Título: Traición. Autor: Harold Pinter. Versión y traducción: Pablo Remón. Dirección: Israel Elejalde. Intérpretes: Irene Arcos, Raúl Arévalo y Miki Esparbé. Pianista: Lucía Rey. Escenografía: Monica Boromello. Diseño de vestuario: Sandra Espinosa. Iluminación: Paloma Parra. Producción: Víctor Hernández. Teatro. Pavón/Kamikaze (Madrid).

La cultura responsable es segura. El teatro responsable es seguro. Los gestores del Pavón/Kamikaze son responsables y valientes y han abierto, con todas las medidas de seguridad, el teatro. Sobre el escenario una obra setentera, Traición, de Harold Pinter, el dramaturgo británico, premio Nobel de Literatura en 2005, considerado el máximo exponente del arte dramático inglés de la segunda mitad del siglo XX. La obra es teatro de la palabra, esencia del diálogo, conflicto sin drama, traición sin problema y engaños sin traumas.

Es todo un guiño este de volver a la banalidad normal con el teatro de Harold Pinter y una obra muy propia de su estilo de espacios cerrados, con pocos personajes, donde es importante el silencio, el lenguaje elusivo y el ambiente alienante, aunque bien envuelto en el colorista celofán del humor. Es el estilo “pinteresco”, del que la Academia Sueca dijo, cuando le concedió el Nobel, que “Devolvió el teatro a sus elementos básicos: un espacio cerrado y un diálogo impredecible, donde la gente está a merced de cada uno y las pretensiones se desmoronan […] descubre el precipicio que subyace en las diarias cuestiones cotidianas y fuerza la entrada a los cuartos cerrados de la opresión”.

En este “teatro de la inseguridad”, heredero del absurdo de Samuel Beckett, Eugène Ionesco y Jean Genet, las obras de Pinter se trufan de fantasías, obsesiones, celos, odios, engaños y traiciones, y se sustentan en personajes con estrecha perspectiva vital que suelen fracasar en su comunicación. Todo ello se sustancia en unos prodigiosos diálogos tan minimalistas a veces, que parecen insignificantes, reticentes, evasivos o contradictorios, pero que esconden intimidaciones, advertencias, riesgos, inseguridades y un vitalismo individualista y superficial. En general la obra de Pinter es mezcla de realismo y misterio y carece de un explícito mensaje moralizante; sin embargo, sí tiene un poso de crítica que deja ver las contradicciones la sociedad burguesa y el mundo amenazante y violento que nace de la propia naturaleza humana.

Creo que Israel Elejalde, dirigiendo Traición, se ha metido bien en el cuerpo y el alma de Pinter, algo que no es fácil y en esta obra con su narración retrospectiva, menos. La pieza, escrita en 1978, sitúa la acción en esa misma época. El argumento, aparentemente simple, es el de un triángulo típico de amores y engaños entre dos hombres y una mujer, que se va enredando por la inacción y la inconsciencia de sus personajes. Lo interesante es que Pinter inicia la obra por el final de la acción y hace un recorrido partiendo de las consecuencias para ir llegando a las causas. Es un viaje retrospectivo de nueve años, entre 1977 y 1968, a través de nueve escenas,  en el que se va a ir mostrando mediante el diálogo, generalmente entre dos, cómo los tres personajes se han ido enredando en un ovillo de traiciones. Se traiciona el amor, la amistad, la relación de pareja, el matrimonio, pero no solo de los personajes presentes en el escenario, sino también de otros que se evocan. Es un conflicto descriptivo donde, aunque todos terminan sabiéndolo, parece no pasar nada, es como si ese mundo inane estuviera bien hecho. El ambiente gélido de la escena inicial nos adentra en los diferentes estadios por los que pasan las relaciones. Es muy importante en ese modo de narrar hacia atrás, en esa cronología invertida que utiliza Pinter, el suspense y la capacidad de sorpresa que se logra. Todo nos recuerda en las maneras a El túnel, de Ernesto Sábato, o a Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. El espectador en la primera escena ya sabe lo que sucedió, y luego todo lo que es el nudo se centra en saber cómo ocurrió.

El título mismo ya esboza el tema de la obra. El eje es la doble vida de la galerista Emma, casada con Robert y que durante años ha mantenido una relación sentimental con Jerry, agente literario y el mejor amigo del marido. Pero aunque no aparezcan en escena, todos llevan una doble vida. Todos se engañan y engañan a otros. Y si me apuran, los dos personajes masculinos, engañan más que la mujer; Jerry y Robert no sólo traicionaron a sus respectivas esposas, sino también su amistad y sus ideales de juventud. Sin embargo no hay que fijar el ojo solo en las infidelidades, pues bajo esa capa de diálogos banales, tópicos cotidianos y dar la sensación de que se hace la vista gorda, se muestra la imagen cruda que desenmascara una burguesía acomodada, superficial y decadente. En el fondo, Traición es una historia triste y pesimista, donde fracasa el valor de la verdad, la amistad y el amor de unos personajes contenidos, miedosos y conformistas, que aparentan indiferencia ante los sentimientos y las pasiones. Lo que también percibimos es que bajo esa falsa apariencia y esa pose progresista e intelectualoide de los personajes se esconden personas llenas de prejuicios (incluida la violencia machista) y el menosprecio de la mujer.

Con una austera escenografía que nos recuerda el mobiliario de los setenta,  unos figurines en los que nos vemos retratados quienes usábamos pantalón acampanado y una iluminación muy bien pensada, Israel Elejalde dirige a los actores con la precisión de un director de orquesta que marca con potencia y efecto entradas, salidas y silencios, ¡muy importantes los silencios! Ha logrado un equilibrio magnífico entre los tres actores y logra un “tempo” que se desliza sin sobresaltos.

El excelente trabajo de los intérpretes nos deja un Raúl Arévalo excelso, que encarna a Robert, es el más pinteriano de los personajes, con ese saber y parecer no saber, decir y guardar y siempre sin inmutarse. Miki Esparbé, dando vida a Jerry, compone de maravilla un personaje arriesgado y dinámico del que se espera alguna acción volcánica pero que es capaz de no entrar en erupción. Irene Arcos, como Emma, maneja el juego escénico a la perfección, es el centro y se desempeña con la ventaja de saberlo y lo hace a pedir de boca.

Mención especial merece la inclusión de la música en directo con la pianista Lucía Rey, es como un personaje más que está ahí y contribuye a subrayar momentos clave, siempre acertada y oportuna y muy bien administrada por el director.

Un aplauso sentido merecen los Kamikaze, el director y los actores por el excelente trabajo que hacen con Traición y por abrir las puertas de un teatro que es cultura, es responsabilidad y es trabajo para la profesión. Quien pueda ir que no se la pierda.

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