Cuando Pedro Sánchez entre hoy en el Congreso de los Diputados para someterse al Pleno de investidura estará pisando un terreno inestable, poco seguro, algo así como un peligroso campo de minas. Cualquier paso en falso puede dar al traste con la compleja red de alianzas con partidos minoritarios, regionalistas e incluso independentistas que el candidato socialista ha ido tejiendo, como en un delicado encaje de bolillos, en las últimas semanas. En principio Sánchez lo tiene todo atado, pero la investidura está pendiente de un hilo y cualquier cosa puede suceder cuando llegue el momento de las decisivas votaciones de sus señorías.

Nunca antes en la historia de la democracia se había vivido una investidura tan agónica y surrealista (sesión parlamentaria en fin de semana, exprés, deprisa y corriendo y con los Reyes Magos cabalgando ya por las ciudades de medio país). La cosa se antoja tan compleja que el camino a la Moncloa puede ser cuestión de un par de votos, tres a lo sumo. Se da por hecho que el líder del PSOE no conseguirá la mayoría absoluta en la “primera ronda”, pero podría ser presidente del Gobierno el próximo martes con el voto favorable de 167 diputados: los 120 del PSOE y 35 de Unidas Podemos más los del PNV, Más País, BNG, Compromís, Nueva Canarias y Teruel Existe (que en las últimas horas han anunciado su luz verde a la investidura, ya que consideran que el pacto del PSOE con ERC está dentro de la Constitución y puede contribuir a solucionar el encaje de Cataluña en España). En contra, Sánchez tendrá los escaños de las derechas −PP (88), Vox (52) y Ciudadanos (10)− más Junts per Catalunya Navarra Suma, la CUP, Foro Asturias, Coalición Canaria y Partido Regionalista de Cantabria. Precisamente el líder de esta última formación, Miguel Ángel Revilla, ha anunciado en las últimas horas que también votará “no” tras conocer que los acuerdos entre PSOE y ERC contemplan una consulta a los catalanes, algo así como una especie de sucedáneo descafeinado de referéndum de autodeterminación.

Por tanto, todo quedará pendiente de las abstenciones de ERC y Bildu, que serán decisivas para que el líder socialista pueda ser proclamado presidente del Gobierno en segunda votación, donde no necesitará mayoría absoluta sino más “síes” que “noes”.

Sánchez comparecerá en ese laberinto aritmético sabiendo que tiene el as de bastos bajo la manga y que lo sacará para clavarlo encima de la mesa el martes. Entonces quedarán atrás muchas cosas: su derrocamiento de la secretaría general del PSOE a manos de los barones en aquel Comité Federal de infausto recuerdo; su viejo coche diésel con el que recorrió el país, pueblo a pueblo y por carreteras secundarias, para recuperar su despacho en Ferraz; tres intentos de investidura; las turbulentas y tortuosas negociaciones con Unidas Podemos y Esquerra; la ruleta rusa de varias elecciones a todo o nada; la despiadada ofensiva de las derechas, que han llegado a calificar al candidato socialista de “felón” y “traidor” a la patria por pactar con los separatistas; una crisis de insomnio, cuando Sánchez no podía conciliar el sueño de verano sabiendo que en otoño le esperaba un incómodo fajador como Pablo Iglesias Turrión que exigía ser vicepresidente a toda costa; y hasta un libro, un best seller titulado Manual de resistencia. La peripecia personal y política de Sánchez solo es comparable al viaje de aquel otro Ulises de la Transición, Adolfo Suárez, quien al igual que él también tuvo que resolver muchos puzles, prometer muchos sueños imposibles y fabricar no pocas trampas de tahúr para conseguir sus objetivos políticos. La diferencia es que el estratega y tecnócrata Suárez tenía una perfecta hoja de ruta trazada de antemano y Sánchez, un peleón jugador de baloncesto, improvisa sobre la marcha, casi siempre sobre la bocina. Suárez era talento y maestría; Sánchez es audacia y riesgo sustentado en su famosa flor, ese halo de fortuna que suele acompañarle siempre y aliarse con él cuando más hundido y enterrado parece.

Sánchez ha pasado por todo hasta llegar a este momento decisivo. Quiso gobernar en solitario con un gabinete monocolor; sopesó la Gran Coalición con el PP; flirteó con Ciudadanos cuando Ciudadanos era Ciudadanos y no un grupo tan residual como el partido del cannabis; y finalmente, quizá por necesidad más que por convicción, cargó a la izquierda para aliarse con Unidas Podemos tras un sinfín de falsos amoríos, desencuentros y rupturas con Iglesias, un compañero de viaje con el que no se lleva pese a la imagen de colegueo que ambos pretenden dar ante la parroquia.

Sánchez lo ha probado todo bajo esa máxima del vive deprisa antes de dejar un bonito cadáver (en este caso político) pero finalmente, una vez más, parece que lo va a conseguir. Esta vez el eterno candidato socialista cree tenerlo todo atado, amarrado y controlado. Pero España atraviesa un momento político extraño, casi onírico, un trance histórico marcado por la convulsión territorial y social, la histeria colectiva (cuando no la esquizofrenia), el cainismo político, el odio y la decadencia que nos ha atrapado y nos arrastra hasta el fondo sin remedio. De modo que en ese escenario movedizo cualquier cosa puede ocurrir: que un barón socialista le salga rana al candidato en el último momento y le vote en contra, en plan “tamayazo”, por sus coqueteos con los independentistas; que algún diputado se equivoque dándole al botón; que un republicano de Esquerra decida vengarse de la JEC y de los palos de los antidisturbios con un no rotundo; o que los nacionalistas vascos se echen atrás por culpa de la cuestión Navarra (aunque ciertamente no parezca muy probable). En cualquier caso, habrá que esperar a los últimos segundos cruciales, esos en los que el pívot Sánchez sueña con meter un triplazo desde la línea de seis veinticinco justo cuando la bocina anuncia el final del partido.

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