Foto © Flickr / Hospital CLÍNIC

Las mujeres constituyen más del 70% de los trabajadores sanitarios de todo el mundo, incluidos los que llevan a cabo su labor en instituciones de prestación de cuidados. Están en primera línea de la lucha contra el COVID-19 y las últimas semanas han sido las más difíciles de su vida. A raíz de la pandemia deben hacer frente a un doble reto: turnos laborales más largos y más trabajo en el hogar.

Es el caso de Alberta Delle Grazie. Es enfermera jefe de una unidad de cuidados intensivos en un hospital del norte de Italia. Su profesión conlleva largas horas de trabajo, turnos nocturnos, y un elevado nivel de responsabilidad. «Ya era difícil antes», señala, «pero ahora, después de tres semanas en situación de emergencia por el COVID-19, estamos exhaustos, preocupados y emocionalmente agotados. Muchos hemos contraído la enfermedad, y algunos han fallecido».

Alberta tiene tres hijos de corta edad en casa. Solo los ve durante dos horas cada día, después del trabajo, y no ha sido fácil. «Es muy doloroso colocar el cuerpo de una persona en una bolsa y luego ir a casa y hacer como que todo va bien», afirma.

Es un ejemplo de las presiones emocionales y mentales a las que están sometidos a diario muchos trabajadores sanitarios, tanto hombres como mujeres.

En todo el mundo, hay casi 100 millones de trabajadoras que llevan a cabo su labor en instituciones sanitarias y de prestación de cuidados, para las que siempre sido difícil compaginar sus responsabilidades en los planos laboral y familiar. El brote del virus ha arrojado luz sobre esta arraigada desigualdad de género. También ha puesto de manifiesto y exacerbado una crisis global en materia de servicios de prestación de cuidados.

En circunstancias normales, las mujeres realizan, en promedio, 4 horas y 25 minutos de trabajo de prestación de cuidados no remunerados a diario, frente a 1 hora y 23 minutos en el caso de los hombres. La pandemia, que ha provocado el cierre de escuelas y guarderías, así como de otros centros de cuidados, ha aumentado sustancialmente el tiempo que se dedica a diario a este tipo de trabajo no remunerado.

Es el caso, en particular, de las trabajadoras sanitarias en hogares donde son el único responsable familiar. No disponen, por lo general, de otras alternativas para cuidar a sus hijos y a sus padres de más edad al regresar del trabajo, con el consecuente riesgo de infectarlos con el COVID-19.

“Después de tres semanas en situación de emergencia por el COVID-19, estamos exhaustos, preocupados y emocionalmente agotados. Muchos hemos contraído la enfermedad, y algunos han fallecido».

Alberta Delle Grazie, Enfermera jefe

Con frecuencia se dice que en momentos difíciles la gente hace cosas que eran antes impensables. De ahí que varios gobiernos hayan adoptado medidas para apoyar a los trabajadores, en particular los que llevan a cabo su labor en los sectores de respuesta a la situación de emergencia y en los que es más difícil trabajar desde casa.

Por ejemplo, en Italia se ha introducido una «bonificación para el cuidado de niños» de hasta 1.000 euros (1.104 dólares de EEUU), con objeto de que los trabajadores sanitarios puedan sufragar el costo de servicios de atención infantil en el hogar. En Alemania, Austria, Francia y Países Bajos, lugares en los que la mayoría de guarderías y escuelas se han cerrado, algunas instalaciones permanecen abiertas, con personal mínimo, a fin de atender a los hijos de los trabajadores que prestan servicios esenciales. En Alemania se ha facilitado a los padres con bajos ingresos el acceso a prestaciones para el cuidado de los hijos, y en Corea del Sur se han proporcionado bonos por valor de 2,4 billones de wons (2.000 millones de dólares de EEUU) a los hogares de bajos ingresos con el fin de facilitar el cuidado de los hijos en el hogar, a falta de guarderías diurnas.

Será necesario fomentar medidas similares para seguir ayudando a las trabajadoras sanitarias en su ardua labor de lucha contra el COVID19 y cuidado de su familia en el hogar. También habrá que adoptar medidas a largo plazo.

Esta pandemia ha puesto de manifiesto la importancia del trabajo de prestación de cuidados, tanto el remunerado como el no remunerado. Es una buena oportunidad para priorizar las inversiones en los sectores sanitario y de prestación de cuidados. Políticas ineficaces de redistribución de trabajo de prestación de cuidados no remunerado entre mujeres y hombres, o entre las familias y el Estado, ya no son una alternativa viable o sostenible.

Si queremos lograr una sociedad más equitativa tras esta crisis, es necesario que las mujeres participen plenamente en el replanteamiento y la reformulación del mundo del trabajo después del COVID-19.

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