Ninguna mujer tiene por qué aguantar a un hombre, ni a una cultura impuesta por hombres. A decir verdad las mujeres son la mayoría en el mundo, y la mayoría por justicia y democráticamente tiene derecho a cambiar la cultura de corte machote o, mejor dicho, la tradición cultural; pues la cultura es algo más general e inevitable como, por ejemplo, “ser social”. Piensa: la tradición cultural es lo que se ha pensado o se ha hecho siempre, y que siempre ha sido el anular a las mujeres. ¡Exacto!

Sin embargo, una tradición (una costumbre social), en razón o en bien se puede erradicar voluntariamente porque se deje de defender un insistente error: una locura, una ignorancia, un privilegio dominador para unos cuantos.


En efecto, sólo un ser humano evoluciona con una conciencia sobre la realidad si es capaz de deshacer, de prescindir de elementos no útiles para la mayoría. Cualquier sabio ya lo dijo, por cuanto el progreso puede y debe superar sus prejuicios, sus errores (lo contrario no es ni siquiera cultura, sino fundamentalismo o dogmatismo).


Al respecto, Jesucristo rompió casi con toda la tradición religiosa, solo los seres humanos buenos eso hacen; por supuesto, así dio valientemente una dimensión nueva a lo religioso, un “por fin” humanismo, una empatía que, con el paso del tiempo y con la ansiedad de poder de los mismos (¿para qué nos vamos a engañar?), se ha dirigido hacia la manipulación o hacia lo inquisitorio desde el trono eclesiástico o desde la cerrazón sectaria de los que se han separado de él.

El caso es que la tradición se impulsa (se proyecta) a toda costa sin ver, sin prever, las nuevas condiciones y necesidades de la sociedad; con transigencia, claro. Por eso los poderes fácticos deberían, sí, priorizar sobre ciertas cosas que pasan y, paulatinamente, dar de lado a esas atenciones tradicionalistas sublimadas sobremanera; me refiero al obsesivo interés que ofrecen por informar, hasta el último detalle, sobre las tonterías que se provocan en los países ricos, y en los otros no.


La “ablación del clítoris”, la explotación de niños, el alistamiento de niños para la guerra, la permisibilidad de tenencia de armas en los niños, la vejación de los derechos de la mujer, la “pena de muerte”, el desangramiento gratuito de animales para la diversión, el desprecio a alguna etnia, etc., son costumbres (tradiciones puras y duras) en algunos países con mucho orgullo o estupidez patriótica.

En concreto, en algunos países centroamericanos (en solo algunos) se juzga a la ligera por cuatro incompetentes que poco saben de “derechos humanos”. En concreto, debido a sectas enloquecidas o a fanáticos sin cabeza, a algunas mujeres se les persigue y se les asesina de la forma más impune (duele lo que pasa en Ciudad Juárez).
Pero la mujer ya (que es un sufrimiento), de hecho, aguanta la tradición secular de negar, de destruir su propia sexualidad (la que sienta) mientras que el hombre se la monta a su pleno gusto con el consentimiento o con la segura connivencia social. Inquisición, santa o no, que en realidad le dura y le durará para su desgracia, ella que es la que debe obedecer (porque anteriormente se la obligó a obedecer por… costumbre social).

Los machotes, esos, los hay por doquier, en todos sitios, y más en aquél que se sitúe lo más apartado del conocimiento de la mayoría (a la manera medieval); bien, aun así, algún día se le acabará a él tal folclor, y la mujer ya voluntariamente podrá llevar velo o no, también podrá estudiar o no, también podrá rehusar de su marido machista (al instante). Este es el verdadero progreso: el que pueda cualquiera (con los recursos suficientes) ser persona libre, libre de las ataduras “costumbristas” que benefician o que ayudan siempre a unos.

Sí, se evoluciona inteligentemente cuando una persona pueda ya decidir sobre su vida sin que recaiga sobre ella el desprecio o la condena tradicional de los demás (o sea, que ése decidir sobre su vida tenga además dignidad). Una mujer, al igual que un hombre, es un ser humano (ni más ni menos) con pleno derecho a decidir qué tipo de vida desea para vivirla (nadie la vivirá por ella), sin que ello suponga enfrente una jauría de persecución o de loca intransigencia.

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