Desconcierto y división, son dos de los factores que están generando las acciones del president de la Generalitat. Quim Torra, tal vez pensando en su defensa de la vía eslovena como estrategia para conseguir la independencia de Cataluña, está tomando decisiones sin contar con ERC, como se pudo comprobar en el día de ayer cuando comunicó su intención de volver a repetir el referéndum, un anuncio que desconocían los republicanos, a pesar de ser los socios de gobierno de Junts Per Catalunya. La reivindicaciones independentistas son democráticamente legítimas, siempre que se enmarquen dentro de los límites del diálogo democrático. La violencia deslegitima hasta lo que tiene legitimidad y los paños calientes también.

Los graves disturbios que se están produciendo en las ciudades catalanas y la tardanza de Quim Torra en condenarlos, a pesar de que en las pasadas noches se pudieron producir importantes desgracias personales, también ha sido un factor que ha hecho que el carácter pacífico en el que mayoritariamente se ha movido el independentismo catalán haya sido puesto en duda, incluso desde dentro de las propias filas secesionistas se ha criticado mucho la falta de condena por parte del president porque, al fin y al cabo, los disturbios restan credibilidad, tanto nacional como internacional, a las reivindicaciones del independentismo o a la legitimidad de la protesta contra la sentencia del Tribunal del Supremo a los políticos condenados. Además, es una manera de entregar argumentos a quienes pretenden aniquilar un movimiento político que, dentro de una democracia, tiene un carácter absolutamente legítimo.

Mientras que los partidos que tradicional e históricamente han sido defensores del derecho de autodeterminación de Cataluña tuvieron una respuesta pacífica y democrática a la sentencia del Supremo y condenaron de inmediato la violencia, como hicieron los presos, Quim Torra tardó más de 48 horas en hacerlo.

Por otro lado, la existencia de documentos multimedia, incluidos en el sumario de la Operación Judas, en los que se recogen conversaciones de Quim Torra con integrantes de los CDR investigados (no encarcelados) en las que da un respaldo claro a sus acciones de protesta, según informó la Cadena SER, deja en una posición muy difícil, no sólo al president, sino a todo el independentismo, puesto que esos contactos entre el máximo representante del pueblo, de todo el pueblo catalán, no sólo de la mitad, con los grupos que están detrás de los disturbios o de los cortes de infraestructuras, pone en duda el pacifismo del movimiento independentista que están defendiendo los líderes de los partidos que históricamente han luchado por el derecho a la autodeterminación y los propios presos.

Es evidente que la sentencia del procés es el reflejo del fracaso más absoluto de la clase política, tanto de la española como de la catalana. La falta de diálogo entre ambas partes y las decisiones adoptadas por gobiernos irresponsables que pensaban más en sus intereses partidistas o en crear cortinas de humo fue tan rechazable como perniciosas y ahora se recogen las consecuencias: violencia callejera, división de la sociedad catalana, incremento de la catalanofobia en el resto del Estado, crecimiento de la extrema derecha y del nacionalismo español y políticos presos. A pesar de todo lo anterior el independentismo catalán sigue manteniendo su legitimidad democrática y en eso están trabajando intensamente los partidos que tradicionalmente e históricamente han defendido el derecho de autodeterminación de Cataluña: en lograr una solución dialogada al conflicto.

Ya ha habido un reconocimiento público de que la vía unilateral fracasó, de que la imposición de una situación política a la mitad de la población catalana no es la vía que se precisa. Es necesario retomar el diálogo de igual a igual para buscar una solución, algo que se hace imposible si el president de la Generalitat es el primer pirómano porque, de este modo, lo que logrará es que el independentismo fracase de manera definitiva. Los tiempos de las revueltas callejeras terminaron hace décadas, los tiempos de las imposiciones sin diálogo también. Diálogo, diálogo y diálogo que sólo se puede lograr si existe predisposición de las partes y, sobre todo, si las calles de las ciudades catalanas no se parecen al Belfast de los años 80 del siglo pasado.

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