Cuando la deuda griega alcanzó su punto más elevado, la opinión pública de Alemania sostenía de forma casi unánime que esta deuda no debería ser perdonada porque los trabajadores griegos eran unos vagos que no querían trabajar, pero las estadísticas demostraron después que en realidad tenían jornadas más largas que los alemanes, aunque se replicó que esto era cierto sólo sobre el papel y que en realidad los griegos se dedicaban a holgazanear en sus trabajos. En ningún momento se sugirió que los trabajadores alemanes trabajaban demasiado creando un problema de sobreproducción que solo podía resolverse prestando dinero a otros países para que pudieran importar los productos alemanes, y mucho menos que el estilo de vida griego y su capacidad para disfrutar de la vida fuese algo admirable o un modelo a seguir.

Esto puede volver a ocurrir pero ahora no afectará sólo a un país sino a todo el Mediterráneo. Los redactores de artículos de opinión son los moralistas de nuestro tiempo, el equivalente laico de los predicadores religiosos: cuando escriben sobre el tema del trabajo, sus argumentos suelen reflejar una larga tradición teológica que valora el trabajo como un deber sagrado, a la vez maldición y bendición, y consideran a los humanos como seres intrínsecamente pecadores y perezosos que eluden su deber siempre que pueden. La propia disciplina económica surgió de la filosofía moral (Adam Smith era profesor de filosofía moral), y esta filosofía, a su vez, era una rama de la teología. Muchos conceptos económicos se basan directamente en ideas teológicas, de ahí que los argumentos sobre el valor tengan siempre un matiz teológico. Algunas nociones teológicas sobre el trabajo están tan aceptadas por todos que sencillamente ni se cuestionan.

En términos tecnológicos, hoy en día la jornada semanal  sería perfectamente posible con quince horas. Y, sin embargo, no sólo no está implantada, sino que, por el contrario, la tecnología ha sido utilizada para conseguir que todos trabajemos aún más. Da la impresión de que hay alguien creando trabajos sin sentido sólo para mantenernos ocupados. De acuerdo con los postulados de la teoría económica, lo último que haría una empresa con ánimo de lucro sería despilfarrar dinero pagando a trabajadores que en realidad no necesita. Y, sin embargo, esto es lo que de alguna manera está sucediendo.

Pero al mismo tiempo las personas desean trabajar porque de alguna forma están convencidos de que el trabajo desempeña un papel crucial y tal vez sin parangón en la formación del carácter humano. El trabajo no es solo un medio de vida, sino que también es uno de los factores que más aportan a la vida interior. Si se le niega a alguien la posibilidad de trabajar, se le está negando mucho más que lo que puede comprar con el trabajo: se le está negando la capacidad de definirse y respetarse a sí mismo.

A menudo acabamos asumiendo un marco que es el mismo que nos está dejando fuera y perjudica. En el intento de adaptación para salvarnos de la precariedad, muchas veces elaboramos un tipo de producción cultural a partir de valores que son los mismos que nos están dejando fuera: el éxito, el rendimiento económico, el sálvese quien pueda. Pero ¿qué futuro tiene un mundo donde todos funcionan con esta lógica?, ¿qué futuro para todos, incluso para quien cree que se ha salvado? Decir que la vida es lucha es una interpretación muy parcial de la vida. En ella también hay cooperación, sociabilidad, amor, cuidado, inteligencia colectiva que  hacen que sea más justa y vivible para todos.

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