En un juzgado de violencia contra la mujer se puede ver de todo: mucho dolor, muchas lágrimas, mucha tensión, mucha impotencia, pero también mucha indiferencia, una asombrosa falta de empatía y demasiada frialdad. El ir y venir es constante entre los funcionarios de justicia, los policías, las denunciantes, sus familiares y los presuntos maltratadores detenidos. El ritmo de trabajo es casi como el dicho: sin pausa pero sin prisa. Diario16 ha accedido al día a día en una guardia de violencia de género gracias al testimonio de abogadas que asisten de oficio a las mujeres denunciantes de malos tratos. Y una jornada de nueve de la mañana a nueve de la noche da para mucho visto y oído.

De cuatro mujeres atendidas de oficio en un día, una jueza rechaza tres solicitudes de protección mientras la cuarta retira la denuncia

Los testimonios recabados no dejan de sorprender y alarmar. Ese día, al menos cuatro mujeres decidieron dar el paso adelante, envalentonadas por una la sociedad que las apremia para que denuncien sin miedo a sus presuntos maltratadores. Una vez que lo hacen, cuando están cara a cara ante la jueza, la fiscala y la justicia en general, sólo aprecian frialdad, dudas y mucha desconfianza hacia sus testimonios. “Y después nos dicen que denunciemos”, se lamenta la madre de una víctima de malos tratos mientras acompaña al juzgado a su hija para denunciar su caso.

Lo que este diario ha podido constatar en un solo día de guardia en un juzgado de violencia contra la mujer se ve después reflejado en las estadísticas que trimestralmente publica el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género. Los índices de solicitudes de protección denegadas por los jueces siguen siendo elevadísimos y así se aprecia de forma contundente en este día de seguimiento realizado por Diario16 en un juzgado de violencia de una gran ciudad.

Ese día, de las cuatro mujeres atendidas de oficio, tres de ellas solicitaron órdenes de protección contra sus maltratadores. La jueza que se encontraba de guardia las rechazó todas. “Versiones contradictorias”, argumenta la magistrada en la mayoría de las ocasiones. La cuarta de las denunciantes ni siquiera solicitó estas medidas porque decidió retirar la denuncia, algo también demasiado habitual y que lleva a la justicia a cerrar una ingente cantidad de casos que después, desgraciadamente, devienen en crímenes machistas en el peor de los supuestos o en nuevos episodios de violencia machista habitual.

Una de las cuatro mujeres que acudió con un familiar a denunciar a su presunto agresor se vino abajo emocionalmente cuando supo que la jueza había decidido rechazar la solicitud de protección.

–¿Y ahora qué hago yo? –se lamentaba la mujer en las dependencias del juzgado–. Llevo dos días sin dormir y ahora me dicen esto. ¿Quién me protege a mí ahora?

Tómese una pastilla –el consejo que le dio a bote pronto una funcionaria del juzgado ejemplifica esa nula empatía con estas mujeres que llaman a la puerta de la justicia creyendo que van a ser protegidas contra sus agresores y encuentran, en cambio, una heladora frialdad.

La jueza niega protección a las víctimas pese a emitir la policía varias valoraciones de riesgo medio

Otro dato que llama la atención es la disposición física de las mujeres que acuden a denunciar a este juzgado especializado. Todas ellas aguardan juntas su turno en una habitación, confinadas para evitar cruzarse con sus presuntos maltratadores, que, a diferencia de ellas, circulan por el juzgado con una mayor libertad de movimientos. Esa concentración en un lugar cerrado y la tensa espera antes de declarar ante la jueza tiene sorprendentemente algo positivo, puesto que de ese intercambio de experiencias surgen amistades espontáneas y muestras de apoyo mutuo.

Cuando ya se encuentran cara a cara ante la jueza, más de una víctima no sale de su asombro cuando le hacen algunas preguntas chocantes y, cuanto menos, asombrosas. Una mujer se quedó literalmente a cuadros cuando la fiscala del caso le preguntó si su ex pareja –que la amenazaba llevándose la mano a la cintura como si tuviera algún arma oculta en el pantalón– “le enseñó o no el cuchillo”. La denunciante se quedó sin palabras. Respondió que no, claro. ¿Y qué importancia tiene este dato salvo el de evidenciar que las dudas sólo recaen sobre la mujer?

Un ejemplo concreto de un mal generalizado: los jueces y las juezas especializados en violencia de género desconfían en general de la veracidad de los testimonios de estas mujeres pese a la evidencia de que los agresores incumplen reiteradamente órdenes judiciales de alejamiento. Y además ponen el foco en la víctima y nunca en el presunto maltratador.

A esto se suma que la valoración policial de riesgo es interpretada por el juez de turno de una forma sui géneris. En el día de seguimiento realizado por este diario, la jueza tuvo en su poder varias valoraciones policiales de riesgo medio y, pese a ello, tampoco le sirvió en ninguno de estos casos para dictar las respectivas órdenes de protección sobre la víctima. Entonces, ¿para qué se ponen tres categorías de riesgo si la justicia sólo contempla dos de facto: o alto o bajo?

Y así todo. Ese día, cuatro mujeres se marcharon impotentes a sus casas con la sensación de que la justicia no llega ni de lejos al gesto de valentía extrema de ellas al acudir a sus puertas para denunciar situaciones en las que están en juego sus propias vidas. Mientras, el contador de feminicidios sigue imparable día tras día, semana tras semana, mes a mes, año tras año.

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