Una cerca cubría todo el verde paisaje visible desde la loma en al que se situaba una enorme mansión colonial. Junto a ella, algunas casas pequeñas y dos enormes naves. En el cruce que producía el final de la línea imaginaria que bajaba desde el cerro hasta el valle, con la que ascendía hasta el alcor que lindaba con el de la mansión, una enorme masa de agua cubría la hondonada. El riachuelo había sido taponado entre tres lomas de tal forma que, desde el mes de mayo al de noviembre, el cauce, río abajo, permanecía completamente seco. El terreno dentro de la alambrada, era un enorme alfalfar en el que pastaban libremente vacas, ovejas y alguna que otra cabra. No hacía ni tres lustros que en las mismas tierras devoraban la hierva salvaje búfalos, gacelas, oryxs o antílopes. Ahora los hombres que explotan la alquería ganadera tienen serios problemas, sobre todo en los meses de verano, para controlar a las reses oriundas, que, habiendo sido expulsadas de la pradera y a falta de agua en el que satisfacer su necesidad fisiológica de beber, acaban derribando las estacas que sujetan la alambrada que circunda la finca.

Durante cientos de lustros los animales autóctonos de aquellas tierras habían pastado con el único peligro de lobos, osos o serpientes. La naturaleza seguía su curso. En un paraíso para los rumiantes, estos adecuaban su prole a las condiciones climatológicas. Sus depredadores, de igual forma, aumentaban o disminuían su número en función de la población de bóvidos. Pero todo se transformó hace unos pocos años atrás. De pronto, el hombre blanco llegó cambiándolo todo. Comenzaron con las estacas sobre las que se colocaban travesaños a diferentes alturas que impedían el paso libre de los animales salvajes. Luego, unos extraños animales vinieron a competir por la hierva. Más tarde, tras una terrible sequía que duró tres años y que casi mata a todos los animales foráneos y diezmó seriamente a los autóctonos, el hombre blanco se quedó con el agua del río, taponándolo y poniendo alambradas metálicas alrededor de los pastos naturales. Unos pastos que fue roturando y cambiando por una hierva cultivada que necesita agua en abundancia. Para conseguir el cultivo de la alfalfa, llenaron el terreno de zanjas en las que enterraron tubos de los que se pueden enganchar aspersores. Llenaron los campos de vacas y ovejas que pastan libremente ahora ya sin la competencia de los nativos salvajes.

Acuciados por el hambre y la sed, los búfalos acaban siempre derribando las cercas. Por eso los hombres se empeñan en conseguir sistemas, cada vez más sofisticados, cada vez más caros, que impidan el paso de búfalos, gacelas u otros animales al pantano y al alfalfar. Por eso, los animales, se las arreglan para esquivar esos sistemas y acceder al agua. Desde cocear los travesaños sobre las estacas, a apoyarse varios de ellos sobre la alambrada hasta que esta acaba cediendo por el peso. Desde agrandar con sus patas orificios de ramblas, arrolluelos o encaños, hasta saltar alambradas electrificadas.

Cada vez, el hombre blanco tiene más costes para intentar cortar el paso a los bóvidos indómitos sin conseguirlo. Hasta el punto que están empezando a pensar que ya no es rentable la explotación ganadera en ese paraje.

Uno de los trabajadores le ha comentado al capataz la posibilidad de abrir la cerca por algunos lugares y dejar que los animales entren al pasto y a beber. Ha echado cálculos y le ha comentado que el coste sería menor que estar constantemente arreglando empalizadas y gastar en sistemas como la electrificación o las cámaras de televisión.

El capataz cree que no pueden dejar la valla abierta porque podrían escaparse las vacas o las ovejas y porque eso haría que todos los animales salvajes entraran a pastar a la finca. Pero cree que es buena idea hacer que una zona junto a la charca, tenga acceso para los bóvidos salvajes.

Se lo ha planteado a los dueños de la explotación, que viven cómodamente a miles de kilómetros de la explotación ganadera y estos le han dicho que de ninguna manera. Que acabe como sea con todos los animales salvajes que insisten en romper la alambrada. Dicen que dejar entrar a unos pocos o a una determinada zona atraería a otros animales más lejanos y que acabarían con la explotación.

El capataz, harto de la incomprensión, masculla entre dientes que, de no haber irrumpido allí como un elefante en una cacharrería, los animales seguirían pastando tranquilamente en las tierras que siempre habían ocupado y no tendrían que arreciar con vigor contra la cerca para no morir de hambre y sed.

 


 

Todo a un euro

 

Escuchaba el otro día un corte de audio en el que uno de los matalones de intelecto de esa formación que dirige el mayor vividor de lo público de España junto con un tipejo de origen inglés que se cree más español que el chorizo (V💩X), en una entrevista que este último daba a un medio internacional argumentar que, puesto que España necesita inmigrantes porque no tenemos hijos suficientes para completar toda la mano de obra necesaria, lo lógico sería que estos vinieran de ultramar. Que fueran nuestros hermanos del imperio español en Hispanoamérica. Porque los refugiados, según ellos, nadie sabe si realmente lo son. Además, decían que, si para venir aquí han pasado por decenas de países, ¿por qué no se han quedado en alguno de ellos? Alegaban que para refugiados los venezolanos, los cubanos o los bolivianos. Sin embargo, decían que no les parecía mal que los jeques árabes vinieran a establecerse en Marbella.

Fue toda una clase de xenofobia, racismo y sobre todo de lo que supone el fascismo: clasismo, explotación humana y degradación de los derechos humanos.

Desgraciadamente este es un pensamiento que planea sobre el indigente intelectual español que cree que los migrantes se van de su país, dejan sus casas, su familia (hasta sus hijos en muchos casos) y su entorno, por gusto y que solo vienen aquí a quitarle el trabajo a los nativos. Y es tremendamente paradójico que, por ejemplo en Andalucía, dónde estos energúmenos Australopithecus, tuvieron casi medio millón de votos, estos días hayamos asistido a las quejas de los empresarios de la aceituna y de la fresa porque no encuentran trabajadores que quieran agachar el lomo para la recolección de esos productos. Con todo el paro que hay en Andalucía uno podría pensar que debería haber personal suficiente para recolectar toda la aceituna, la fresa y hasta para cazar gamusinos si fuera necesario. Claro que lo que no cuentan los misóginos fascistas y lo que no descubren los indigentes del intelecto es que lo que sobran son personas dispuestas a trabajar y lo que faltan son salarios que paguen el esfuerzo. No es que no haya trabajadores del campo, sino que lo que no hay son personas oriundas dispuestas a trabajar por nada. (O por tres euros la hora, que para el caso es lo mismo).

Porque en realidad las quejas de estos señores empresarios que recogen los fascistas para arengar el simplismo del españolito que absorbe la TV como el suero que le mantiene en vida, es que, debido a la presión de sus congéneres idearios, ya no hay migrantes, como antes, a los que poder engañar ofreciéndoles un salario por hora del que se les descuenta la mitad por un alojamiento infrahumano en una chabola, que trabajen en negro, por salarios que más bien son propinas y en un ambiente hostil en el que además no puedes protestar y si encima eres mujer, con un “contrato” que establece entre líneas derecho a algo más que la recogida de la fresa.

Como bien dice el laudable José Mújica, ejemplo de humildad, sabiduría y saber hacer político, los europeos, que se repartieron África entre finales del siglo XIX y principios del XX, como si el continente fuera una inmensa finca en la que no hubiera nada, ni nadie, esconden la cabeza bajo el agujero como si ellos no fueran responsables, primero del expolio natural y humano del continente y después del de los recursos naturales. En lugar de poner vallas para evitar que los esquilmados, perseguidos y hambrientos africanos entren en Europa, lo lógico sería apoyar económicamente (con lo que les hemos robado) a los países africanos para que tuvieran una política democrática ejemplar y una libertad de pensamiento suficientes como para que nadie tuviera que salir de allí obligatoriamente para huir de la pobreza, del hambre y del asesinato.

De igual forma, nadie tendría que salir de Siria, Yemen o Venezuela si los países mal llamados potencias no creasen, consintiesen y apoyasen guerras fratricidas que convierten esas naciones en míseras escombreras en las que los derechos humanos ni se respetan, ni siquiera se valoran y en las que la vida de un niño vale menos que la de un gato callejero.

Somos bastante estúpidos. Porque creemos que la mejor forma de apagar un incendio es tener dispuestos cientos de cubos de agua alrededor del edificio, cuando cualquier niño nos diría que la mejor forma de extinguirlo es evitando que se produzca. Creemos las palabras huecas de los vividores de la política que señalan al migrante como la llama que va a quemar nuestros bienes y nuestra estabilidad cuando son ellos y sus acciones en defensa de sus intereses los que extienden la gasolina y provocan la chispa que hace que todo arda.

Olvidamos que para que ese 1% que tiene más riqueza que el 99% restante, sigan en la hegemonía necesitan que ese 99% siga en las mismas condiciones o aún peores. Que en este sistema de hijoputismo especulativo, los ricos lo son cada vez más porque la pobreza es también cada vez mayor. Por cada euro que ellos necesitan acumular, necesitan robar el euro de la comida de 15 de nosotros.

Necesitamos ser conscientes de que jamás vamos a conseguir ser uno de ellos y que todo lo que tenemos no va a ir a mejor, sino a peor. Y si no se lo creen, echen la vista atrás y recuerden como estaban ustedes, que tienen casa, comida todos los días, euros para echarle gasolina al coche y algo de efectivo para pasar una semana en la playa, hace treinta años. Y verán que comparativamente están mucho peor. Si, la casa estarían entonces pagándola con hipoteca y el coche no tenía aire acondicionado ni navegador, tampoco tenían internet, ni el Burguer King a 45 minutos de una llamada de teléfono o de una app del móvil. Pero hace treinta años sabían que nunca les iba a faltar trabajo para pagar la hipoteca, podían echar gasolina sin problemas, comían sano y las vacaciones en la playa eran de 15 días o un mes. Hoy, el 80% de los jóvenes no pueden independizarse, el trabajo para siempre es un recuerdo, la mayor parte de la gente pasa las vacaciones en el pueblo o se queda sin ellas, mucha gente se está matando poco a poco ingiriendo aquello que puede comprar y encima tenemos el serio peligro de acabar colapsando el planeta poniendo el peligro a toda la humanidad.

Un poquito de reflexión. Aunque solo sea por egoísmo. El consumismo desproporcionado no es un adelanto ni una mejora en la vida del ser humano. El fascismo solo es un sistema que empeora el hijoputismo especulativo y, por tanto, la vida de cada uno de nosotros. No son los migrantes, los refugiados o las mujeres las que nos quitan el trabajo, sino aquellos que necesitan que este sea inestable y mal pagado, para poder seguir acumulando riqueza y, sobre todo, para evitar que nadie pueda poner en peligro su estatus.

Estamos a punto de caer por el precipicio que dio lugar a la segunda guerra mundial. O paramos y damos la vuelta o nuestros hijos acabarán pagándolo.

 

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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