La pobreza también es cosa de los trabajadores.

Después de cada crisis, las derechas lo tienen meridianamente claro, trabajar más horas por menos salario, aumentando la productividad, esto es, la intensidad de la explotación laboral, para ensanchar los beneficios empresariales. Luego, si tal, ya se repartirá la riqueza, algo que jamás sucede. Es el déjà vu acostumbrado. Los ciclos históricos de bonanza relativa y crisis del régimen capitalista son viejos conocidos del eterno retorno para que todo siga igual.

Y, mientras tanto, los accionistas, incluso con empresas técnicamente en pérdidas, repartiendo dividendos a troche y moche. Los empresarios saben que sin trabajo ajeno, las plusvalías menguan y sus privilegios pueden erosionarse de modo significativo. De ahí que se solicite el levantanmiento de las restricciones al movimiento, los estados de alarma y el confinamiento. La clase alta está a cubierto, puede teletrabajar (es un decir irónico) y mediante clics de ratón mover capitales sin levantarse de la cama. Estas cremas sociales son invulnerables, inesenciales y parásitas pero la estructura económica y mental de las sociedades capitalistas no permiten a la inmensa mayoría darse cuenta de este hecho tan obvio: la ineludible urgencia de sobrevivir opera en contra de la razón crítica.

Lo están anunciando a diestro y siniestro: habrá más rebrotes del coronavirus, por tanto más contagios y más muertos, sin embargo la reserva de mano de obra es enorme, incluso ahora los inmigrantes son bienvenidos en los países opulentos para recoger las cosechas de temporada (la patada en el trasero vendrá a medio plazo). El capitalismo puede resistir pero necesita el combustible de la plusvalía y del consumo sin freno. Sobre ambos factores, trabajo a sueldo y consumo masivo edifica su ser profundo. Las ayudas sociales deben ser restringidas para que la necesidad lleve a la gente trabajadora a optar por cualquier empleo y cualquier salario: hay que comerse la dignidad y los derechos democráticos para poder acceder a las migajas del sustento mínimo que permita seguir adelante hasta que el cuerpo aguante.

Otras medidas que preconizan los que tienen el culo a salvo de cualquier contingencia que afecte a su salud y su bolsillo son la bajada de impuestos y la disminución del gasto destinado a emergencias sociales. Entiéndase la reducción impositiva como una aminoración de sus ya exiguas cargas al erario público. Al tiempo también exigen ayudas directas dirigidas a sus empresas a través de créditos blandos y exacciones fiscales. O sea, el Estado o lo que quede de él, a su entera disposición. Cuando hablan de Estado anoréxico siempre dejan fuera la “inversión” en fuerzas policiales y militares: estos efectivos son vitales para mantener el orden establecido en caso de revueltas o malestar generalizado del común, la plebe que precisan para mantener bien engrasadas sus cuentas corrientes y su preeminencia política, ideológica, económica y social. Las hordas fascistas que empiezan a pulular a su libre albedrío son otra fuerza de choque para crear caos y confusión entre la gente trabajadora. Ante situaciones de algarabía descontrolada, las respuestas viscerales abonan las soluciones rápidas y quirúrgicas. Más vale emoción en mano que ciento de razones meditadas con tiempo y dialogadamente. Pensar no está de moda cuando los estómagos rugen y los estatus se tambalean.

Mucha gente trabajadora comprará el estajanovismo capitalista que viene de trabajar más por menguados salarios: todo por la Patria será el lema a compartir tras el shock de la pandemia. Tampoco olvidemos que el eslogan ha de completarse con una idea invisible: morirse antes. No es un argumento peregrino. La covid-19 mata más a los más pobres y expuestos a salir de casa para ganarse las lentejas cotidianas. Es un aspecto de la realidad, como tantos otros, que se esconde en las noticias y comentarios de los escribas oficiales (también con porte izquierdista divino) de la clase media o de estatus nebuloso. La pandemia se ceba con la clase trabajadora. Como en toda crisis, ya sea inducida o provocada por catástrofe natural.

Cuando se habla de esperanza de vida nos atenemos a fríos datos que no distinguen entre grupos o clases sociales. No obstante, según diferentes estudios estadísiticos comparados, una persona de la clase alta vive en España 10 años de media ponderada más que otra perteneciente a los estratos más vulnerables. En Estados Unidos esa relación se sitúa en 15 años de esperanza de vida superior para las clases altas. En la Unión Europea, las clases trabajadoras viven 7 años menos que las pudientes integradas en sus elites domésticas. Considerando a Occidente en su conjunto respecto a África, el diferencial de esperanza de vida puede llegar a ser de 30 años de vida menos para los países empobrecidos africanos. La desigualdad mata y mata selectivamente. Con la pandemia, la injusticia social alcanzará cotas aún mayores y trágicas.

El futuro inmediato no pinta nada halagüeño. Los empresarios tienen prisa por amasar más dinero y a la clase trabajadora le urge comer y pagar las hipotecas o los alquileres. Esa conjunción de intereses contradictorios es en pura esencia el motor del sistema capitalista. ¿Quién para ese motor diabólico en tiempos de imperiosa necesidad y miedo colectivo al porvenir? ¿Cómo puede detenerse la pasión en aras de un análisis racional y colectivo? 

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Guionista, Copy, Analista Político, Escritor. Autor de los siguientes libros: ¿Dónde vive la verdad? (2016, Editorial Seleer), De la sociedad penis a la cultura anus: reflexiones anticapitalistas de un obrero de la comunicación (2014, Editorial Luhu)), Pregunta por Magdaleno: apuntes de viaje de un líder del pueblo llano (2009, Ediciones GPS) y Primera crónica del movimiento obrero de Aranjuez y surgimiento de las comisiones obreras (2007, Editorial Marañón). Más de 25 años de experiencia en el sector de la comunicación.

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