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Trague usted

David Márquez
David Márquez
Escritor de artículos y ficción. Colabora con diversas publicaciones periódicas y ha publicado: ¿Y? (microrrelato) y DAME FUEGO (el libro) (microrrelato, poesía y otros textos), ambos trabajos inconfundiblemente en línea con el pensamiento y estilo que manda en sus artículos, donde muestra su apego a la libertad total de ideas, a lo humano y analógico, siempre combativo frente a cualquier forma de idiotez. amazon.com/author/damefuego
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análisis

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¿Lo ven? Pues si pudieran ustedes olerlo, se indignarían, estoy seguro, con la fragancia corrosiva de esta bazofia recién pagada en el súper donde «piensan por mí». Durante la escena, mi pituitaria ha sido objeto de una agresión química con reminiscencias de aquellos escapes de fábrica textil, como poco, tan propios de un arrabal de los ochenta del pasado XX. A esto llamo yo producto de «crisis alimentaria», de base.

Sin contemplaciones ni remordimientos, y tras fallido conato de masticar una muestra, mi sentido común apuntó al cubo de la basura (y les aseguro que aquí no se tira ni una miga de pan) como única salida, porque mi experiencia vital (cada uno tiene la propia), y no la de algún especialista o experto con especialidad de nuevo cuño, así lo avaló, y obedecí, ya lo creo, mi ciencia mediante, depositando la cosa en el mencionado cubo. ¿Temeroso del «peligro»? ¿Hipocondríaco ante lo «malo»? Ni mucho menos. Descarto discurrir sobre la posibles reacciones que tal ingesta habría desencadenado en mi aparato digestivo, pero, de ser lo suficientemente influenciable como para masticar (a la fuerza) este par de sandalias, dudo que me hubieran «sentado bien». Y si la vista y el olfato y mi experiencia (escarmiento total) me lo dicen todo, ¿qué experto podría convencerme para que tragase (en todo sentido: su idea y la cosa)? Y, por encima de esto, ¿por qué habría de hacerlo? Ni siquiera tras una análisis de muestras más certificación podrían convencerme.

«La mejor medicina es el alimento», aseguraba Hipócrates dos mil y pico años atrás. Y buena razón llevaba el padre del juramento que lleva su hombre, y buena falta les hace a los expertos leer a los clásicos más a menudo, o una vez en la vida. Visiten los museos y lean a Homero y Platón. Allí descubrirán músculo, ejercicio, carnes y vino (sequías, inundaciones y temperaturas extremas, también) y Dionisíacas y juergas y hasta viejos fuertes, pero no esta bazofia, no señoras, no me lo creo. Los potentados de ahora y antes no la encuentran ni encontraban en sus platos (¿por qué será que los productos de cierto nivel, caros en sí, no han experimentado igual indecente subida de precio que los destinados al vulgo? ¿Alguien tiene una respuesta lógica?).

Ahora resulta que el vino es «perjudicial» en cualquier medida (¿el tetrabrick de un indigente o el Sauvignon de la Condesa?), y mañana te cuentan que no deja de ser bueno «con moderación», y al otro, lo procedente. ¿Y? Quizir: ¿De qué le sirve a nadie que le digan esto sí o aquello tal cuando uno mismo, si no es un imbécil profundo, conoce (conocimiento = ciencia) lo que le gusta y sienta bien? «Duerma usted ocho horas». Y si un día, después de acostarme a la una, me levanto a las cinco mejor que una rosa abierta al sol, ¿he de permanecer en el lecho hasta cumplir con la dieta de sueño asignada? ¿Busco la respuesta en el Google, o cómo? ¿Y qué postura tomar frente al masoca extremo? ¿Cómo y por qué explicarle aquello que «le conviene»? Sin mencionar la complejidad tan propia de cada organismo entregado a la creación: los relatos, pinturas, cantatas, cualquier producción del espíritu se relaciona íntimamente con las horas de sueño o la dieta o la medicación que el autor gasta: hay que darlo todo, tragar todo por el arte. Pero ¿qué podrida idea habría de suministrar la metabolización del engendro expuesto en la foto? No, no, no. Basta de experimentos.

Noto un cierto empuje, una presión constante de la matemática cerril sobre la lógica y el pensamiento crítico y el autoconocimiento. Declaraciones como «tragar carne es seguro» se despachan tranquilamente apoyadas en sentencias tan inadmisibles como «está libre de antibióticos porque los plazos de la normativa europea tal…», pasándose así por el forro toda premisa, todo silogismo basado en experiencia, en hemeroteca, toda posibilidad de trampa y fullería y negligencia, aproximándose cada vez más al «porque sí» del ex cáthedra (¡si al menos fuera eso!), quedándose en el «porque lo dice la Normativa», exactamente igual que papá y mamá cuando aseguraron que eras un niño de intachable conducta, Amén.

Yo invito a los expertos a que visiten algún que otro limonar cuyos productos se anuncian en lonja como «ecológicos», bajo todas las «garantías europeas», y constaten in situ la fumigación y el desbroce a golpe de glifosato, allí, en plena faena de recogida, además. Pero como lo dice la «normativa europea…». A eso lo llamaría yo ma-te-má-ti-ca de borrego inyectado, si no fuera porque suena a obediencia pura (¿lo es, o hay más?).

Aquí abunda la falta total de aceptación de una realidad que no gusta. Y como no gusta que esto o aquello sea así, y «nos gustaría» que fuese de otra manera, nos inventamos realidades y nuevos conceptos para modificar lo inmodificable. De modo que lo que es, y así se muestra en la foto, ya no es eso, en base al sesgado peritaje de un experto en nada, sino algo inofensivo y hasta de buen ver. «Cariño, esto no está ocurriendo», que decía el otro, y das media vuelta y cruzas el paso de cebra sin mirar, amparado en el muñequito verde, tu preferencia y la normativa, y te atropellan. Pero ¡ay!, si afirmas lo que ves y hueles y no tragas, te acusarán de carca atado a la «tradición», al «prejuicio», cual negacionista de la «evidencia científica», quizir: la normativa europea, la firme palabra de tu esposa o marido, el semáforo. ¿Qué hacer? ¿Seguir buscando en el Google?

Insisto: lean ustedes (ya que no los expertos) a los clásicos de toda época y tendencia, y aprenderán más de la historia, la vida y ustedes mismos, que en todos lo años de Facultad, burocracia, televisión y Google.

Corrijo: hagan lo que su instinto y experiencia ordene, o todo lo contrario, o láncense mil veces contra un muro si les va la marcha y son conscientes de y consecuentes con ello, y buena suerte.

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