El de salinero es, sin lugar a dudas, uno de los oficios históricos más duros. A lo largo de la historia el trabajo en las salinas solo ha sido grato cuando el esfuerzo aplicado permitía el rápido enriquecimiento de sus propietarios y empleados. Cuando se produjo la modernización del sector y el abaratamiento de la sal en el mercado, el sufrido oficio de salinero, tuvo un fuerte retroceso hasta su práctica desaparición. Hoy día, la recuperación de la producción artesanal desde el punto de vista cultural y socioeconómico ha permitido conservar, en determinados territorios, este antiguo oficio.

El propio origen de la palabra trabajo –tripalium: instrumento de tortura romano–, nos viene a indicar que nunca ha sido una tarea agradable para el ser humano. No obstante, la visión que se tienen de los mismos ha variado a lo largo de la historia según el lugar y las operaciones que deben llevarse a cabo para su desempeño. Sin embargo, el de salinero, ha sido un trabajo históricamente considerado, no sin razón, como duro y poco gratificante.

Durante la antigüedad, cuando ciertas culturas desataron el “boom productivo” con miras al mercado (celtas, fenicios, griegos, romanos o cartagineses), el oficio de salinero, a base de largas jornadas bajo extremas condiciones de calor y humedad, comenzó a transformarse en un trabajo poco atractivo. A partir de entonces van a ser las élites, y no las comunidades, los que detentaran el control de las explotaciones salinas para vivir de las rentas generadas por el arrendamiento y comercialización del “oro blanco”.

Por tanto, si la vida desahogada y rentable quedaba reducida a unos pocos, lo habitual era que arrendatarios y asalariados se llevaran la peor parte. Este modelo de control y gestión se hará extensible por todo el mundo hasta mediados de siglo XX, momento en el que el sistema de explotación sufrirá una mecanización que reducirá considerablemente la mano de obra empleada y dejará en negocio en un reducido número de multinacionales. Dicho lo cual, y hasta que tuvo lugar el citado proceso, las principales fuerzas que hicieron funcionar las salinas fueron las del ser humano y algún que otro animal de tiro.

Unas salinas, las tradicionales, cuya estructura básica es la misma que la introducida en la península ibérica por los musulmanes en el siglo VIII (ver el artículo “Redescubriendo las salinas tradicionales”), y que a día de hoy continúan empleando en muchos territorios.

Estructura básica de una salina de litoral. Fuente: Salinas de Andalucía, 2004:49.

La misma se compone de un circuito de estanques y canales a través de los cuales el agua salada discurre de forma fluida hasta alcanzar el gradiente óptimo para su cristalización. Esto es posible gracias a que la anchura y profundidad de los canales y estanques se van reduciendo paulatinamente para dar lugar, de forma natural, a un proceso de decantación y concentración. Además la radiación solar y la energía eólica contribuyen de forma decidida en todo el proceso de precipitación. Este “innovador” sistema vino a sustituir al primitivo método de la ignición, cuyo elevado coste para producir a una escala de mercado lo convirtió en minoritario.

Descrito así, el funcionamiento de la salina parece algo automático e idílico, pero la realidad es que en el proceso interviene activamente la mano del salinero. En primer lugar reparando, a partir del cese de las lluvias y temporales invernales, los muros exteriores e interiores. Para ello tiene lugar un incesante movimiento de carretillas y espuertas cargadas de barro, piedras y ramajes para aplicar en los puntos débiles y poder consolidarlos; así como asegurar que el suelo de las eras se encuentren en perfectas condiciones aplicando argamasa natural o artificial. También deben afianzarse o sustituirse todas aquellas maderas deterioradas que forman parte de las estructuras de compuertas, pozos y norias. Y, por último, preparar las habitaciones y suministros del cortijo para acoger a los trabajadores durante la larga campaña.

Una vez preparada la salina, el objetivo mínimo marcado, independientemente del tamaño de las instalaciones, es el de las cuatro o cinco cosechas entre los meses de mayo y octubre. Ni que decir tiene, que esta amplia horquilla de seis meses de productividad depende de la latitud en la que se encuentre la salina y las particulares condiciones climáticas del entorno (interior o costa). Eso sí, lo que no cambia es el hecho de que se trataba de un trabajo que se desarrollaba desde la salida del sol hasta su puesta.

Salinas de San Fernando (Cádiz), durante el primer tercio de siglo XX. Fuente: Todocoleción,2019.

En el transcurso de esa intensiva jornada la actividad se encontraba perfectamente estratificada. A nuestros días han llegado los testimonios de antiguos trabajadores que nos hablan de los diferentes nombres que tenían los trabajadores según su función. Lo que no cambiaría nunca sería el hecho de que al frente de todo siempre se encuentra un maestro salinero encargado de organizar todos los pormenores de la actividad en el tajo.

La capacidad y experiencia de éste se antojaba fundamental para conocer la concentración aproximada del agua y proceder, en cada fase, a su desplazamiento para su precipitación porque, el llevar la salmuera con el mayor gradiente posible a las eras o cristalizadores, era determinante a la hora de obtener mucha sal en poco tiempo. Por ello, un buen maestro marcaba las diferencias entre una salina eficiente –donde las cosechas eran rápidas y puntuales–, y aquellas otras donde las expectativas productivas siempre quedaban por debajo.

En ese sentido, el mayor trasiego tenía lugar en los cristalizadores. En este espacio el salinero debía mover el agua para eliminar la fina capa que durante días se forman en la superficie, las conocidas escamas de sal, que limitan la acción de la radiación solar y el viento. A ello se unía el necesario movimiento de las aguas para aumentar su gradiente hasta precipitar. Esta actividad tenía lugar bajo un sol radiante y su monótono movimiento con palas y rastrillos provocaba dolores de espalda, cintura y brazos.

Útiles y herramientas de las salinas tradicionales: palas (1 y 2), vara de sacar sal (3), y parihuela (4) para transportarla. Fuente: Salinas de Andalucía, 2004:91.

Una vez había cuajado la salmuera, cuestión esta que suele ocurrir de media cada 20 días, los salineros debían proceder a su retirada para comenzar con otra cosecha. Este procedimiento necesitaba de una mayor mano de obra, pues primero se debían romper la torta de sal, agrupar y, posteriormente, retirar. De nuevo era necesario emplear rastrillos y palas para apartarla de la era y dejarla secar en el pasillo durante unos días (según clima), para recoger cientos de kilos en espuertas, carretillas o mulas y llevarlos hacia el alfolí o almacén.

De esta forma, los trabajadores estaban expuestos, durante el transcurso de la temporada, a los problemas de salud derivados de una zona húmeda donde, además, las altas temperaturas y largas horas de insolación aseguraban un alto riesgo de lipotimias, así como quemaduras de piel derivadas de la continua exposición a aguas con elevadas concentraciones salinas u ocular por el efecto espejo de los rayos solares sobre la sal. A todo ello debemos añadir los problemas musculares y articulares asociados a la carga, arrastre y movimientos repetitivos.

Estas duras condiciones convertían el trabajo de salinero en uno de los menos atractivos para jornaleros y esclavos, de hecho, en América éstos últimos consideraban un castigo abandonar los duros trabajos de la hacienda por el de la salina. Si a ello añadimos que solo durante momentos puntuales su explotación era sumamente rentable para cualquier salinero u empleado (esto ocurrió en el siglo XIX previa aparición de los métodos de conserva refrigerados), el trabajo en la salina se antojaba poco gratificante.

La progresiva mecanización de la labor en la salina redujo el peso de las tareas. Los vehículos de tracción mecánica fueron eliminando a los rastrillos, palas y carretillas. El empleo del vapor y, posteriormente, la electricidad dejaron atrás las norias de sangre. No obstante, estos modernos medios solo eran posibles para las grandes compañías que poco a poco se fueron haciendo con el sector y provocando, con una sal abundante y barata, el abandono y cierre de las pequeñas salinas.

Modernas instalaciones de Marismas del Odiel (Huelva). Fuente. Pasanda, 2017.

Además, la expansión de los nuevos métodos de conservación de alimentos y procesamiento de conservas redujo considerablemente la demanda de sal, dejando reducida la producción artesanal al ámbito rural y doméstico. Pero la “gran transformación” tuvo lugar a mediados de siglo XX, cuando el sector químico, electrónico, farmacéutico y agroindustrial, comenzaron a demandar sal refinada en abundante cantidad y bajo precio.

La consecuente modernización de las salinas, con mayor maquinaria y menor mano de obra, terminó por enterrar el viejo y duro trabajo de salinero. Con ello, un sinfín de históricas instalaciones fueron abandonadas y su patrimonio natural y cultural cayó en un profundo olvido hasta llevar, en muchos puntos, a su definitiva degradación y colapso.

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