduardo Zaplana se le llenó la boca con eso de que en el Partido Popular no promovemos el transfuguismo. No se sabe si lo promovió o no, pero el hecho es que, cuando una concejala del Partido Socialista lo abandonó para pasarse al Grupo Mixto, Zaplana aprovechó la coyuntura para registrar una moción de censura contra el Gobierno municipal del PSOE y postularse como candidato a la Alcaldía de Benidorm. El del PP, que se había quedado a un solo voto para poner a su alcalde cuando se celebraron las elecciones, no tuvo mucho problema en sacar la moción adelante gracias al voto de esa tránsfuga socialista”.

Los años noventa culminaron con otros dos escándalos más. En Aragón, en 1993, triunfó una moción de censura contra el entonces presidente de la comunidad Emilio Eiroa, del PAR (que gobernaba con el apoyo del PP), gracias a los votos del PSOE, Izquierda Unida y el tránsfuga del PP Emilio Gomáriz. Y en Ceuta, en el año 1999, la deserción de Susana Bermúdez, miembro de la Asamblea de Ceuta por el PSOE, permitió el acceso del GIL al Gobierno de la ciudad autónoma.

La primera década del nuevo milenio no cambió las cosas. Al contrario, los casos de transfuguismo se siguieron repitiendo a un ritmo aún mayor. La película de traiciones y compra de voluntades continuó con el que quizá sea el caso más célebre de nuestra historia reciente. En la Comunidad de Madrid, en 2003, los diputados autonómicos Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, militantes del PSOE, impedían el acceso al poder del socialista Rafael Simancas y provocaban la disolución anticipada de la Asamblea de Madrid (lo que abrió el paso a la popular Esperanza Aguirre). Fue el “tamayazo”, un concepto que ha arraigado en la cultura española y que a partir de aquel momento alcanzó el rango de nueva palabra con significado propio, hasta tal punto que hoy, cuando estalla algún caso de transfuguismo, de inmediato aparece el inevitable término en los titulares de prensa.

Justo una década después, el diario digital Infolibre publicó declaraciones en exclusiva de Sáez en las que quedaban al descubierto los tejemanejes y miserias humanas de aquella oscura operación. “Cuando Tamayo me dijo ‘mira, Maite, no vamos a votar la Mesa, nos vamos a salir de la Asamblea’, acepté porque entendí que era el momento de plantarse ante una situación verdaderamente injusta e insoportable en la Federación Socialista Madrileña. Me engañaron. Manipularon mi descontento y nunca se atrevieron a decirme quiénes estaban detrás de todo esto. Cuando empecé a dudar de Balbás y Tamayo, ya era tarde para volver. Me convirtieron en una traidora sin haber pactado nada con nadie, sin haberme vendido”, declaró la exdiputada bajo sospecha.

Con el paso del tiempo, los episodios se suceden a velocidad de vértigo. En Cataluña (2009), el diputado autonómico José Domingo Domingo dejó la militancia de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, pero no su acta como diputado. Igualmente, en Badalona (2012), el regidor David Gómez Villar dimitía de las filas del Partido Popular pero manteniendo su escaño. En la localidad sevillana de Guillena, año 2015, Javier Pisonero, concejal por Guillena Sí se puede, permitió la continuidad en el poder local del candidato socialista Lorenzo Medina. Por no citar casos como el de Cartagena (2019), donde Ana Belén Castejón, concejala del PSOE, pactó un Gobierno de coalición con Ciudadanos y PP tras haberle dejado clara la dirección regional del partido su negativa a este pacto, que tenía como fin evitar la alcaldía de José López Martínez, candidato de MC (Movimiento Ciudadano de Cartagena) que había ganado las elecciones. Castejón y sus 5 concejales fueron expulsados del PSOE, pero mantuvieron sus cargos en alcaldía y concejalías. Y el pasado año, en Santa Cruz de Tenerife, Evelyn Alonso, concejala por Ciudadanos, pactó con Coalición Canaria y Partido Popular una moción de censura para sustituir en el cargo a Patricia Hernández, alcaldesa por aquel entonces.

La lista del transfuguismo patrio es larga, tanto como pícaros y arribistas de la política hay en España, que son legión. El mal ha afectado a todas las instituciones, ni siquiera el Congreso de los Diputados o el Parlamento Europeo han quedado libres de disidentes que se rebelan contra el partido que les da de comer. En 2020, la diputada por Coalición Canaria (CC) Ana Oramas decidía votar no a la investidura de Pedro Sánchez (PSOE), desobedeciendo las directivas acordadas unánimemente por su partido. Su movimiento no tuvo repercusión práctica, pues la investidura salió finalmente adelante. En cuanto a los organismos políticos de la UE, también hasta allí ha llegado el seísmo que provocan los movimientos transfuguistas. En 2016, Teresa Giménez Barbat, eurodiputada de UPyD, abandonaba la formación sin renunciar a su acta de eurodiputada y se integraba en la delegación de Ciudadanos en el Parlamento Europeo.  

Uno de los grandes rostros de la política española, Rosa Díez, también ha evolucionado ideológicamente, pasando de un partido a otro aunque sin caer en lo que se conoce técnicamente como transfuguismo. Tras años en el partido socialista, fundó, junto a otros intelectuales como Fernando Savater, la Plataforma Pro. La agrupación finalmente cristalizó en Unión, Progreso y Democracia (UPyD), cuya portavoz fue la propia Díez. La ex del PSOE llegó a ser cabeza de lista al Congreso de los Diputados por la circunscripción de Madrid en las Elecciones Generales del 9 de marzo de 2008. El proyecto se presentó como alternativa a los dos grandes partidos nacionales de España, PP y PSOE, para, según Díez, regenerar la política española, limpiarla de corrupción y plantear una reforma integral de la ley electoral.

En mayo de 2015, Díez anunció que no se presentaría a la reelección como líder y portavoz de UPyD tras los malos resultados en las elecciones autonómicas y municipales. Pero su trepidante evolución ideológica desde el socialismo hasta posiciones conservadoras no iba a quedar ahí. Tras las elecciones de abril de 2019, Díez apoyó una coalición electoral entre el PP, Ciudadanos y Vox en toda España porque en su opinión “no hay nada más reaccionario que los bolivarianos, los supremacistas, los proetarras y quienes les apoyan o se apoyan en ellos para gobernar”. Incluso ha llegado a participar en un acto organizado por el PP en el Congreso de los Diputados bajo el título “Españoles en defensa de lo común”,donde diosu apoyo a la coalición España Suma impulsada por el líder del Partido Popular, Pablo Casado. El tránsito de Díez hacia el PP se consumó cuando acudió como invitada a un mitin del Partido Popular celebrado en Barcelona y pidió el voto para Casado como única forma de frenar el socialismo podemita de Pedro Sánchez. Para entonces ya no quedaba nada de la Díez del puño y la rosa y cuando se le escucha hablar da la sensación de que ha sido de derechas de toda la vida. Así son los tiempos líquidos que vivimos. Y quizá por eso Alfonso Alonso, exministro del PP, ha criticado el camaleonismo político de Díez al asegurar que tiene “una personalidad muy versátil”.

Un actor de método

Pero sin duda, de todos los casos y escándalos registrados últimamente, uno de los más sonados y paradigmáticos ha sido el protagonizado por el ex portavoz de Ciudadanos en las Cortes Valencianas, Toni Cantó, quien el pasado 25 de marzo informaba a los medios de comunicación de que decidía poner fin a su etapa en el partido naranja para integrarse como independiente en la candidatura de la popular Isabel Díaz Ayuso, la controvertida presidenta de la Comunidad de Madrid. La dirección nacional de Pablo Casado confirmó el fichaje, que enmarcó en su nueva estrategia de ensanchar el centro, reagrupar a las derechas y captar a la mayor cantidad posible de simpatizantes, afiliados y cargos de Ciudadanos, un partido en abierto proceso de descomposición tras las últimas elecciones catalanas, donde cosechó un rotundo fracaso, y tras la polémica moción de censura de Murcia. El terremoto murciano ha venido a demostrar que el fenómeno del transfuguismo tiene mucho que ver con la crisis galopante que viven los partidos políticos como entidades de representación democrática. Cuando un barco se hunde, tal como le está ocurriendo a Cs, cunde el sálvese quien pueda y muchos militantes y cargos de relevancia, temerosos de perder el sueldo oficial y su cuota de poder, transmigran a otros partidos tratando de conservar su estatus y su retribución salarial. Por tanto, el hundimiento de las organizaciones políticas, tanto de izquierdas como derechas, supone de alguna manera el fracaso mismo del sistema.

El caso de Toni Cantó es simbólico. Hablamos de un hombre que ha encabezado la corriente de disidentes contra la actual directiva encarnada por Inés Arrimadas, quien en los últimos tiempos ha tratado de hacer virar el partido hacia el centro para desmarcarlo del Trío de Colón, aquella infame alianza de PP y Cs con la extrema derecha franquista impulsada en febrero de 2019 por Pablo Casado, Albert Rivera (en aquellos años presidente del partido naranja) y Santiago Abascal. El golpe de timón a la izquierda de Arrimadas, que contemplaba llegar a acuerdos con el Gobierno de Pedro Sánchez, no gustó al sector duro de Ciudadanos, entre ellos Toni Cantó, partidario de mantener un cordón sanitario al sanchismo y de reforzar el frente común de las derechas, siguiendo con la tradición riverista. Desde que Arrimadas se hizo cargo del proyecto, las disensiones, intrigas y refriegas internas han sido constantes y solo faltaba la chispa que desencadenara la implosión controlada de un partido al que no pocos analistas políticos han colgado la etiqueta de sucursal, filial o marca blanca del PP. Las cargas de profundidad para dinamitar Ciudadanos estaban colocadas y solo faltaba que algo encendiera la mecha: ese algo fue la fallida moción de censura de Murcia.

Tras el fiasco del pacto PSOE/Ciudadanos para derrocar al murciano López Miras (y la posterior réplica en Castilla-León, donde fracasó una segunda moción contra el PP), los acontecimientos se precipitaron. Isabel Díaz Ayuso vio el momento perfecto para convocar elecciones anticipadas y revalidar su liderazgo en Madrid tras alegar que había perdido la confianza del socio preferente, el arrinconado y defenestrado Ciudadanos. Ni siquiera las voces en contra de los más prestigiosos epidemiólogos han servido para convencer a la lideresa castiza del riesgo que supone convocar unas elecciones en este momento. La operación para fagocitar Ciudadanos y reducirlo a la nada estaba en marcha. Sin duda, PP y Vox habían pactado la liquidación del partido fundado por Rivera para robarle el caladero de votos, de militantes y de cargos públicos. Un inmenso trasvase desde el centro al proyecto de Pablo Casado para la reagrupación de las derechas (contando también con el ultranacionalismo radical de Vox).

Toni Cantó no es sino una pieza más en esa vasta operación de transfuguismo de decenas de políticos y votantes hacia el embrión de España Suma con el que sueña el presidente del PP y líder de la oposición. La evolución ideológica acelerada que ha sufrido el ya exdiputado de Ciudadanos confirma que el mal del tránsfuga es un cáncer que amenaza la democracia española. En los últimos años, Cantó se había revelado como el gran azote de la corrupción del PP, incluso llegó a ser portavoz de la Comisión de Investigación sobre la financiación ilegal del PP y suscribió el documento de Cs en el que se concluía que el partido de Casado disponía de una contabilidad sin declarar a Hacienda, repartía sobresueldos y manipulaba adjudicaciones y contratos con empresas privadas para obtener ingresos en negro con los que concurrir dopado a las elecciones.

Hoy el actor de la serie 7 vidas hace de tripas corazón y la vista gorda ante todos los desmanes cometidos en Génova 13 y ficha sin ningún remordimiento de conciencia por el partido de la gaviota. Incluso han trascendido los pormenores de su fichaje y cómo se reunió con Díaz Ayuso, en privado, tres meses antes de la convulsa moción de censura de Murcia que desencadenó el tsunami político de Ciudadanos. También se ha sabido que en aquella reunión secreta él y la presidenta madrileña comieron el menú del día, concretamente un plato de lentejas, en un despacho oficial. El viejo dicho castellano de “contigo pan y cebolla” se transformó pues en “contigo pan y legumbres” y aunque Cantó dejó claro que le daba igual ir en las listas del PP a las elecciones madrileñas, ya que se sumaba al Partido Popular en calidad de independiente, lo cierto es que todas las informaciones apuntan a que va a ser una pieza importante en el engranaje del futuro proyecto casadista.

Es Toni Cantó un claro caso de multirreincidencia transfuguista, ya que en más de catorce años de carrera política tras abandonar el oficio de actor ha pasado por cuatro partidos diferentes: Vecinos por Torrelodones, Unión Progreso y Democracia, Ciudadanos y ahora el Partido Popular. La noticia de su fichaje por el PP removió las aguas en plena precampaña electoral y la candidata de Más Madrid Mónica García ironizó al preguntarse “cuántos quesitos más del Trivial va a ir acumulando Toni Cantó”, de quien dijo “ha aterrizado en Madrid como el resto de turistas que vienen de borrachera y lo hace de mano de una empresa criminal [el PP], como dijo él”. Cuesta trabajo creer que el hombre que durante años fue el gran azote del centro derecha contra las políticas corruptas del PP haya recalado finalmente en ese mismo partido al que ha tratado como una epidemia contagiosa de coronavirus.

No hay más que irse a la hemeroteca para comprender que el famoso actor y diputado naranja ha estado jugando al cálculo personal y al oportunismo pese a sus encendidos discursos sobre la regeneración. Ahí van unas cuantas perlas: “Ciudadanos tiene el mejor programa frente a la corrupción y la ineficacia del PP”; “Los que quieran seguir votando a un partido que no luche contra la corrupción, que voten al Partido Popular»; “Ustedes han pervertido la democracia y han hecho un daño incalculable a nuestro país y sus instituciones (sobre el escándalo de los papeles del extesorero popular Luis Bárcenas); “Yo no soy como el PP que pactó con el PSOE. El PP ha pactado con el PSOE ocultar las conclusiones de la comisión de las cajas de ahorro y ocultar la comparecencia del expresidente Rajoy a cambio de que el doctor Sánchez no vaya a explicar su tesis fake”; y la última y más sonrojante de todas: “Da vergüenza ver lo que hizo el PP en la Comunitat Valenciana”. Hoy, Toni Cantó no se muestra tan severo y exquisito con las corruptelas del partido fundado por Manuel Fraga y va mendigando un puesto en las listas de candidatos de Isabel Díaz Ayuso a las elecciones autonómicas. Finalmente, le ha caído el quinto puesto, lo cual no está mal.

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